Por Patricia Lepe

El 14 de junio de 2017, en el cine Lux, tuvo lugar la primera presentación de la película Finding Oscar. Antes de empezar la proyección, las palabras del director de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala, de los representantes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y de las embajadas de Suecia y Canadá lograron que todos se sentaran a tiempo. La ansiedad brotaba en la sala pero la frase “disfruten la película”, que salió de uno de los cuatro representantes, me hizo aterrizar bruscamente. Quienes sabemos de la masacre de diciembre de 1982 en las Dos Erres, La Libertad en Petén, no podemos disfrutar un hecho de esa naturaleza.

Se apagaron las luces y mi piel se erizó. La música y los efectos lograron transportarme a los años ochenta. Observar a Ríos Montt, de traje blanco, rindiéndose a los pies de Ronald Reagan y escuchar a un exkaibil sereno y sin presencia de culpa expresando que la primera víctima que arrojó al pozo fue un recién nacido, fue suficiente para que mis ojos se plagaran de lágrimas en una combinación de dolor y odio.

Con el transcurrir de los minutos al descubrir la valentía, entereza y persistencia de Aura Elena Farfán de FAMDEGUA, del equipo de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala, del Ministerio Público quienes armaron el enorme rompecabezas de vidas rotas, provocó que el documental adquiriera el carácter de victoria para los sobrevivientes y para los espectadores que estábamos en la sala del cine.

La cúspide de la película llegó cuando ¡Oh, sorpresa!, los kaibiles se habían llevado a dos niños de la comunidad. Y es acá donde entra Oscar, el niño de 3 años sobre quien gira la película. Oscar fue uno de los niños secuestrados y no recuerda nada sobre la vida que esta masacre le arrebató.

Paralelamente, es recuperada la vida de Ramiro, el otro niño secuestrado a los 5 años, quien recuerda como su madre y hermana fueron asesinadas, mientras sus ojos se transforman en un mar de lágrimas. La angustia y el miedo lo invaden para decirnos que sus cicatrices siguen vivas.

El final de la película fue feliz, cumpliéndose la prescripción del cine estadounidense de Hollywood. Por supuesto que presenciar el encuentro entre Oscar y Tranquilino, su padre biológico de quien había sido separado violentamente hace 30 años, generó sonrisas y cierta paz a los asistentes. Mientras, la condena a más de 6 mil años a 4 de los 58 militares por asesinato y delitos contra deberes de la humanidad, se transforma en la esperanza para continuar la búsqueda de justicia por todas las masacres, asesinatos y desapariciones perpetradas durante los 36 años de guerra interna, pero no como lo transmitió la película. Una combinación de música dinámica y alegre, al compás de fotografías de las familias en el dolor del entierro de sus seres queridos.

Al concluir la proyección, la gran mayoría de los espectadores se levantaron en unísona ovación de aplausos, algunos pocos nos quedamos sentados e inertes. En mi caso particular con un severo dolor de cabeza y de corazón porque se abrió la cicatriz que mi familia guarda sobre el 10 de mayo de 1982.

Posteriormente, Edgar Pérez abogado que llevó el caso de las Dos Erres compartió con los asistentes cómo este caso cumple todos los elementos para ser considerado un ejemplo de la táctica de tierra arrasada, utilizada por el ejército, para aniquilar a toda comunidad sospechosa de ser el “agua que daba vida al pez”.

En estas masacres, los kaibiles fueron esas máquinas asesinas que separaban a los hombres de las mujeres y niños de cada comunidad violentada. Eran quienes dirigían o realizaban las torturas y asesinatos, las violaciones a las mujeres, quienes decidían esclavizarlas sexualmente. Eran también, quienes dirigían o asesinaban directamente a niños y niñas, como lo hacían con perros, gatos y cerdos. No había que dejar vida. Por eso siempre trataron de no dejar rastro de las masacres, por lo que era indispensable cavar pozos para esconder los cuerpos y desaparecer todo, absolutamente todo lo que pudiera ser una evidencia.

El documental, plagado de memoria, constituye una muestra de viva voz que empieza a derribar la impunidad y que se espera alcance a los altos mandos de esa mancuerna oligarquía-ejército, los mayores perpetradores contra la vida en el país.

