Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt
En la segunda mitad del siglo pasado empezó a cobrar fuerza en Guatemala la corriente ideológica contraria al papel del Estado y se planteó la necesidad de ir reduciendo su importancia para privilegiar la iniciativa de los particulares que se presentó como el motor de cualquier esfuerzo por el desarrollo. El impulso de la propuesta fue de tal magnitud e importancia que llegamos a extremos porque a la fecha, el Estado de Guatemala no sirve para cumplir ninguno de sus fines y se encuentra en una situación de incapacidad que apena. La intención de disminuir sus capacidades para trasladarlas al sector privado ha sido piedra angular de la política en los últimos años, de manera que, como pasa con salud y educación, la gente no pudiera depender más de lo que ofrecía la plataforma estatal y se viera obligada a buscar los servicios que prestaban los particulares.
De hecho y a la fuerza se ha terminado privatizando áreas en las que el Estado tuvo una presencia fuerte y un aporte significativo en el pasado. Las generaciones anteriores a las actuales tuvieron la oportunidad de formarse bajo altos estándares de calidad en centros educativos públicos a los que llegaban los mejores profesores a impartir conocimientos. Y si comparamos la calidad y el contenido de aquellos programas con los actuales, veremos que no hay punto de comparación, además del descuido que se produjo en áreas como la enseñanza de la moral y urbanidad.
Ir a una escuela pública en esos años no hacía ninguna diferencia con respecto a quienes se educaban en los colegios privados. Como tampoco había gran diferencia entre la atención que prestaban en los hospitales nacionales respecto a las casas de salud antañonas. Hoy en día, en ambos casos las diferencias son abismales porque se produjo un deterioro planificado de lo público para favorecer a lo privado y nosotros, los ciudadanos, también caímos en ese juego y tenemos que optar por lo privado, sin que importe nuestro nivel de ingresos, sabedores de que lo estatal no sirve y sin percatarnos de que no todo lo privado, por ser privado, tiene niveles aceptables.
Cuando vemos que en la mayoría de países desarrollados lo privado se convierte en excelente es porque tiene que competir con un sector público que no haya caído en el abandono. La educación pública en Europa es de calidad, como lo es la atención médica que ofrece el Estado. En esas condiciones, cualquier empresario que quiere competir tiene que asegurar excelencia. En cambio, cuando primero se destruye lo estatal para favorecer lo privado, el inversionista sabe que aunque no ofrezca calidad en sus servicios, de todos modos la ganancia está asegurada porque la gente no tiene otro remedio que recurrir a sus empresas.
De hecho, el papel del Estado en Guatemala cayó en tal condición de abandono que apenas si sirve para alentar y facilitar la corrupción en la que, una vez más, lo privado saca raja porque puede cobrar caro y dar mala calidad siempre y cuando pague la mordida correspondiente. La jugada, pues, resultó genial y pareciera haber alcanzado una condición ya irreversible.







