María José Cabrera Cifuentes
mjcabreracifuentes@gmail.com
El pensamiento guatemalteco, tanto académico, de formadores de opinión y de ciudadanos en general se ha visto condicionado a responder a líneas determinadas que son producto frecuentemente de la adscripción a una ideología particular. Esto nos ha limitado enormemente a tener nuevas visiones y a considerar opciones frescas que se adapten a nuestra realidad para resolver nuestros problemas.
Por lo general, quienes profesan simpatía por alguna de las corrientes ideológicas, herencia de la Guerra Fría y de nuestro propio Conflicto Armado Interno, deben decantarse por completo por todas y cada una de las posturas que estas adoptan en temas de la coyuntura guatemalteca, pues diferir con alguna de ellas representaría una traición y la posibilidad de ser expulsados de un club que muchas veces forma parte de la identidad del individuo.
Además de lo anterior, existe otra noción que ha venido a amordazarnos a la hora de querer verter libremente nuestras ideas sobre una temática y es la que nos indica que hay ideas políticamente correctas y políticamente incorrectas.
El concepto de corrección política se ha deformado para hacernos creer que hay ideas buenas e ideas malas y se ha convertido en la obligación de aceptar aquellas opiniones reproducidas en masa por grupos dominantes de las ideas generadas alrededor de un tema en particular. Y ojo, no me refiero con esto a grupos económicamente poderosos que muchas veces terminan siendo los pintados como incorrectos y retrogradas, lo cual no es necesariamente cierto siempre.
Ilustro con algunos ejemplos a continuación a lo que me refiero con casos recientes de la realidad guatemalteca y debates a nivel mundial sobre algunos temas. En marzo recién pasado, tras la tragedia ocurrida en el Hogar Seguro “Virgen de la Asunción” muchos grupos e individuos se alinearon para gritar a viva voz ¡Crimen de Estado! Y todos los que se atrevieron a hacer otro tipo de cuestionamientos a otros actores y situaciones fueron señalados de bárbaros e insensibles. Lo mismo sucede con temas como el aborto sobre el cual existe un poco más de discusión, pero que a la larga en nuestro tiempo su rechazo es visto como una aberración y por lo tanto quienes nos oponemos seguimos siendo los políticamente incorrectos (así como tildaron a las autoridades que no permitieron el ingreso a nuestro territorio del barco Women on Waves). Lo mismo sucede con temas de género, étnicos, de derechos de la comunidad LGTB, de derechos humanos, de legalización de drogas, de si hubo o no genocidio, largo etc.
Hemos perdido de vista la importancia del debate y de la diversidad de las ideas. En un mundo intolerante, sentarnos a discutir o siquiera aceptar una opinión diferente a la nuestra o bien, a la dominante, pareciera una locura. Las secciones de comentarios de los diarios del país se han vuelto un espacio de violencia y ataque más que un segmento de construcción y conciliación de ideas.
Mientras mantengamos los ojos cerrados a todos los grises que se encuentran entre el blanco y el negro, no superaremos el estancamiento en el que hemos estado quizá desde el inicio de nuestra historia. Promover el pensamiento crítico y dejar de sentirnos atemorizados por ser políticamente correctos es un paso importante para la construcción de un mejor país. No quiero decir con esto que debemos renunciar a nuestros ideales y convicciones, sino que podemos encontrar la validez y riqueza en los argumentos que difieren de los nuestros y llegar así a puntos medios aplicables a nuestra realidad y que serían verdaderamente transformadores.







