Max Araujo
Escritor

El escritor, médico de otros escritores

Al finalizar un acto académico, a inicio de los años ochenta del siglo pasado, que se realizó en el salón de actos la antigua, y querida, sede de la Alianza Francesa de Guatemala, que se encontraba en la cuarta avenida del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, iniciamos con William Lemus una conversación. Coincidimos en nuestros gustos por la literatura y en que nuestros orígenes eran provincianos, con lo que eso significa para la adaptación a las costumbres urbanas. En mi caso, originario de una aldea de San Raimundo, vecino desde los cinco años en la ciudad de Guatemala, y él de Monjas, Jalapa, aunque había residido de adolescente en La Antigua Guatemala, en una casa de huéspedes.

Emigramos con costumbres ajenas al medio social en el que nos encontrábamos. En la ciudad colonial, en el mismo establecimiento escolar, donde estudió, compartió con el escritor Luis Eduardo Rivera, quien años después, en un viaje que hizo por algunos países de Europa, lo hospedó en París, por unos pocos días, en el diminuto apartamento, que este guatemalteco-parisino describe en su novela “Velador de noche, soñador de día”. Con ocasión de nuestro encuentro, ya narrado antes, lo presenté a otros amigos que se encontraban en el lugar, entre ellos a Carlos René García Escobar. Terminamos esa jornada, con él y con Carlos, en el restaurante “El Gran Pavo” que se encontraba en la trece calle de la zona 1. Fue el preludio para la bohemia que nos unió durante los siguientes años.

Hasta ese día yo no lo conocía personalmente a pesar que en uno de los Juegos Florales de Quezaltenango yo le había dado, con los otros miembros de un jurado, -entre quienes estuvo Rafael Zea Ruano, uno de mis queridos mentores en la Mariano Gálvez-, un segundo lugar en uno de los certámenes de cuento, de finales de los años setenta. Inmediatamente nació entre nosotros una simpatía mutua, que nos llevó a una entrañable amistad. Él no había sufrido aún la arterosclerosis que lo tuvo unos meses en las fronteras de la muerte. Decidido a vivir descubrió una medicina que lo mantuvo con vida hasta cuando el decidió morirse, lo que sucedió en el 2008. De su deseo de morir me lo expresó Max Marroquín, su médico de cabecera. “Bloqueó la medicina” me indicó. Lloré con su muerte.

Meses antes me solicitó que hiciera su testamento, yo me negué, me amenazó entonces con buscar otro notario. Tuve que acceder. Cuando me avisaron que estaba internado, en un hospital de la zona quince, lo fui a ver. No pude conversar con él, estaba sedado, en sus labios tenía una sonrisa, se notaba una paz impresionante. No despertó más. El título de una de sus obras “El hombre que curaba la muerte” no es casual. Cuando le conocí era catedrático en la Facultad de Medicina de la Universidad de San Carlos, de la que se había recibido en 1976. Era además un padre soltero con una hija a su cargo. Vivía con sus papás en la misma casa, en la colonia El Carmen, zona 12, a pocas cuadras de su alma máter.

Ejercía la profesión de médico y cirujano en su clínica privada, situada en la Avenida Bolívar, por la veinticuatro calle, y en distintos hospitales. Presumía de una barba con mechones blancos, que fue parte hasta su final, de su personalidad. En esa primera época fue delgado, y un deportista que participaba en carreras de ciclismo, organizadas para veteranos. Siempre se caracterizó por su carácter simpático, alegre, bromista. Cuando nos conocimos yo salía a caminar por las mañanas, por las cercanías de mi vivienda, y lo veía a él en ocasiones transitar con su bicicleta por el anillo periférico. Teníamos la misma edad. En ese entonces yo vivía en mi añorada colonia Quinta Samayoa, zona 7. Nos saludábamos en esos ejercicios matutinos, cuando coincidíamos, agitando nuestras manos.