Una falencia existió en quienes asistimos a la presentación, porque reconociéndonos como seres humanos que hemos sobrevivido gracias a nuestra capacidad de resiliencia, parece que perdimos la conciencia para gritar ¡JUSTICIA! y ¡NUNCA MÁS!, en lugar de aplaudir al unísono o quedarnos algunos sentados.

Esta película, sin duda, aporta para que todos los guatemaltecos que vivimos durante la política contrainsurgente que produjo estos crímenes y los que nacieron posteriormente conozcan un poco de lo sucedido. Para enfrentar nuestro presente y construir un futuro diferente, es necesario tener claridad del pasado y evitar que se vuelvan a repetir crímenes de esta naturaleza.

Y a todo esto ¿Qué sucedió el 10 de mayo de 1982?

Las atrocidades de la guerra interna (secuestros, violaciones, torturas, asesinatos y desapariciones) las viví durante la niñez pero se me presentaron como una caja de pandora cuando ingresé a la Universidad de San Carlos en los años noventa. Sobrellevaba estas atrocidades silenciosamente, sin embargo, inicié el proceso para formarme como historiadora fue cuando empecé a reunir las piezas de aquel 10 de mayo de 1982.

Desde los años setenta, la casa de mi abuela paterna, ubicada a pocas cuadras del Campo Marte en la zona 5, era el centro de reunión familiar. Tíos, primos, hermanos, sobrinos de primero y segundo grado de consanguinidad coincidíamos en torno a esa figura familiar. En una de esas reuniones conocí a Konrad Schultz a quien recuerdo como un hombre alto, muy sonriente y quien cocinaba unas deliciosas berenjenas. Era la pareja de Lilian, prima de mi padre. Con sus hijos, Diana y Conrad, compartí la niñez.

Konrad trabajaba para la United Nations Industrial Development Organization (UNIDO) en El Salvador. El 10 de mayo viajó desde ese país a Guatemala en su carro con placas diplomáticas. Mi abuela y padre recuerdan que había quedado de llegar a casa para cenar pero nunca lo hizo. Por esos años no había teléfono en casa, nadie se preocupó pero tampoco nadie imaginó que al día siguiente en la edición vespertina del diario La Hora, se diera la noticia de su asesinato.

La noche del 10 de mayo un retén de soldados del ejército detuvo a Konrad, cuando pasaba por la 29 avenida de la zona 5. Las personas que presenciaron lo sucedido, escondidos detrás de las ventanas de sus casas, comentaron que al bajar del carro e intercambiar unas palabras con los soldados, le dispararon. Murió desangrado tratando de hacerse un torniquete con el cincho. Su asesinato no pasó desapercibido razón por la cual el ejército emitió un comunicado expresando que fue “un lamentable accidente” porque iba manejando en contra de la vía, lo cual era imposible por su conocimiento perfecto de las calles de la zona 5.

El dolor de su partida sigue manifiesto entre toda la familia y siempre se le recuerda con gran aprecio y cariño. A partir de esa fecha mi familia se separó porque Lilian, Diana y Conrad migraron a los Estados Unidos. Han sido muy pocas las veces que nos hemos vuelto a ver. Conrad, su hijo, nunca regresó al país.

Exactamente 32 años después, Efraín Ríos Montt, jefe de Estado de Guatemala fue sentenciado a 80 años de prisión por genocidio y delitos contra deberes de la humanidad. El segundo caso contra militares había llevado a la silla del juicio a quien dirigía el país cuando Konrad fue asesinado. Naciones Unidas en su Asamblea de octubre de 1983 denunció la falta de seguimiento para el esclarecimiento del caso, el cual sigue en la impunidad.

La guerra nos tocó a todos, ninguno se salvó.

El documental, plagado de memoria, constituye una muestra de viva voz que empieza a derribar la impunidad y que se espera alcance a los altos mandos de esa mancuerna oligarquía-ejército, los mayores perpetradores contra la vida en el país.

Artículo anteriorEstado débil + Sociedad débil = Mala Salud
Artículo siguienteCAPIUSA invita a la inauguración de “Lucha Diaria”