Jairo Alarcón Rodas
Profesor y académico universitario

Estados Unidos determinó su hegemonía desde el momento que aceleró el proceso de globalización capitalista e instauró la “democracia liberal no participativa”, basada en el egoísmo, la competitividad y el lucro. Asimismo, estableció como medio, fin y único régimen de aspiraciones personales, la libertad individual.

Fue así como la naturaleza racional y la actitud crítica fueron anuladas a partir de la deformada educación y el modelo domesticador de aprendizaje, impulsado por ese sistema, proponiendo valores egoístas y acríticos y convirtiendo con ello, a la población mayoritaria del mundo en obreros al servicio de la oligarquía.

En el modelo capitalista, la sociedad es abstracta y, por el contrario, hombres y mujeres con identidad concreta, con presencia real, constituyen la fuerza laboral al servicio del capital. Los colectivos son anulados, desdibujados, pues lo importante es que el individuo produzca bienes en libertad y sea ubicado dentro de la economía de mercado para mantener los privilegios de unos pocos; ya que, en la visión capitalista, el conglomerado no es afecto a necesidades, apetencias y satisfacciones.

La individualidad, como depositaria de acciones concretas dentro de este sistema, cobra esencial importancia ya que la sociedad, en sí, solo constituye la suma de individualidades con un perfil determinado. No obstante, no logran negar la importancia que tiene la sociedad, ya que provee herramientas y sustratos teóricos a los individuos que accionan dentro de un territorio determinado. Además, es el resultado de las individualidades que, interactuando, necesariamente asociadas para un fin común, muestran con claridad la importancia del individuo en la sociedad y de esta para el horizonte de cada persona.

Al fortalecerse el capitalismo individualista, se da peso al egoísmo, que, no siendo fundamental en la esencia humana, promueve valores egocéntricos y pragmáticos. Por el contrario, el amor a uno mismo es un acto racional que suma a los otros al horizonte personal, descartando con ello al egoísmo irracional. Según Erich Fromm, en su libro “Ética y psicoanálisis”, amarse a uno mismo no significa ser egoísta. El yo se extiende a los demás, sin límites de corporeidad. Yo individuo y ser humano que interactúo con otros y me afirma adquirir conciencia de mi similitud y diferencias.

El pensamiento liberal resalta desmesuradamente al individuo y ocultar la naturaleza de lo colectivo y para sus fines justifica las acciones egoístas de origen irracional. Aun así, John Rawls, pensador liberal, tiene una visión de justicia democrática donde al individuo no lo encierran límites, sino que interactúa y necesita de los demás. “…las personas se necesitan mutuamente, en la cooperación activa con los demás puede realizar sus talentos en gran parte por el esfuerzo de todos. Sólo en las actividades de unión social puede ser completo el individuo. Se es ser humano a partir de asimilar costumbres, formas de comportamiento, conocimientos y valores sociales.

Los valores determinan las acciones y estas impactan a los demás. Forjar valores egoístas, que conduzcan al deterioro social, puede llevar a la confrontación etnocéntrica; así, la libertad, un valor imprescindible del liberalismo, indiscutiblemente inserta en un medio social, debe salir de su propia mismidad, proyectándose e interactuando con otros; lo que es una libertad compartida, poniendo fin a la ficción que constituye la libertad absoluta.

Lo humano se construye en el antropo, un ser prospectivo accionando continuamente y desarrollado de lo simple a lo complejo, de la incertidumbre al acierto y no únicamente a partir de la libertad, aunque esta sea necesaria. La conducta humana debe ser normada por valores que propicien armonía social. Así, la solidaridad, la fraternidad y la confianza no son inspiración natural de lo humano, ya que estas tienen el componente de conciencia y en tal sentido, son producto del aprendizaje que, potencial e históricamente, se van cimentando a lo largo de su accionar, permitiendo entender que los errores cometidos en el pasado se superan desde la comprensión gradual de lo específicamente humano y su ineludible circunstancia social.

Los humanos viven placentera y colectivamente para perpetuarse. Su individualidad los hace particulares. Para John Stuart Mill, defensor de las libertades individuales, “cuanto más se desarrolla la individualidad de cada persona, más valiosa se hace a sus propios ojos y, en consecuencia, más valiosa se hará a los ojos de los demás. Su razonamiento prioriza valores individuales sobre cualquier bien colectivo. La individualidad acentuada diversifica las opiniones sobre las cosas y, con ello, el enfoque sobre la naturaleza se enriquece. Sin embargo, lo esencial que representan las potencialidades individuales cobra sentido a partir de una existencia social. El accionar de un individuo no tiene sentido ético si lo es al margen de la soledad, ni sin contar con la presencia de otros. Es por ello la importancia de las normas en la convivencia social y como consecuencia, de un accionar moral del individuo.

