Celso Lara Figueroa
Los peones platicaban narrando historias de las aguas del lago, la fuerza del Xocomil y los seres sobrenaturales que salían de sus escondrijos durante la oscuridad de la noche. Después de una curva muy cerrada, el motor hizo un ruido extraño.
¡Es la chumacera! – gritó el conductor, que también era mecánico.
El Sol sobre el horizonte se tornaba rojo y su fuerza ya no calentaba el ambiente.
Démonos prisa para llegar a la finca, tal vez consigamos con qué remolcar el camión – dijo el conductor.
Pero alguien tiene que quedarse cuidando el pichirilo – agregó otro de ellos. Las caras de todos los peones se entristecieron por la fama de la montaña, el temor a alguna fiera, serpientes, zancudos, mosquitos, tábanos y el silencio de la noche, que a veces se interrumpía por el bramido de las bestias o el desprendimiento de alguna roca y el eterno chocar de las aguas del lago contra las piedras.
Los mozos decidieron echarlo a la suerte, así que la responsabilidad de cuidar el viejo camión recayó en Pedro. El peón no quería, pero el jefe lo convenció: “Mañana te doy descanso, podrás irte a tu rancho a ver a tu mujer y a tus hijos, ¿a qué le vas a temer? Te dejo la llave. Vos juntás un fuego y, después de cenar, te metés a la cabina, subís el vidrio y te podés dormir como en tu rancho”.
Sus últimas recomendaciones fueron: “No vayás a tocar las piezas del motor del camión”. Casi de inmediato se marcharon todos.
Antes que la noche se apoderara del lugar, Pedro juntó fuego, preparó su café y descansó. Repentinamente, alcanzó a ver una llamita azul entre las enormes rocas y, al sentir el agudo ataque de los zancudos, se dirigió a la cabina del camión. Hizo a un lado las puntas de los resortes salidos del asiento, estuvo un rato meditando sobre su familia y se quedó profundamente dormido.
Al buen rato, Pedro escuchó una serie de ruidos que lo despertaron. Estaba en el mismo lugar y parecía que empezaba a amanecer, pero el alba se prolongaba demasiado. No tenía reloj, pero estaba seguro que el sol ya iba a salir, mas no aparecía.
Inquieto por lo extraño de la situación, abandonó la cabina. Desde la altura en la que se encontraba, se podía ver la majestuosidad del lago, pero no tenía mucha agua.
Con tan poca luz no se ve bien – pensó para sí. Sin embargo, sí podía distinguir que en una de las orillas del lago había un grupo numeroso de guerreros. Pedro nunca había visto nada parecido. Los guerreros llevaban pieles y tocados de plumas que hacían parecer que iban a salir volando. Se restregó los ojos y miró con mayor atención. Los guerreros llevaban a un prisionero tan lujosamente ataviado como ellos mismos.
Los cantos, danzas y rituales llegaban a un frenesí y los guerreros dieron muerte al prisionero con sus flechas y macanas. Pedro alcanzó a escuchar, confusamente, el nombre de Tolgom.
Los restos del enjoyado prisionero fueron lanzados al centro del lago. Inmediatamente, los guerreros iniciaron una procesión que los llevaría a la otra orilla del lago pero, mientras avanzaban, el agua iba subiendo de nivel.
Los guerreros atravesaron el lago en silencio. Dos personas cerraban la procesión, un hombre y una mujer. Los cánticos y rituales llegaban los oídos de Pedro y pudo escuchar que los nombres de estos últimos eran Gagavitz y Chetehauh. Cuando llegaron al lugar que habían elegido, se separó a Gagavitz. Para entonces las aguas habían alcanzado su nivel.
Las aguas se oscurecieron y empezó a sentirse un fuerte viento que soplaba y estremecía todo el ambiente, hasta que se formó un remolino. Pedro pensó que el remolino crecería hasta dañar a los guerreros, que estaban en la otra orilla pero, en un momento, Gagavitz se lanzó al remolino. Las plumas de su capa y tocado lo envolvieron mientras su cuerpo se alargaba de acuerdo con las ondas del remolino, hasta que se convirtió en la serpiente emplumada.