Me contó en nuestra primera conversación que desde hacía algún tiempo participaba en concursos de literatura, en todos los certámenes posibles: en poesía, cuento o novela. Después de algunos meses, de cuando le conocí, desapareció y reapareció casi al año y medio. Su rostro había engordado, al igual que el resto de su cuerpo, caminaba con dificultad, auxiliándose de un andador. Nos enteramos entonces que había estado muy enfermo. Años después me contó que fue desahuciado por sus colegas, quienes le dieron pocos meses de vida. Fue entonces que tomó la decisión de seguir viviendo y comenzó a auto medicarse. Nunca más montó una bicicleta. Se compró un vehículo descapotable -apropiado para su personalidad-, de una serie que imitó vehículos de los años treinta. Era un espectáculo verlo cuando lo conducía.

Con su pos-enfermedad surgió en él un ser esplendoroso, con una bondad impresionante y con una calidad humana extraordinaria. Sin egoísmos, solidario, generoso. Dejó el ejercicio lucrativo de su profesión, ya que sus ingresos económicos provenían de una finca familiar, ubicada en la Costa Sur, que arrendaron en su totalidad a un ingenio para la siembra de caña. El dinero que recibía cada año era suficiente para sus gustos y necesidades, y las de sus papás. Comenzó a vivir su vida como quiso, haciendo bohemia, participando en actividades culturales, en reuniones de familia a las que se le invitaba, a visitar a sus amigos a sus casas para saludarlos o para vigilar su salud. Sus juicios médicos eran acertados. Sus curaciones igual. No aconsejaba intervenciones quirúrgicas, salvo casos especiales, y combinaba la medicina científica con medicina alternativa.

Su clínica, en su propia casa, se convirtió en el estudio de un escritor, con sus anaqueles con libros de literatura, en el que recibía en consulta médica a amigos, escritores, y a personas que por alguna razón alguien le refería. A veces lo hacía por teléfono. Atendía a pocos pacientes porque se agotaba físicamente. En las consultas conversaba de otros temas. En cada ocasión usaba su computadora personal para llevar los registros respectivos y para extender sus recetas. Generalmente no cobraba. “Literalmente regalaba sus conocimientos”. Practicaba acupuntura y tenía conocimientos de vudú. De escritores atendió, entre otros, a Mario Monteforte Toledo, Tasso Hadjidoduo, Luis Enrique Sam Colop, Humberto Ak´abal, Enrique Noriega. Recuerdo de una embajadora de México, que cuando se fue de Guatemala, le hacía llamadas a larga distancia para sus tratamientos.

La confianza y la fe que le teníamos eran ilimitadas. En mi caso, para reafirmar ese hecho, cuento lo que me sucedió. Era el año 1996, época en la que, con escritores, artistas e intelectuales, nos reuníamos a medio día, en días laborales, en el restaurante El Establo, de las que William era asiduo, cuando, sin darme cuenta, una depresión, no demasiado severa, llegó a mi vida. De repente todo dejó de tener sentido, comencé a comer mal, me alejé de reuniones, iba a mi oficina profesional por ratos y a dar clases -un curso-, a la Universidad Francisco Marroquín con desgano. Tenía temor a la oscuridad, a la noche, a los amigos y amigas. Fue en ese momento cuando por consejo de mi madre, de ochenta años de edad, quien estaba preocupada por cómo me sentía, ya que incluso me pasé a dormir a su habitación, fui a consultar a William, ya que ella le tenía confianza y especial cariño.

