Claudia Escobar. PhD.
claudiaescobarm@alumni.harvard.edu
“A veces sentimos que lo que hacemos
es tan solo una gota en el mar,
pero el mar sería menos si le faltara una gota”.
Santa Madre María Teresa de Calcuta.
Los guatemaltecos estamos acostumbrados a un paisaje rodeado de volcanes. Cuando vivimos fuera del país, extrañamos esos colosos que marcan nuestra geografía y que representan la tierra que amamos. Muchos hemos escalado sus laderas y admirado sus erupciones. Pero pocas veces reparamos en los riesgos que representan. No somos conscientes de lo vulnerables que somos ante esos gigantes. Duele el corazón al ver el sufrimiento de familias enteras que lo han perdido todo, por la erupción del Volcán de Fuego.
Lo más grave es que son tragedias que pueden prevenirse, con un poco de sentido común. Pero las instituciones no toman medidas de prevención. La Conred, responsable de la gestión del riesgo ante los desastres, no cumplió su función. Cuando se activaron las alarmas de la erupción, pasaron horas antes de que reaccionara. No hay justificación para que un Estado por muy raquítico que sea, se lave las manos antes las necesidades de sus ciudadanos. Por el contrario, está obligado a responder a las víctimas de la catástrofe.
Es patético que el Presidente asuma un papel tan irresponsable al afirmar que: no hay fondos para la emergencia, cuando la ley contempla mecanismos para enfrentar la crisis. ¡Qué poco liderazgo demuestra ante una población que necesita de un verdadero líder! ¿Cómo puede Morales afirmar que no hay fondos cuando él y su sequito viven a cuerpo de rey? Gastan en viajes innecesarios y derrochan a manos llenas el Presupuesto del Estado. ¿No se da cuenta que no es momento para victimizarse y esperar que otros hagan lo que es su harta obligación?
Por suerte aún existen personas solidarias que no escatiman esfuerzos cuando se trata de ayudar al prójimo. Son los héroes anónimos, quienes hoy arriesgan su vida por los más necesitados. Doy gracias a esos buenos samaritanos, que salvan vidas a riesgo de su propia vida. Es en estos momentos cuando los guatemaltecos tenemos que demostrar que sí trabajamos unidos, por el bien común, es posible levantarnos de las cenizas y comenzar de nuevo.
Pero no solo en Guatemala atravesamos momentos de aflicción. Nuestros hermanos nicaragüenses también están sufriendo la represión en manos de la dictadura de los Ortega–Murillo; quienes se aferran al poder. Hay cientos de jóvenes, hombres y mujeres que son acribillados a sangre fría, por francotiradores y por las turbas sandinistas al servicio del poder. También allí el mandatario se lava las manos y dice que nada puede hacer ante la violencia que azota al país.
La iglesia Católica ha jugado un papel ejemplar en denunciar las atrocidades que ocurren en Nicaragua. El provincial de los jesuitas en Centroamérica emitió un comunicado advirtiendo sobre las amenazas de muerte contra el padre, José Alberto Idiáquez, S.J. rector de la Universidad Centroamericana –UCA–. Monseñor Silvio José Báez, ha dicho: “Si los países de la región ignoran la responsabilidad del gobierno por estas atrocidades, serán cómplices de la matanza”. Habla sin miedo y sin consideración a los riesgos que enfrenta, porque sabe que está en lo correcto. También, el Papa Francisco ha condenado los hechos, pero aún hacen falta voces que alerten a la comunidad internacional sobre la cacería que se ha desatado en nuestra región.
Vivimos tiempos difíciles, pero los centroamericanos no podemos callar. Debemos condenar todos los actos que restrinjan las libertades y vulneren los derechos de cualquier ser humano. Aún en medio de la adversidad podemos encontrar fuerzas para trabajar en búsqueda de la paz, la seguridad y la justicia.







