Guatemala llegó a las elecciones generales del año 2023, con una escena que debería provocar algo más que curiosidad sino preocupación, tuvimos 23 binomios presidenciales compitiendo por dirigir los destinos de la República. 23. No se trata simplemente de un número. Es el reflejo de una enfermedad profunda de nuestro sistema político: la fragmentación, el personalismo, la improvisación y la facilidad con la que se crean vehículos electorales para llevar a una persona al poder.
El propio Tribunal Supremo Electoral confirmó la inscripción de 23 binomios presidenciales, dejando incluso dos candidatos fuera de la contienda, la papeleta presidencial tuvo que ser diseñada con tres columnas y nueve filas para acomodar las candidaturas. Y aquí es donde la preocupación debe de generarnos preocupación, ya que Guatemala tenía 23 proyectos políticos diferentes capaces de gobernar una nación o simplemente tenía veintitrés grupos que querían intentar llegar al poder. Una papeleta convertida en catálogo, la democracia convertida en un catálogo de opciones.
La opción del voto nulo fue la que realmente se destacó en las pasadas elecciones, realmente no había una opción que le convenciera a la población en cuanto a liderazgo, plan de trabajo y visión de país. La pluralidad de un candidato, no significa necesariamente multiplicidad ilimitada de candidaturas. Una democracia saludable debería ofrecer al ciudadano distintas visiones de país: distintas propuestas económicas, sociales, institucionales y de seguridad. Debería existir una discusión seria sobre qué modelo de Estado queremos y hacia dónde debe caminar Guatemala.
Pero cuando aparecen 23 opciones presidenciales, el fenómeno empieza a adquirir otra dimensión. La papeleta deja de parecer una confrontación entre grandes proyectos nacionales y comienza a parecer un catálogo electoral. El problema no es que existan muchas ideas, es que no existe debate y un plan de país que sea de beneficio para los guatemaltecos.
El problema es que la cantidad de candidaturas puede ser el síntoma de que existen demasiados intereses particulares y muy pocos proyectos nacionales consolidados. Por ello ser candidato se vuelve un negocio, durante años hemos permitido que los partidos se creen por doquier, y que se vuelvan instrumentos electorales alrededor de personas y no en instituciones alrededor de ideas, y vehículos de la oligarquía guatemalteca.
La cantidad de partidos debilita el voto y lo privatiza. El dato histórico resulta revelador: en 1985 hubo 8 candidatos presidenciales; en 1991, 12; en 1995, 19; en 1999, 11; en 2003, 11; en 2007, 14; en 2011, 10; en 2015, 13; en 2019, 18, hasta llegar a los 23 de 2023.
La tendencia es evidente. Cada elección parece producir más candidaturas y menos partidos verdaderamente sólidos.
Pero ¿Qué representa realmente una candidatura presidencial? Ser candidato a la Presidencia de la República no debería ser un simple derecho de aspiración personal.
La Presidencia no es un premio. No es un experimento. No es una plataforma de publicidad personal. Y mucho menos debería ser utilizada como mecanismo para construir una carrera política individual. Quien pretende gobernar Guatemala debería demostrar, como mínimo, capacidad, experiencia, conocimiento del Estado, equipo de trabajo, solvencia moral y una propuesta seria para enfrentar los enormes problemas nacionales. Gobernar Guatemala significa administrar miles de millones de quetzales, dirigir las instituciones públicas, enfrentar la inseguridad, mejorar la salud y educación, promover empleo, combatir la corrupción y representar al país internacionalmente. No estamos eligiendo al presidente de una asociación de vecinos. Estamos eligiendo al jefe del Estado y del Gobierno.
Por eso resulta preocupante que la carrera presidencial pueda convertirse en una aventura personal al alcance de prácticamente cualquier estructura política que consiga reunir los requisitos legales, e intereses oscuros del crimen organizado, narcotráfico, y del pacto de corruptos.
Por ello, cuando existen demasiadas candidaturas, el voto se fragmenta. Un candidato puede alcanzar posiciones importantes con porcentajes relativamente pequeños, mientras decenas de miles de votos se distribuyen entre una gran cantidad de opciones.
La segunda vuelta termina convirtiéndose, entonces, en una operación de supervivencia política más que en la consecuencia de una sólida mayoría ciudadana.
Y después llega el problema mayor: un presidente electo con una legitimidad electoral limitada y un Congreso profundamente fragmentado, teniendo como resultado un Gobierno débil, obligado a negociar permanentemente con múltiples grupos, partidos y diputados. Y cuando las instituciones son débiles, los grandes beneficiados no suelen ser los ciudadanos. Tener 23 candidatos no significa tener 23 alternativas, veintitrés candidatos no significan veintitrés proyectos de nación. Tener más nombres en una papeleta no convierte automáticamente a un sistema político en más democrático. Una democracia fuerte necesita competencia, sí, pero también necesita instituciones, partidos responsables, ideologías claras, programas de gobierno serios y dirigentes capaces de rendir cuentas. Si cada elección produce más candidatos, pero no produce partidos más fuertes, estamos ante un problema.
La democracia también debe ser capaz de corregir sus propias deformaciones.
Guatemala necesita menos personalismo y más instituciones. El problema de fondo no son los 23 candidatos individualmente.
Guatemala necesita partidos que existan antes, durante y después de las elecciones. Partidos con ideología. Partidos con formación política. Partidos con cuadros técnicos.
Partidos con democracia interna. Partidos que puedan explicar qué harán con la economía, la seguridad, la justicia, la educación, la infraestructura y las instituciones públicas. Porque un partido político no debería ser una escalera para que alguien llegue a la Presidencia. La próxima vez que veamos una papeleta presidencial interminable, no deberíamos celebrarla automáticamente como una muestra de pluralismo. La democracia no debería medirse por el tamaño de una papeleta. Y mientras sigamos confundiendo cantidad con democracia, seguiremos llenando las papeletas de nombres mientras dejamos vacío lo más importante: un verdadero proyecto de nación.







