Todos los ciudadanos dependemos de la gasolina. En mayor o menor escala, nosotros o nuestros clientes, amigos, proveedores, productos, servidores, etc. nos movilizamos por medio de los motores de combustión (dejando de lado los pocos eléctricos que circulan). Por eso es lamentable la poca información consistente que nos han compartido respecto del “etanol” y su adición impositiva a la gasolina. Los ciudadanos estamos sumergidos en una selva de noticias contradictorias, sesgadas, confusas. Para empezar no está claro el por qué de su implementación forzosa: a) razón ambientalista, para mejorar la calidad del aire; b) para un mejor rendimiento de los motores; c) para ir reduciendo la dependencia a los hidrocarburos que tenemos que importar; d) para apuntalar la industria azucarera del país (que de por sí es muy robusta); e) para dar cumplimiento a una condición arancelaria (que nos impone una compra de etanol a cambio de aranceles del diez por ciento); f) para ir bajando los costos del combustible. En ese torbellino de informes unos propietarios temen que la mezcla va a dañar los motores, otros refutan lo contrario, que los va a limpiar. En fin, “estamos en gallo” y en medio de un gallinero donde chocan referencias opuestas. Y ¡qué vamos a saber nosotros! Todos somos consumidores, pero no dominamos los aspectos técnicos. Agradezco a varios de esos expertos que me atendieron para hacer este resumen. Veamos:
Henry Ford era sin duda un genio y un gran emprendedor. Un defensor de la libertad de cada individuo para desarrollar sus capacidades y esfuerzo. No empezó siendo rico ni creció en familia aristocrática. Él se hizo solo. En sus pugnas contra el Estado y los sindicatos dijo que le “podían quitar fábricas y empresas pero si dejaban a Henry Ford, a los pocos años habría nuevas fábricas y empresas.” Claramente un hombre seguro de sí mismo.
Pues bien, todos tenemos grabadas las imágenes de los “modelos T” saliendo, uno por uno de la fábrica. Esas grabaciones se hicieron sin sonido, por eso no se oye el traqueteo de los motores: “taca, taca, taca, taca” y la vibración que causaba. Tratando de reducir esa vibración, el Modelo T de Ford tenía un motor de compresión bajísima. La gasolina de la época era pésima, de bajo octanaje y con mucha tendencia a una mayor preignición, conforme las compresiones fueran más fuertes. Hay algo que poco se sabe, Ford diseñó sus motores para que pudieran funcionar con casi cualquier cosa, cualquier combustible, sea gasolina, queroseno, hasta etanol de granja. ¡Sí, etanol! No dependía de hidrocarburos porque era un motor “todo terreno” que no le exigía mucho (para lamento de Rockefeller).
Allá por los años 20, el ciudadano norteamericano promedio cayó enamorado en los brazos de los carros. Por eso exigían constantemente motores más potentes, eficientes y de buen tamaño. Para eso se necesitaba subir la relación de compresión. Y “ahí está el detalle”. Si se subía mucho la compresión o el motor estaba muy caliente, ese combustible de 1920 explotaba espontáneamente, antes de que la bujía enviara la chispa. Era un especie, si se me permite la prosaica comparación, una especie de eyaculación precoz. Ese anticipo indeseado producía el golpeteo metálico, el “knocking”, que dañaba pistones y válvulas.
En esas primeras décadas del automóvil surgieron muchos fabricantes. Se desató una virulenta competencia. ¡Viva el mercado abierto! Un fuerte rival de Ford era GM. Los ingenieros de todas las automotrices iban en busca del “santo grial”, de un “antidetonante” que eliminara el estallido precoz y con ello el gran problema del “cascabeleo” que amenazaba con desarmar los carros. Se probaron miles de fórmulas. Uno de esos ingenieros era Thomas Midgley Jr. quien en 1921 “descubrió” un producto que ya un químico alemán, Karl Lowig, había sintetizado en 1853: tetraetilio de plomo (TEL). Tras innumerables pruebas, Midgley comprobó que, agregando TEL al derivado del petróleo refinado, la gasolina, se amortiguaban los golpes. ¡Eureka! El mágico producto retardaba la explosión y permitía que la combustión sucediera en el instante correcto que encendía la bujía. Con ese aditivo se concentró la compresión pero dentro de los pistones, con ello se incrementó la potencia y el ahorro de combustible y, claro está, se redujo el traqueteo. Con esa innovación la GM avanzó un gran paso en su carrera contra la Ford. Se solucionaba un problema pero de las sombras más profundas surgiría otro problema mayor, el genio que salió de la botella y ya no se pudo regresar; se convirtió en un monstruo incontenible: el plomo.
Al ingenioso producto de Midgley no le llamaron “plomo”. Es que ya se sospecha seriamente de la toxicidad del plomo, pero “se hicieron los locos”. Para evitar toda relación con ese elemento, lo bautizaron “Ethyl”. El primer galón de gasolina con plomo (perdón, con ethyl), se vendió en febrero de 1923, en Ohio. Esa fórmula, “regalo de Dios” según ejecutivos de la GM, era más barata de producir que el etanol y sí se podía patentar (y comercializarlos), a diferencia del etanol que no era patentable por ser prácticamente alcohol). Las petroleras adaptaron la fórmula masivamente. Pero el plomo no se quedó quieto; en los tres años siguientes murieron y enloquecieron obreros en las plantas de producción. La prensa lo llamó “Loony gas” (gas loco). Midgley lo defendía al punto de lavarse las manos con TEL y se dice que pasó en cama varios meses por envenenamiento.
Y por los siguientes 50 años la gasolina con plomo contaminó el aire de todo el planeta. Los motores de los años 30 a los 60 (por cierto los diseños de carros más personalizados y preciosos), se volvieron adictos al plomo. Eran como aquellos borrachines a los que no se les puede quitar de golpe el licor. Los coleccionistas de vehículos clásicos saben que la gasolina actual no tiene plomo y por lo mismo, para cubrir esa adición y que no se arruinen los motores, tienen que dar “su dosis” de plomo con sustitutos químicos. El plomo de la gasolina se asoció con daños neurológicos masivos, crímenes violentos y la caída del coeficiente intelectual de varios grupos poblacionales.
Se declaró la guerra contra el nefasto plomo allá por los años 70. Recuerdo de mis primeros viajes a Estados Unidos que las gasolineras anunciaban gasolina “unleaded”. Pero al eliminar el plomo era menester encontrar otros compuestos que sirvieran como “freno de mano” químico, que hiciera a la gasolina “más paciente” para que aguante la presión y el calor sin explotar antes de tiempo. (Continuará).







