Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt
A lo largo de la historia la democracia ha sido una aspiración constante de los pueblos pero a la par de esa aspiración siempre ha existido un asalto de los déspotas autoritarios que por cuestiones ideológicas o intereses particulares tratan de destruir el sistema de auténtica representación popular que desde la antigua Grecia cuando se planteó como “el gobierno del pueblo”, noción que se redondea con el imperio de la ley, la libertad política y la igualdad de todos los ciudadanos en derechos y obligaciones.
Y los tratadistas han encontrado elementos comunes entre los que destruyen la democracia y alertan sobre signos importantes que deben tenerse en cuenta para atajar a los dictadores de cualquier signo. Entre ellos destaca una característica que se refiere a la tolerancia o instigación a la violencia, a lo que agregan la tendencia a reducir las libertades civiles de sus adversarios, especialmente atacando la libertad de expresión y la deslegitimación de los opositores.
Con lo que ha ocurrido recientemente se puede ver que esas características son el sello del Pacto de Corruptos que es el instrumento operativo de la Dictadura de la Corrupción. En efecto, el discurso de Arzú frente al Alto Mando del Ejército en un acto al que se le invitó para que pronunciara una arenga, no sólo es una reiteración de la forma en que no solo es tolerante ante ciertas formas de violencia sino que la promueve directamente, como ocurrió primero con los inquilinos de un mercado a los que ofreció garrotes para que agarraran a morongazos (sic) a sus competidores y luego cuando frente a quienes poseen las armas en el país los invita a arremangarse las mangas para pasar sobre las cabezas de los medios de comunicación negativos, frase que engloba dos de las principales características que los tratadistas que estudian las democracias y las dictaduras coinciden en señalar como signo de alerta para detectar a un déspota.
Aquí no existe en realidad un gobierno del pueblo porque los modelos de elección hacen que el ciudadano realmente no tenga opción de elegir. Votar no significa necesariamente elegir, sobre todo cuando no existe la institucionalidad real de los partidos políticos como instrumentos de la participación ciudadana en la vida política. Aquí no hay ningún partido político digno de tal nombre porque son agrupaciones del cacique, por el cacique y para el cacique, parafraseando la célebre frase de Abraham Lincoln en el famoso discurso de Gettysburg.
Primero ocurrió, entonces, el secuestro de la democracia por una perversa alianza entre políticos y sus financistas que terminaron por cooptar al Estado, pero cuando ese imperio del latrocinio se sintió amenazado por la aplicación de la ley, se estableció la Dictadura de la Corrupción bajo el mando del más corrupto de todos los políticos.
Muchos vacilan aún ante la polarización artificial creada por déspotas que niegan la legitimidad de sus adversarios llamándolos subversivos o criminales al servicio de agentes extranjeros, otra de las reconocidas prácticas de las dictaduras, pero la existencia de esa Dictadura de la Corrupción es cada día más que evidente.







