Por Juan Fernando Girón Solares
Es la fría madrugada de un Viernes Santo; las andas de Jesús Nazareno de la Merced, el patrón jurado de la ciudad de Guatemala se desplazan por la once avenida en dirección norte y más específicamente en busca del Antiguo Barrio Moderno, lo que otrora fuera conocido como «el potrero de corona», actual zona 2 de la metrópoli. Muy puntualmente el cortejo ha dado inicio, como desde hace muchos años, antes que el sol alumbre las montañas del oriente y entregue su caluroso abrazo de Semana Santa.
Cuando el mueble procesional, hermosamente iluminado y en el que destaca por todos lados, la bellísima imagen del Nazareno de la Parroquia Mercedaria, en torno a la cual se ha dicho y escrito tantos relatos, anécdotas y leyendas tan queridas como especiales para el pueblo de Guatemala, avanza solemne y cadenciosamente.
Y es precisamente en esa andaría de oscura caoba y hermosos labrados, la de los famosos félidos en sus esquinas, como diría don Carlos Díaz Del Cid, el sitio donde humildemente se ubica el protagonista de nuestra historia; es decir es una parte integrante de las andas. Exactamente, tal y como usted lo intuye, nuestro personaje es una almohadilla consistente en el «Brazo Procesional» y muy específicamente la que corresponde al número 31 de la fila izquierda.
Los objetos son seres inanimados, y por lo mismo claro está, no pueden expresarse. Pero se imagina usted querido lector, qué pasaría si las almohadillas o los brazos de las andas hablaran… ¿Qué podrían contarnos o comentarnos esos objetos tan queridos y amados por los penitentes y devotos?, hombres y mujeres que anualmente no se pierden su cita, pase lo que pase, para participar en el cortejo con la imagen de su devoción.
Esas almohadillas escuchan los susurros del cargador, que más de una vez se han humedecido por las lágrimas de emoción o de tristeza profunda, que han percibido los ruegos, las oraciones muchas veces desesperadas por una pena, o los agradecimientos de los participantes del cortejo procesional. Pues bien, como nuestro protagonista no puede hablarnos, pero nosotros sí de él, los invito a que me acompañen a este tramo del recorrido procesional del Señor de la Merced durante el Viernes Santo, y escuchemos los sentimientos de varios de sus cargadores, los sentimientos de un cucurucho que lleva sobre sus hombros a una imagen que ni más ni menos, tiene trescientos años de haber sido consagrada, en el brazo número 31…
Concluidos los turnos extraordinarios que corresponden a la salida de Jesús de la Merced, las andas llegan a la esquina de la cuarta calle y once avenida. Se ha interpretado la marcha Camino Al Gólgota de don Mario Paniagua, su autor, durante muchos años incensario en este cortejo procesional. Suena el timbre y un fiel devoto ataviado con túnica y capirote morados, paletina, cinturón y guantes negros, sudoroso por el esfuerzo,
coloca la horquilla en la almohadilla identificada con el número 31 y le da una palmadita en la espalda al primero de nuestros cucuruchos, que se apresta a llevar en hombros a Jesús de la Merced en el brazo antes mencionado.
El sonido ronco del timbre se deja escuchar nuevamente, se levantan las andas y el pesado mueble cae sobre el hombro derecho de don Víctor Manuel, un hombre de la tercera edad, que con sus cabellos coronados por la nieve de los años, ha venido a cumplir con esta devoción que empezó allá por 1968, hace prácticamente cincuenta años. Profundamente emocionado saluda al Nazareno con un «gracias mi Jesús»; en ese momento, como si fuese una película, los recuerdos de aquel cortejo procesional del Viernes Santo empezaron a pasar por la mente de don Víctor Manuel, visualizando así su primer turno en la novena calle a altura de la Librería Pax, con un adorno muy especial: «medios de santificación» y el primero de tales una enorme cruz que abría el conjunto ornamental, recordándonos por supuesto, la cruz de Cristo.
Don Víctor Manuel evoca cosas que ya no se ven en la actualidad como el paso de la procesión subiendo la cuarta calle en busca del templo de Santa Teresa, la estación del cortejo por el entonces Parque Morazán, con la estampa de la estatua de Cristóbal Colón; las andas del Nazareno Mercedario en el atrio de la Catedral Metropolitana bajo la mirada del Cardenal Casariego desde el balcón; recordó también algunos incidentes no tan agradables, como por ejemplo aquel año en que el presidente de facto perteneciente a una secta fanática, ordenó a los soldados que se encontraban apostados en el Palacio Nacional «desalojaran a lujo de fuerza» a los devotos capitalinos que se encontraban en el frontispicio de ese histórico y gubernamental edificio contemplando el paso de la procesión, así como el desafortunado incidente sucedido en la Semana Santa de 1998, cuando una lira tocó un cable de alta tensión y una chispa cayó de manera accidental a la esponja del adorno, provocando un pequeño incendio, que gracias a Dios no pasó más que de un susto entre todos los presentes, pero al Señor por fortuna, ¡ni un solo rasguño!
Ahora don Víctor Manuel, acude a la procesión de Viernes Santo en compañía de dos de sus hijos y de cinco nietos, uno de los cuales ya le confesó que desea unirse a las filas procesionales. El cortejo procesional avanza; la banda de música interpreta la marcha «Ramito de Olivo» de don Fabián Rojo, y nuestro amigo protagonista recuerda también las anécdotas que le contaba su papá -también cucurucho mercedario- de cómo se estrenó en 1927 la marcha ahora oficial «Señor Pequé» de Monseñor Santa María y Vigil y que éste, a pesar de sus problemas de movilidad, llegaba a la procesión a dirigir a los maestros para que interpretaran adecuadamente los compases de su marcha.
Gracias mi Jesús de la Merced ¡Gracias por permitirme acudir a mi cita anual durante tantos años y bendice a mi familia y a mi Guatemala!, susurra recostado sobre el brazo 31 el devoto abuelo. Con la profunda satisfacción del deber cumplido, termina la marcha mientras el anda se aproxima al crucero de la tercera calle y once avenida, sitio preciso cuando nuevamente hace su pausa el redoblante, suena el timbre y concluye el turno, en el instante justo en que el anciano con la destreza que solamente dan los años, coloca su horquilla debajo de la almohadilla marcada con el número 31 y el hermoso trono procesional cae sobre la misma. Un nuevo cucurucho está por tomar el brazo…
Continuará.
…un hombre de la tercera edad, que con sus cabellos coronados por la nieve de los años, ha venido a cumplir con esta devoción que empezó allá por 1968…