Lo que se aprende a ser es lo que moldea la ruta por la vida, que se patentiza en las acciones. La individualidad, que deriva del ser propio de cada persona, es un valor necesario si se circunscribe a un ámbito social, su peculiaridad es un componente de las aspiraciones humanas que cobra sentido en la colectividad. De ahí se dice: El hombre separado de los hombres es apenas un antropoide. Sentir a partir de compartir existencias, conocer a través de procesos, con el concurso y motivación de otros, es lo que permite forjar la humanidad. Producir como resultado de una existencia colectiva, dialéctica e histórica, impulsados por el deseo de extender lo propio a otros, es realmente, junto con la razón, lo que constituye lo humano.

Para Hegel: “El individuo sólo puede ser libre como sujeto político”. Implica interacción con otros y patentiza el valor de la libertad en sociedad. La libertad individual adquiere sentido con relación a la otredad y ejercitarse a partir de su existencia. “…el individuo deja atrás el nivel de sus pensamientos y deseos privados y personales, (…) ha aprendido a universalizar sus deseos, a convertirlos en leyes y a vivir de acuerdo con ellas. Los humanos necesitaron de otros y suscribieron un contrato social con derechos y responsabilidades que se complementan. Su pensamiento integró a sus semejantes para ampliar su horizonte y compartir su existencia pues su sola presencia no tiene sentido.

Puede llamarse libertad, según J.S, Mill, al buscar nuestro propio bien a nuestra propia manera, en tanto que no intentemos privar de sus bienes a otros, o frenar sus esfuerzos para obtenerla, otro pensamiento de libertad individual normada que no impide la de otros. Similar para Friedrich Hayek, “la libertad no sólo significa que el individuo tiene la oportunidad y responsabilidad de la elección, sino también que debe soportar las consecuencias de sus acciones y recibir alabanzas o censuras por ellas. Lo cual significa, ejercitar la libertad sin vulnerar los derechos de otros y anticipar los impactos que puedan causar daño, evitando perjudicar a sus semejantes y desde luego al medio ambiente.

El despertar de la filosofía moderna, con la exaltación de la racionalidad, reveló la conciencia de lo que es el ser humano, sus potencialidades y el horizonte donde nace, crece, se desarrolla y muere. Pudo ser una búsqueda individual la que impulsó salir de los criterios dogmáticos, impuestos desde los monasterios eclesiásticos, sobre todo durante el periodo medieval, lo que propició tal rompimiento y la liberación de la razón.

Así, a partir de la duda, de las interrogantes, indagando respuestas sobre el entorno y la propia naturaleza humana, fue que esta modalidad puso fin a tal oscurantismo. El individuo se reveló, pero tal acontecimiento no hubiese tenido efecto sin la participación efectiva de la colectividad como referente de las actitudes personales. Con ello, se le permitió a la razón constituirse en el instrumento de interpretación de la realidad. Así, se determinaron compendios de ideas, esquemas y paradigmas regentes del destino no solo del individuo, sino de la humanidad.

Del animal político que hablaba Aristóteles y su pacto social para una existencia placentera se deriva la justicia como norma de convivencia. Con relación a eso, John Rawls señala: Una concepción de la justicia cumple su papel social siempre y cuando las personas igualmente conscientes y que comparten más o menos las mismas creencias, consideren que, al suscribir el marco de deliberaciones que establece esta concepción, se encaminen normalmente hacia una convergencia de juicio necesaria para lograr la cooperación social efectiva y justa. Cooperación significa consensos que posibiliten diálogo; pensamiento y palabra se entrelazan como mecanismo de entendimiento en la construcción de argumentos y contra argumentos que tiene cabida dentro de un ámbito social.

Después de las interpretaciones, hay constantes necesarias para el entendimiento que se inician a partir del reconocimiento de la existencia de las cosas y la acumulación de experiencias previas producto del conocimiento. Percibir la muerte es un hecho que puede interpretarse de distinta forma por culturas diversas. Algunas ven el fenómeno con visión particular de lo que representa la muerte. Sin embargo, todas tendrían que admitir que la muerte es una serie de fenómenos bioquímicos que derivan interpretaciones axiológicas como la descomposición del cadáver y la ausencia absoluta de la persona.

Más allá de la especulación, lo verificable cobra singular importancia y al ser público, tendría que ser admitido como válido. Ese es el hilo conductor con el que cada individuo, de determinada cultura, pueda entenderse con otros. De ahí que la comunicación y la posibilidad de comprensión entre distintos pueblos, culturas y grupos sociales sean factibles. No ocurriendo lo mismo en la realidad física. En ésta, las diferencias son menos problemáticas ya que para explicarla se usa lenguaje emotivamente neutro, que no da lugar a imprecisiones o, al menos, requiere que no se cometan. Para la realidad sociohistórica, en cambio, el margen de incomprensión aumenta, pues en su lectura se usan expresiones o términos emotivos que surgen de lo que constituye la ideología, de la particular y fetichizada visión cultural de las cosas.

