Por Izabel Acevedo

Cuando le dije a mi papá que quería hacer cine lo primero que hizo fue presentarme a su buen amigo Alfonso Porres. Yo tendría unos 16 años y como mi vida empezaba a tener un propósito estaba loca por aprender. Poncho de inmediato me abrió las puertas de Luciérnaga. Junto a Isabel Juárez y Nancy Vásquez nos adoptaron a mí y a una bola de chavos ganosos, pero con cero experiencia en audiovisuales. En esa época vimos clásicos del cine tirados en colchonetas, hicimos un taller para la escritura de un guión, que tal vez el problema es que era extremadamente creativo… Poncho nos dejaba hacer y así fue como empecé a trabajar formalmente en Luciérnaga. Pude utilizar el equipo, llevarme a mi casa las pelis de la videoteca… Pero cuando le caía a preguntas, Poncho perdía la paciencia conmigo. No tenía ganas de ser mi maestro. Así de sencillo era… (O así de iconoclasta). Por el contrario, nuestras conversaciones eran totalmente horizontales y el tema podría haber sido cualquiera.
Una vez hablábamos de la superioridad del mango ante las demás frutas. Poncho dijo:

– Otra fruta impresionante es «el caimito». Ante mi expresión interrogante le brillaron los ojos.
– ¿No has probado el caimito?
– Sí… ¿O no?, no estoy segura.
– Si lo hubieras probado te acordarías.
– Bueno si… Tal vez no…
– ¡No has probado el caimito!
– …
Allí había algo que sí quería enseñarme. Nos dirigimos al Mercado Central. Buscamos y finalmente encontramos un puesto en donde Poncho compró una libra de una fruta que por fuera no parecía muy impresionante. Una vez dentro de su jeepito, Poncho partió por la mitad una de las frutas y me la mostró. Definitivamente nunca antes había visto un caimito. Hablamos de su color púrpura y de sus formas extrañas. Comimos una buena parte de la compra de algo en extremo delicioso de lo cual me había estado perdiendo.
En estos días he llorado y también he tenido mucho antojo de caimito…

Más adelante Poncho y yo nos distanciamos. Nunca aceptó que yo hubiera estudiado cine en una escuela. Creo que para él eso es algo que se aprende en la calle y/o con la práctica. Yo no aceptaba que él no aceptara mi decisión. Afortunadamente hace unos años en medio de la alegría y los festejos de la condena a Ríos Montt nos perdonamos y apenas en enero de este año conoció a mis hijos. Les hizo arrumacos.
Al despedirnos le di un beso en la mejilla.
– Dame un abrazo- me pidió.
Y le pude dar un abrazo largo y cariñoso sin el que hoy no sabría cómo afrontar su terrible ausencia.

 “Poncho partió por la mitad una de las frutas y me la mostró. Definitivamente nunca antes había visto un caimito.”

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