Pedro quedó profundamente sorprendido. Aquello era como una aparición fantástica y no se explicaba por qué no terminaba de amanecer.
Gagavitz, convertido en remolino, se alejó por los cielos y entonces el Sol empezó a despuntar. Era tan brillante como si saliera por primera vez para todos los que habitaban el lago.
Los guerreros empezaron a conversar con otro grupo ataviado como ellos. Por lo que Pedro pudo ver, aunque no escuchaba nada, los grandes señores estaban dividiéndose el lago en dos mitades. Mientras los grupos de guerreros se alejaban, Pedro vio a unos pescadores que bajaban por las laderas del lago y subían a sus cayucos. No podía distinguir ninguno de los pueblos que conocía, ni tampoco las carreteras. Los pescadores llegaron a cierta distancia de la playa y echaron sus redes, pero las sacaron vacías.
¡Qué raro! – Pensaba Pedro – a esta hora siempre hay peces. No lo entiendo.
De una población que Pedro nunca había visto antes, surgieron unos hombres. Iban ataviados con capas y tocados de plumas y jade. Llevaban unas tinajas decoradas con peces. Vaciaron el contenido de sus tinajas y, mientras se esparcía entre las aguas del lago, se podía ver que cambiaba el color del agua donde caía el contenido. Poco a poco, el color se fue extendiendo por todo el lago. Cuando llegó a las orillas de los cayucos, los pescadores se veían felices porque sus redes salían llenas de pescados.
¡Ellos echaron los peces! – Exclamó Pedro, cada vez más sorprendido.
¡Pedro, Pedro! Despertá. ¿Qué tenés? ¿Qué te pasó? – Preguntaban los hombres que habían llegado por el camión que Pedro se había quedado cuidando.
Pedro tenía fiebre. Casi no podía hablar y su mirada parecía perdida. Apenas se sentía su respiración y un sudor frío recorría su frente. Miraba a sus compañeros sin verlos, quienes decidieron llevarlo al hospital de Sololá. Lo subieron al camión que les iba a servir de remolque y se apresuraron a llevarlo por el camino serpenteante.
¡Eso es cosa de la quebrada! – Dijo Antonio, preocupado por su compañero. No lo hubiéramos dejado solo.
¡Ojalá que se mejore! – Añadió Juan. El tercer peón, que iba manejando, permaneció en silencio, tratando de conducir tan rápidamente como el camión remolcado se lo permitía. A mí siempre me han dicho que hay que andar con cuidado si pasás la noche junto al lago – continuó relatando Antonio mientras viajaban.
Me contaba mi padrino José que un hombre tuvo necesidad de irse por la tarde con su mujer y su hijito a San Pedro La Laguna. Tenían que buscar a un anciano para que curara a su hijo. Le aconsejaron que mejor se esperara porque ya empezaba a sentirse el viento Xocomil, no se fuera a hundir en el lago.
Dicen que, sin entender razones, el hombre subió a su familia al cayuco, pero no pudieron alejarse tanto porque, cerca de la orilla, lo atrapó una ola y dio vuelta el cayuco. Los tres cayeron al agua. El hombre sostuvo al niño y nadó a la orilla, pero la pobre mujer se atragantó con el agua, se hundió y empezó a chapotear como pudo. Perdió su corte y listón, y se le rompió el huipil. Por fin, sangrando de un brazo, con las trenzas empapadas, con la mirada perdida y casi sin moverse, logró alcanzar la orilla.
Cuando llegó la gente del pueblo a ayudarlos, le dijeron al hombre que el Xocomil le había robado el alma a su mujer. Un anciano que sabía de los secretos del agua, le dio tres golpecitos en el pecho, oyó sonar hueco y supo que adentro estaba vacío. El anciano dijo que tendría un encuentro con el Xocomil.
