Autor: Adam Franco
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Si usted se detiene por un momento a contemplar el cielo diurno, sin nada que lo distraiga o interrumpa, quizás se vea envuelto en el mismo sentimiento que inspiró esta columna: Pasan los días, los años, y seguimos bajo la lumbre del mismo sol, con su mismo ardor y vehemencia.
El mismo sol que iluminaba radiantemente las diarias injusticias que sucedían en nuestro país en el 2022, es el mismo que hoy vuelve a iluminar refulgente las mismas injusticias que seguimos sufriendo al día de hoy.
El país, apenas ha cambiado desde entonces. Seguimos sintiéndonos igual de abandonados, con gobernantes estériles que hicieron exiguos esfuerzos por generar cambios y por inspirar la transformación, y las consecuencias no sólo son palpables en el presente, sino que también divisan la pronta caminata por el desierto que tendremos que hacer como país.
Podrá parecer una simple fruslería, pero note cómo, a diferencia de cualquier ser vivo, el sol es el único elemento cotidiano que sigue siendo exactamente igual, no importando el momento, como un paisaje congelado que obviamos por su irrenunciabilidad.
Ese mismo sol lo vieron nuestras generaciones pasadas, separadas por décadas, siglos incluso.
Así como usted lo vio esta mañana, o como lo puede ver en este momento a través de una ventana, exactamente igual lo vio una persona hace cien años en esta misma ciudad pensando que algún día las cosas serían distintas.
¿Será el único elemento de la realidad que sigue siendo exactamente igual?
Observe cómo la mayor parte de los rostros que vemos a diario, ya sea de manera física o virtual, son los mismos de “siempre”.
No es extraño toparse con la misma gente en diferentes espacios, y no hablo únicamente de nuestro círculo cercano, sino también aquellos conocidos que, si observamos detenidamente, veremos más seguido de lo habitual.
¿Le ha pasado?
A menos que usted tenga la oportunidad de conocer a personas de distintas latitudes o contextos constantemente, puede que en algún momento haya reflexionado, a modo de broma, que “este país es muy pequeño”.
Lo que puede llegar a ser una coincidencia simpática, también es, a criterio de su servidor, una de las causas que ha provocado que seamos incapaces de obtener soluciones a nuestros problemas comunes.
“Siempre es la misma gente”, en todos lados, los mismos aquí y allá.
Las mismas máscaras que lo han intentado antes y que hoy están haciendo lo mismo en otro lugar.
La misma gente con su mismo carácter, con sus mismas costumbres y vicios, con sus mismas aspiraciones (nobles o egoístas), y la misma gente que no hará nada para evitarlo.
Conforme avanza el tiempo, quizás las piezas hayan cambiado de posición en el tablero, pero eso no significa que hayan cambiado su forma.
Estas mismas personas no generan nuevas acciones, sólo apariencias. Gente tendiente al pasotismo que nunca ejerce un rol fuera de lo común, configurada para un único modo de actuar en donde quiera que estén, y otros que sólo hacen gala de la bien aprendida pantomima de fingir conciencia para venderse como paladines del cambio.
Y me gustaría encuadrar estas descripciones abstractas en el ejemplo típico de nuestra realidad sociopolítica nacional, pero creo, cada vez más convencido, que esto sucede en todos los espacios de vida social, no importando su naturaleza. Basta con apreciar con ojos de espectador los lugares de los que formamos parte, para notar este patrón.
Todo parece casual coincidencia, hasta que comprendemos el daño que esto ha causado.
No resulta fácil imaginar una realidad distinta con la misma gente.
Entonces, ¿qué hace diferente al próximo amanecer, cuando toda la gente a la que este ilumina con sus rayos es la misma que iluminó ayer?
Los resultados sólo son distintos cuando cambian las variables.
¿Y los ideales? Esos también siguen siendo los mismos.
Las mismas palabras que ya no convencen a nadie, a las que cada quien les da una interpretación personal, y que todos pensamos que compartimos en común, en mayor o menor medida, aunque casi nadie pueda llegar a un consenso de cómo ejercerlas correctamente.
Los mismos ideales que son utilizados como arma para dividir, más que una guía común para avanzar. Los que forman parte del clásico discurso para posicionarse como representante de una multitud, y que hoy más que nunca, comprendemos –o escuchamos– menos.
Narrativas simplistas, logros nebulosos.
Quizás por eso el joven es frecuentemente más idealista y revolucionario, y el adulto más comedido e indiferente. Porque escuchar las mismas palabras por tanto tiempo, sin acción, nos vuelve roqueños e impasibles.
Basta repasar las expectativas y anhelos que teníamos como población hace tan sólo dos o tres años. Para varios conocidos, el devenir de los hechos hasta el día de hoy ha sido suficiente para hundir las esperanzas sobre un futuro más venturoso, por lo que no es difícil pensar que alguien con más décadas de trayectoria piense de la misma forma.
En este país, lo que hay que cambiar ha sido lo mismo por años, y pareciera que la solución también: luchar por ideales comunes y contra quienes los niegan.
Y qué pesadumbre inexorable supone pensar que estamos en tal brete sin solución.
Temo profundamente que esos mismos ideales que hoy usamos de consigna sean los mismos que defiendan las próximas generaciones, como si nada de lo que promulgamos hoy llegase a servir para algo. Donde lo único que nos diferencie de luchas futuras sea el contexto y la perspectiva.
Quizá hace muchos años alguien pensó lo mismo, o dentro de muchos –o pocos– años alguien encontrará mejores palabras para describir esta misma situación.
En cualquier caso, el sol sigue y seguirá siendo el mismo, con su mismo ardor y vehemencia, y volverá a iluminar refulgente nuestra necedad, por el resto de los tiempos.
No hay atajos para cambiar el país.
Y la solución no la encontraremos ni con la misma gente, ni con el mismo ideal.
“Nadie nos cuenta cosas nuevas; por eso hay que contarnos a nosotros mismos”.







