Por Pedro Luis Alonso

Esta película noquea, pero sólo hasta el final. La noqueada, el aplanamiento, la turbación es cuando vas de regreso a casa tratando de digerirla. Antes, no. Mientras la estás viendo, la vas sorbiendo con fruición, con verdadero placer. No te la esperabas. Te estás comiendo un suculento plato cinematográfico genuinamente nacional que la primera reacción que te provoca es la de la sorpresa: se cuecen aquí ya buenas habas, hay calidad en el incipiente nuevo cine guatemalteco. Un lenguaje visual casi perfecto con sugerentes toques surrealistas, una plástica de galería, banda musical exquisita, texto poético, notable interpretación, ritmo justo. Has pasado media hora frente a un producto lleno de aciertos formales y puedes ufanarte de haber presenciado una obra de arte.

El envoltorio, sin embargo, no es el de un dulce. Estos artistas malditos, provocadores te acaban de engañar. No es solo que hayan querido jugar contigo ofreciéndote luces y contraluces, erotismo y náusea, bellos dorsos desnudos y caras descompuestas, folklóricas calles y siniestras oficinas, hermosas playas y playas-cementerio (de cualquier forma estructurado todo ello en un producto final estéticamente respetable). Es que te han metido en el estómago una película que, de vuelta a casa, comienza a provocarte la pesadez y las agruras de una mala cena.

Es lo que querían. Y han querido comenzar a despistarte, desde el título mismo de la película: AMORFO, lo que no tiene forma. ¿Cabe mayor inocencia? Ese vagabundeo de imágenes no ajustadas a la línea argumental definida, esa posmoderna renuncia a juicios e interpretaciones, ese dejar caer sobre el tapete de la pantalla los dados de unos acontecimientos perdidos en el pasado reciente sin intención alguna de racionalizar causas y consecuencias… esa expresa negativa a proponer soluciones, esa AMORFIDAD de la película…Pareciera que sí, que estamos ante una película inocente o, como décadas atrás diríamos, políticamente neutra, descomprometida, ¿cínica quizás?

Pero no hay tal. Ese título de AMORFO es sólo un guiño, un juego, el formal despiste, el envoltorio de algo muy definido y peligroso…al menos para el estómago de uno. No te mete la película en el estómago el inocuo elixir de la AMORFIDAD, etérea, ligera, vaga, ingrávida, espumosa como el Alkatzelser…Te mete el plomo, rabia, tristeza. Quiero pensar que también esperanza, aunque sólo para después del mal trago de la digestión, para después de la necesario catarsis.

Desde que AMORFO, aún sin intenciones de propuesta, acaba soltando sobre la mesa los datos para una historia de amor con la violencia y el terror políticos de principios de los ochenta como fondo, está ya formalizando un tema, un problema, una parte existencial importante de nuestra vida social guatemalteca. Está dejando de lado cualquier sospecha de inocencia, informalidad y banalidad. Y está dejando de ser cínica. Los cínicos son engañadores absolutos, que dicen plantear problemas pero se guardan en el bolsillo todas las llaves, desde el momento que lo que no es más un problema sin solución, es decir, lo cierran al momento mismo en que dicen abrirlo como problema. Nuestra película no. Está proponiendo al espectador, y muy formalmente, tareas humanas, de reflexión, de maduración, de ética. Pasa de ser una película amorfa para convertirse en una película, no cerrada ni dogmática, abierta ¿Abierta a qué? Yo diría que, en último término a la esperanza, después como he dicho del mal rato de la digestión. La memoria de lo pasado es catarsis. Duele y pesa como problema. Pero como es la verdad, como es memoria de dolores y traumas reales y sólo la verdad nos hace libres, incita a la búsqueda de cambios, de mejores caminos, de soluciones pluralmente consensuadas y honestas –es decir desinteresadamente – consensuadas. Plantearse, como hace la película, los temas es ya acotarlos para su visualización racional y ponerlos en el disparadero de la esperanza liberadora. Es proyectar sobre el absurdo y el nudo apretado la primera mirada de inteligibilidad que permitirá después los mecanismos para salir del pantano, desatar los nudos y liberarse del fardo de la historia.

AMORFO trae el recuerdo de unos años negros para Guatemala caracterizados por la violencia, la arbitrariedad, la irracionalidad, la mordaza, el absurdo, el ahogo. Recoge el tono de la época. Que era ese: un sinfín de escenas inconexas, desintegradas, mortales y oscuras sobre las que no podía decirse, si no a riesgo de verse uno mismo envuelto en la vorágine del arbitrario castigo, la palabra clarificadora de la denuncia o del análisis, una época donde imperaba un mandamiento: no pensar, no hablar, no escribir, no debatir y en la que algunos –tan encapotado estaba el cielo de la jungla nacional- pensaron acogerse a los techos liberales de una embajada, donde en vez de altavoces para sus denuncias acabaron encontrando más de lo mismo, muerte y solo muerte. Era aquella una época de miedo, desde lo amorfo. Instalada la brutalidad en el poder ¿qué otra cosa podía esperarse sino la maraña informe y monstruosa de acontecimientos, vivencias, placeres truncados y golpes contra el muro que, de manera tan plástica, reconstruye esta película? Amorfa es la situación que presenta pero no la película que es, por el contrario, un primer ejercicio de rescate, de planteamiento, de clarificación y de forma. Una especie de lúcida racionalidad para visualizar el monstruo. Han hecho bien los muchachos en jugar al engaño con nosotros. Aparentemente amorfa, la película sólo lo es por su renuncia a la última palabra, que la dejan en manos nuestras, las de los espectadores. Por lo demás, por la fuerza del planteo del tema y del problema, la película es contundente como un mazo, como un alimento grueso o como la oscura boca de un túnel al final del que, no importa cuan largo parezca, deberá resplandecer siempre, siempre la luz de la esperanza.

Guatemala 9 de febrero de 2006.

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