La ideologización de los términos, producto del ejercicio del poder sobre, conlleva una deformación de la interpretación de la realidad, en este caso, de la realidad social en la que se circunscribe el accionar humano. De ahí que la exaltación de la individualidad, planteada por el liberalismo, pretenda desvincular el compromiso que toda persona adquiere al vivir en sociedad y, en consecuencia, fomente el egoísmo y la competencia que justifica la explotación del hombre por el hombre, en donde el más grande y poderoso someta y explote al más chico.

Al suscribir el pacto social, los seres humanos depositan su soberanía en un ente que regulariza su conducta, a modo de que la convivencia se patentice de forma efectiva. De ahí que la libertad individual conlleva no solo la responsabilidad con el otro, sino también, el reconocimiento de que se inicia a través del control racional de la naturaleza por los hombres y mujeres en sociedad. Situación que consiste en el equilibrio de sus necesidades y satisfactores y la liberación de las presiones existenciales que las carencias conllevan.

De modo que la libertad no constituye un fin en sí misma, sino un medio para la realización humana, medio que requiere de otros factores para consolidarse plenamente como lo son, la justicia y la equidad. Ese es uno de los puntos de divergencia entre el liberalismo y el socialismo que trae consigo la divergencia entre lo que representa la individualidad y la colectividad dentro del marco de la convivencia humana.

Por ello, entender que la comunicación permite que la individualidad se socialice y, con ello, que la sociedad a su vez cobre relevancia a partir de las manifestaciones individuales, es función de la racionalidad humana; que, no obstante, requiere ser libre de ataduras para poder desarrollarse, no puede hacerlo a expensas de vulnerar el libre ejercicio de los otros en la búsqueda de su bienestar. La libertad, en tal sentido, debe que circunscribirse al ámbito social.

Libertad social representa para el individuo, la posibilidad de disentir y decidir con criterio y responsabilidad, al margen de acciones egoístas que entorpezcan la convivencia social, la mejor forma de construir y consolidar una vida digna.

Bibliografía:

DESCARTES, Rene. 1988 El discurso del método. Madrid, España. Espasa- Calpe, 166.

HAYEK, Friedrich 1998 Los fundamentos de la libertad. Madrid, España. Unión Editorial, S.A. 541.

MERANI, Alberto y… 1971 La génesis del pensamiento. México, D.F., México. Grijalbo, S.A., 160.

MILL, John Stuart. 1978 Ensayo sobre la libertad. México, D.F., México. Grijalbo, S.A., 160.

RAWLS, John. 1995 Liberalismo y política. México, D.F., México.
Fondo de cultura económica, 359.

RAWLS, John. 1990 Sobre las libertades. Barcelona, España. Paidós, 122.
RAWLS, John. 1995 Teoría de la justicia. México, D.F., México,
Fondo de Cultura Económica, 549.

STRAUSS, Leo y CROPSEY, Joseph. 1993 Historia de la filosofía política. D.F., México. Fondo de cultura económica, 904.

PRESENTACIÓN

La reflexión que nos propone en esta edición, Jairo Alarcón Rodas, al tiempo que es oportuna, es actual para la clarificación de ideas y el establecimiento de una conducta que geste una ciudadanía diferente.  Son temas sensibles cuyo tratamiento puede remontarse a la inauguración de la modernidad con Descartes y su concepción cerrada del yo, como “res cogitans”.

Revisar esas relaciones, libertad, individualismo y sociedad, permite más allá del espacio privado generador de una moral, la creación de políticas públicas inclusivas, tolerantes y respetuosas de valores fundamentales.  Todo apunta a una especie de subversión del pensamiento liberal con su deseo de encumbrarse como pensamiento único, capaz de crear bienestar y justicia en un orden autodenominado democrático.

Sin esa discusión, que es la naturaleza fundamental del texto, es imposible salir del relato de lo mismo, el eterno retorno en el que históricamente ha sido causa de pobreza, inequidad y marginación.  Se trataría de un esfuerzo por darle sentido a las fallas de un sistema, por cierto vigente, que supere el relato individualista en un intento por lo nuevo.  Así, Alarcón Rodas, continúa con la tradición crítica filosófica, necesaria, según la naturaleza de esa disciplina.

Finalicemos la presentación con una cita en el que se subraya la crítica al sistema tratado:

“Al fortalecerse el capitalismo individualista, se da peso al egoísmo, que, no siendo fundamental en la esencia humana, promueve valores egocéntricos y pragmáticos. Por el contrario, el amor a uno mismo es un acto racional que suma a los otros al horizonte personal, descartando con ello al egoísmo irracional. Según Erich Fromm, en su libro “Ética y psicoanálisis”, amarse a uno mismo no significa ser egoísta.  El yo se extiende a los demás, sin límites de corporeidad. Yo individuo y ser humano que interactúo con otros y me afirma adquirir conciencia de mi similitud y diferencias”.

INGRESE PARA DESCARGAR EL SUPLEMENTO CULTURAL

Artículo anteriorEl acento
Artículo siguienteLa Hora En Minutos