Es hora de respirar con la lluvia. Hoy, en la Costa Sur guatemalteca, cae una de esas lluvias que no se ven todos los días: intensa, casi vertical, con gotas tan grandes que parecen querer arrastrar el cielo entero. Mientras el agua golpea el techo y la tierra, recuerdo el titular de un periódico impreso que leí hace poco: “Sequía provoca caída de 85 % de la lluvia”. ¿Cómo es eso que la sequía provoca reducción de lluvia, no es acaso esa la definición de sequía? Esta es una frase que se muerde la cola, escrita sin el menor rigor, como tantos textos que circulan sin que nadie se detenga a pensar qué significan realmente las palabras. Aquí, en cambio, la lluvia es otra cosa. Es más fuerte, más generosa, con un peso distinto al de las lluvias de montaña. Es una lluvia de corrientes interoceánicas.
Estas corrientes constituyen uno de los sistemas más poderosos de la dinámica terrenal. Impulsadas por la rotación de la Tierra, los vientos alisios y las diferencias de temperatura y salinidad, conectan océanos enteros y transportan calor, nutrientes y energía a lo largo de miles de kilómetros. Ese es el corazón del ciclo del agua en Guatemala. En Centroamérica, donde el istmo separa el Pacífico del Atlántico y el Caribe, las corrientes interoceánicas adquieren un sentido particular.
En la costa del Pacífico, la Corriente Costanera de Costa Rica avanza hacia el noroeste, bañando las playas de arena volcánica de Guatemala y alimentando la productividad de manglares y zonas pesqueras. Es una zona ecológica realmente rica. En el Caribe, el sistema de la Corriente del Caribe se enlaza con la de Yucatán y, más adelante, con la poderosa Corriente del Golfo, creando un corredor de aguas cálidas que sostiene la biodiversidad del Sistema Arrecifal Mesoamericano, ese mismo que estamos destruyendo con la basura del río Motagua y que llega al caribe hondureño.
Mientras el agua transforma el paisaje y limpia el polvo de los días, no puedo evitar pensar que las batallas por un Guatemala mejor se están perdiendo en un terreno sembrado de engaños y verdades a medias. Nos han engañado. La democracia fue el señuelo para abandonar la lucha. Las movilizaciones universitarias de 1920, de 1944, de 1968, del 2015 y del 2023 quedaron, en gran medida, en nada. O al menos eso parece cuando miramos el presente.
Ahora la batalla también se libra en lo digital: desde la comodidad del apartamento que se renta, desde el hotel donde uno se hospeda, con las redes sociales que nos entorpecen. Todo resulta cómodo, todo es pantalla. Los presidentes que elegimos son cada vez peores. Los diputados, en su mayoría, aún peores. ¿No serán, acaso, nuestro reflejo? ¿No será nuestra propia indiferencia la que los sostiene?
El país está cooptado hasta los dientes. Hago un esfuerzo por salir del mar de engaños y entender las mentiras cínicas de un orden hecho para construir privilegios. Me siento parte de ese sistema, pero sé que es mentira. Lucho con lo poco que me queda, y a veces me queda poco y hasta parece nada, nada me queda.
Y, sin embargo, todavía es posible preguntarnos qué podemos hacer. No desde la grandilocuencia, sino desde la responsabilidad concreta. Tocqueville advirtió que la democracia no se sostiene solo con elecciones, sino con hábitos: asociaciones, vínculos cívicos, la costumbre de actuar juntos más allá del interés privado. Hannah Arendt insistió en que la libertad política nace cuando los ciudadanos recuperan la capacidad de actuar en común, de aparecer en el espacio público y asumir la responsabilidad de lo que acontece. En una línea cercana, C. L. Skach, en Outlaw, sostiene que confiar excesivamente en las leyes formales, las constituciones y las instituciones jerárquicas han debilitado nuestra capacidad ciudadana.
Cuando el sistema de justicia está cooptado —como ocurre en Guatemala—, la recuperación democrática no puede depender solo de mejores normas o de tribunales capturados. Requiere, en cambio, que los ciudadanos reconstruyan desde abajo prácticas cotidianas de civismo, ayuda mutua y resolución horizontal de problemas, creando tejidos sociales densos que no esperen a que el Estado funcione para empezar a actuar.
En una línea cercana, Anthony Giddens, en La tercera vía, propone una recuperación democrática que no se limite a defender los mecanismos electorales. Implicaría impulsar reformas que fortalezcan la transparencia del Estado, amplíen la participación ciudadana más allá de los partidos tradicionales y reconstruyan la confianza a través de una sociedad civil más densa y autónoma. Significaría, además, apostar por políticas de inclusión efectiva —especialmente de pueblos indígenas, jóvenes y sectores populares— que combinen derechos con responsabilidades compartidas, de modo que la democracia deje de ser un procedimiento distante y se convierta en cotidiana.
Salvar la democracia guatemalteca y enfrentar la corrupción y la crisis de gobernabilidad no depende solo de esperar mejores gobernantes. Depende de reconstruir, desde abajo, esos tejidos que hemos dejado atrofiar: organizaciones comunitarias reales, no solo redes digitales; espacios de deliberación donde se discuta el bien común sin miedo; vigilancia ciudadana constante sobre los recursos públicos; y la decisión cotidiana de no normalizar el cinismo. Se trata de pasar de la indignación pasajera a la acción sostenida, de la queja solitaria a la construcción colectiva.
Por eso es hora de respirar con la lluvia. Es hora de recuperar las fuerzas para las batallas venideras: no solo las digitales, sino sobre todo las que se dan en la calle, en las comunidades, en el cuerpo.