Llegué entonces a su clínica, una y otra vez, durante casi tres meses, manejando con precaución mi vehículo. En cada ocasión me escuchaba, y me aconsejaba con paciencia y cariño. Yo me acostaba en una camilla, él me hacia los controles de presión y de corazón. A veces yo lloraba, o me quedaba en silencio. Su presencia me confortaba, me daba calma, seguridad. Poco a poco, con su ayuda y el prozac que me recetó, comencé a salir del pozo oscuro en el que me encontraba. Su diagnóstico fue que la depresión fue consecuencia de una descomposición metabólica por una dieta mal llevada, sin control de un especialista. Cuando ya casi estaba curado, por su consejo, me atreví a viajar a Alemania, -pagando mi pasaje, con una delegación de la asociación Módulos de Esperanza, con personas residentes en la colonia El Amparo, zona 7, ciudad de Guatemala- bajo la dirección del Padre Ramón Adán Stürze, para una celebración de aniversario del Padre José König, de la Parroquia Cristo Rey de Frankfurt, hermanada con la parroquia San Juan de la Cruz, de la mencionada colonia.

En ese viaje visité también Paris y Madrid; ciudades en las que fui atendido por amigos. En Francia por el crítico literario Efer Arocha, director de la revista literaria, bilingüe en francés y español “Vericuetos-Chemins Scabreux”, quien, después de un ametrallamiento en su natal Colombia, herido y con daños irreversibles en sus brazos, tuvo que exiliarse en Francia. Él trabajaba con sus padres -quienes murieron en el mismo hecho-, en una pastoral social de la Iglesia Católica. En España, mi anfitrión fue Ángel Pariente, escritor español, quien años antes había residido en Guatemala, primero como voluntario en la obra social de la asociación Módulos de Esperanza, y después como profesor en los colegios Príncipe de Asturias y Valle Verde. Ambos me recibieron en sus casas. Con ellos me he reunido en otras ocasiones en esos países y nos mantenemos todavía en contacto. Fue en ese viaje que dejé de tomar prozac. A mi regreso ya estaba curado. Mi vida se llenó otra vez de color y alegría.

De anécdotas de William tengo muchas que contar. En broma yo le decía que como amigo era insoportable pero que como médico uno de los profesionales más serios que conocía. En su clínica, en los momentos de los tratamientos, las bromas desaparecían. Pasada la consulta reaparecía el eterno bromista, el iconoclasta, usando una de sus palabras favoritas “profesorrr”, que pronunciaba con una entonación especial. Una de las bromas que me hizo fue el decirme, cuando regresé, en 1984, de mi segundo viaje por España, el primero a Roma, y el único a Israel, que mientras yo no estaba él había atendido a quien todavía no era mi novia, lo que casi provocó que ya casi no continuáramos con el cortejo mutuo con la chica en mención. Aclarada la situación surgió un noviazgo que duró dos años.

Otra broma que me hizo fue cuando en la serie de entrevistas que hice a escritores guatemaltecos, como parte de mi columna, de varios años, que con el título de “El ojo de Max Araujo”, publiqué en parte de las décadas de los ochenta y noventa, del siglo pasado, en el suplemento cultural de La Hora; en la entrevista dedicada a él consiguió que Alfonso Enrique Barrientos, encargado de dicho suplemento, pusiera una caricatura que el propio entrevistado hizo de mí, en la que, en homenaje a mi gordura, me puso en el estómago un ojo, imitando al que encabezaba mis textos. El ojo que aparecía para mis columnas fue tomado de la serie “los ojos”, de Rodolfo Abularach. Cuando le conté esta anécdota a Rodolfo, en una de las reuniones que, en los noventa, con otros amigos celebramos bajo la tutela de Monteforte, me dijo “Típico de William vos”, con una sonrisa.