Y así fue, porque apenas el viento empezó a tocar los troncos del muelle, el viejo sabio estaba aguardándolo a la orilla, en un lugar apartado, escondido entre las matas de tules y con una calabaza entre las piernas. A saber con qué palabras y con qué amenazas habría convencido al Xocomil, pero recuperó el alma de la mujer y se la trajo dentro de la calabaza, flotando en agua de acantos para protegerla de marejadas y rumores. Al regresar, se fue a la casa de la mujer para hacerle beber el brebaje.
Después de tomarlo, se volvió tan liviana como el viento así que el marido le ató las trenzas en el mecate de la casa. Después de unos días, la mujer empezó a soltar quejiditos y, poco a poco, la vida le volvió al cuerpo. Ya curada, no quiso saber más del lago y menos del gran viento Xocomil.
Juan también tenía algo que contar: “Yo oí la historia del padre Ruiz, que dicen que era el encargado de las misiones del lago y, de vez en cuando, las visitaba. Una vez, en la estación seca, el padre tuvo urgencia de atravesar el lago. En el lugar, solamente había una canoa disponible y los tres lancheros le dijeron que era peligroso salir a esa hora por el Xocomil.
El padre insistió y los cuatro subieron a la canoa. Los temores de los lancheros eran ciertos. A escasos metros de la playa zozobraron. Los tres lancheros salieron sanos y salvos. Sin embargo, el religioso no apareció por ningún lado. La canoa apareció averiada por la furia de la tormenta en un lugar distante del sitio de la tragedia. Todo quedó borrado por el mismo manto de la noche negra”.
Al fin, los peones llegaron a Sololá y se dirigieron directamente al hospital, para dejar a Pedro al cuidado de los médicos. Luego, llevaron al taller el viejo camión que había ocasionado tantos problemas. Ese mismo día, la esposa de Pedro, Josefa, también fue llevada al hospital, por la madre y el hermano de Pedro.
Un susto más había pasado. La noche anterior, Josefa se encontraba remendando la ropa de su marido. Se acercó mucho a la débil luz del candil para pasar el hilo por el ojo de la aguja y seguir cosiendo. A la media noche, oyó que alguien iba bajando por el camino. Pensó que eran los ruidos de algún perro. De pronto, sintió que el corazón le latía con mayor fuerza, a punto de salírsele del pecho. Los pasos los sintió cerca de su rancho.
Ése es Pedro – se dijo. Dispuso vestirse a estas horas de la noche. Se quedó esperando que tocara la puertecita, pero los pasos murieron cerca de la entrada. Trató de levantarse y no pudo. La luz del candil se volvió azulosa. Quiso rezar, pero tampoco pudo. Empezó a ver nublado y cayó al suelo.
Los perros empezaron a aullar. Andrés, el hermano de Pedro, oyó el golpe contra el suelo y pensó que uno de sus terneros se había salido del corral.
¿Qué sería ese ruido? – Dijo Andrés a su mujer y añadió: – Despertá a la Josefa que su muchachito no deja de llorar.
Tocaron y tocaron la puerta del rancho, pero nadie les abrió. ¡Qué mujer tan de piedra que no siente! – comentó Andrés.
El ruido fue tal, que acudió la suegra de Josefa y obligó a Andrés a derribar la puerta. La encontraron tirada en el suelo. Trataron de reanimarla hasta que, poco a poco, fue dando señales de vida. Como ya estaba amaneciendo, la llevaron al hospital de Sololá.
Cuando los peones y familiares de Pedro se encontraron en el hospital no salían de su asombro y no sabían qué significaba todo aquello.
Afortunadamente, ambos esposos se recuperaron y relataron sus experiencias a sus amigos y familiares. Al enterarse de todo lo que había pasado, la gente reafirmó su temor y respeto por aquella quebrada que le había enseñado a Pedro el misterio del viento Xocomil.








