Juan José Narciso Chúa
Los grupos que buscan preservar el estado de cosas y que se han alineado en contra de la lucha contra la corrupción y la impunidad, perdieron un enorme eslabón, con el fallecimiento de Álvaro Arzú, pues al final de cuentas él constituía el eje en donde se tomaban decisiones estratégicas para movilizar sus piezas –tal como ocurrió con dos Viceministros de Finanzas, desde el inicio del Gobierno, el actual Presidente del Congreso y el propio Ministro de Gobernación–, igualmente el eje de decisiones se tejían alrededor de sus planteamientos, con lo cual este grupo hoy se encuentra, temporalmente, seriamente fracturado, así como bastante difícil de resolver.
El problema es que todo este esfuerzo conservador y en contra de la lucha contra la corrupción y la impunidad, enfocado en desestabilizar a la CICIG o a su Comisionado o a la actual Fiscal General, ha provocado un quiebre en la escasa gobernabilidad que se traía, puesto que se han abandonado las funciones sustantivas de diferentes ámbitos gubernamentales, especialmente en lo que se refiere al orden interno, en donde el actual Ministro ha dejado de lado el trabajo que debe realizar para disminuir la violencia o para prevenir la misma, enfocándose en su trabajo para erosionar a la CICIG.
Las muestras de violencia en estos últimos días son palpables y, además, dramáticas, por las condiciones de saña y degradación con que se ejecutan. Lo terrible es que prácticamente las personas que viven en las colonias alrededor de la ciudad, se han quedado solas a expensas de las actividades criminales que ocurren en esos espacios, o bien se deciden tomar acciones punitivas bajo su propia mano con lo cual la situación social se degrada aún más.
Esto envuelto en una dinámica que no termina de resolverse. El Congreso de la República continúa aprovechando que tienen una agenda en común la mayoría de diputados, que está alineada en contra de la lucha contra la corrupción y la impunidad y dirigidos por una Junta Directiva enfocada en este empeño, terminan por convertirse en una arena que poco deja para la construcción de iniciativas para favorecer a la ciudadanía en general, para pasar a convertirse en un nido de víboras, que únicamente pretenden darle continuidad a sus curules, legislar a favor de minorías o grupos interesados –políticos o económicos–, con lo cual ciertamente abandonan su quehacer de convertirse en interlocutor entre el Estado y la sociedad, provocando otro poder que se dispersa y se pierde por una agenda cuestionable y que abre las potencialidades para provocar un caos político y una confrontación social de insospechables resultados.
El presidente Morales se perdió de todo y de todos. Hoy se encuentra en solitario, sin respaldos políticos importantes y se queda con sus grupos cercanos que están muy lejos de ser estratégicos o, al menos, conciliadores para evitar un desastre en su gestión, que al final termine con el mandatario inmovilizado, preso del miedo o paralizado por la incapacidad, e igualmente destinado a terminar su mandato, con mucha vergüenza y con un destino hipotecado.
Si a ello agregamos una situación económica envuelta en un proceso de desaceleración, como es el caso del crédito al sector privado, un crecimiento económico bastante pobre –creo que no llegaremos al 3.2%–, un tipo de cambio apreciado –inducido, ciertamente, por las remesas familiares, pero poco se habla de las transferencias netas por préstamos en el exterior–, con baja inversión geográfica bruta y con una desigualdad social que golpea e indigna a cualquiera, entonces estamos ante un resto del año sumamente crítico y difícil de prever su desenvolvimiento ulterior.