Como escritor, Lemus, ganó el primer lugar en muchos de los certámenes en los que participó. Se podría hacer una geografía de su paso triunfal por distintos municipios del país, pero lo más destacado se dio en los juegos florales de Quetzaltenango, en los que ganó en cuento, en poesía y en teatro en varias ocasiones, por lo que fue honrado con reconocimientos que le impidieron seguir concursando, pero que son consagratorios, entre ellos el de “Maestre del Teatro”. Cuando obtuvo el primer lugar, 1984, en el Certamen Centroamericano y de Panamá “Froylán Turcios”, de Honduras, decidió publicar por su cuenta la novela ganadora “Vida de un pueblo muerto”, por lo que me solicitó usar el sello de la editorial Nueva Narrativa. El hizo la edición y cuando apareció la publicación le indiqué que no me parecía la ilustración de la portada, hecha por él, en la que en las paredes laterales de un sencillo y abandonado templo católico dibujó unos exagerados órganos genitales, masculino y femenino, por lo que me expresó que era mi moral católica, pero meses después mandó a hacer un cintillo, que colocó sobre esos órganos genitales, con el texto de “Premio Iberoamericano de Escritores y Poetas de Nueva York”. Lo hizo porque una de sus amigas comenzó a promover la venta del libro en colegios, y lo primero que le objetaron fue el dibujo de la portada.

Otra anécdota que recuerdo es que siendo encargado de cultura en una de las administraciones municipales de la ciudad de Guatemala fue invitado por la Embajada de Estados Unidos a hacer una gira por varias ciudades de ese país. Cuando regresó se encontró con que ya no tenía el trabajo. Entre otros hechos destacados de William están el que como promotor cultural mantuvo durante los años noventa un excelente programa de radio en la TGW, en la que entrevistaba a escritores, sobre temas diversos. Guardo como un tesoro personal una fotografía en la que, en una de esas ocasiones, cuando fui invitado, coincidimos con Marco Augusto Quiroa. Se nos tomó una foto en la que yo estoy personificando con él un dueto musical para un supuesto programa musical, de los habituales en esa época. Yo toco una guitarra y Maco canta. Uno de los tradicionales micrófonos, de esa radiodifusora, ya en desuso, es parte fundamental de la fotografía. Tiene un logo que identificaba a la radio. Lo gracioso es que yo no sé tocar guitarra, y Quiroa no cantaba.

PRESTENTACIÓN

El esfuerzo de Max Araujo de recuperación de los movimientos literarios, expresado a través de la memoria de sus protagonistas en Guatemala, es de un valor incalculable.  La información compartida que refleja el carácter de los escritores, sus pasiones, preocupaciones y afanes humanos, junto al reconocimiento de sus relatos, dejan constancia de la actividad literaria del pasado reciente cultural en nuestro país.

En Max encontramos información de primera mano que, para ser justos, no se reduce al ámbito literario, sino al arte en general.  De esa cuenta, aparecen en sus relatos, pintores, escultores, gestores culturales, libreros, embajadores… hasta los propietarios de los antros visitados por los artistas.   Todo ello ofrece una especie Zeitgeist útil para interpretar las ideas materializadas en esas obras.

Otro texto importante en la edición es el de Raúl Fornet-Betancourt, titulado, “¿Qué quedaría si nos quitásemos las máscaras? Ruinas… y esperanzas”.  El filósofo propone una ética que, al superar el modelo de una sociedad mendaz, con sujetos enmascarados, funde una cultura alterna, auténtica y utópica.  Comunidades con esperanza en la realización de una convivencia generadora de vida.

El pensador lo resume así:

“… Quedaría la esperanza de la resurrección de la vida en formas de vivir y de pensar que recreen los lazos rotos con ‘el cielo y la tierra’, es decir, mediante hombres y mujeres que, asumiendo que la vida no es un fondo privado para invertir en la invención de un personaje, cultivan la vida desde la conciencia que viven porque son herederos de vida; y responsables, por tanto, de cuidar el flujo de la herencia perfeccionando la convivencia”.

Para finalizar, queremos compartir la alegría por el premio otorgado a uno de nuestros colaboradores, Giovany Emanuel Coxolcá Tohom.  El poeta ha sido reconocido con el Premio de Poesía Editorial Praxis 2020.  Desde nuestra edición, lo felicitamos y lo animamos a continuar su obra con una nueva vitalidad.  ¡Enhorabuena, poeta!

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