Alfonso Mata
No hay día de Dios, en que uno no abra los diarios y que lea con horror que alguien murió o causó la muerte de otro en estado de ebriedad. Los informes de la OPS han establecido que lo que predispone a las enfermedades crónicas no transmisibles es lo mismo en todo el mundo, pero increíblemente, a pesar de su relación, nunca se menciona al alcoholismo. Se menciona: “Dieta no saludable, inactividad física y consumo de tabaco. Se reconoce también la importancia de la genética y el ambiente (factores determinantes). Todos estos factores, provocan el aparecimiento de riesgos intermedios: obesidad, aumento del peso corporal, la presión arterial, el colesterol y la glucosa en sangre” y finalmente señala que en esas enfermedades “el nivel de atención no encaja con su atención”.
Es difícil saber la magnitud del problema de alcoholismo en nuestro medio: a quiénes y a cuántos afecta. Solo en Guatemala, según las autoridades de AA, hay más de mil grupos que atienden a más de 30 mil afectados (La Hora 13-VIII-2016). Las autoridades carecen de datos sobre la incidencia de alcoholismo, a pesar que tanto el MSPAS como el IGSS reportan altas tasas de muerte por cirrosis, sicosis tóxicas, gastritis, pancreatitis, cardiomiopatías. A criterio de las autoridades de salud, el alcoholismo juega un importante papel en el suicidio, accidentes de tránsito y lesiones y muertes por violencia, provocados por ingestas irresponsables de alcohol. No obstante lo grave del problema del alcoholismo, ninguna de las dos instituciones, dedican o han dedicado espacio ni análisis a los factores socio psicológicos, que vuelve a ciertos individuos particularmente susceptibles a volverse alcohólicos y provocar daño a su salud y la de otros y a sus relaciones sociales. Por consiguiente no existe ningún programa formal de control de este hábito.
Ante la magnitud del problema, se vuelve necesario diseñar e implementar una política que tome en consideración la gravedad del peligro que para la salud, el sistema de salud y la sociedad representa el alcoholismo. Organismos e instituciones de salud de otras partes del mundo, desde hace mucho abogan que se debería de prohibir la publicidad de este artículo y que debería de existir más aumento de impuestos sobre los productos alcohólicos y las destilerías; esto si bien no afectaría a los alcohólicos existentes, sí tendría una mayor eficacia entre los no bebedores y los jóvenes, que podrían no iniciarse desde edades tempranas. Muchos están conscientes que no se puede garantizar la eficacia de estas medidas y solo el tiempo lo dirá. Otras medidas hablan de la necesidad de una política social, que cree barreras efectivas entre los agentes de este problema que están en el medio ambiente y las posibles víctimas, lo que implica campañas masivas educativas y sobre comportamientos peligrosos, ni lo uno ni lo otro se hace en el país.
El gran error que ha cometido nuestro sistema de salud, es que como en el tabaquismo y la drogadicción, en el alcoholismo la acción se ha enfocado al tratamiento especialmente de las enfermedades que provocan esos hábitos, descuidándose la prevención y la rehabilitación; acciones que constituyen principio fundamental, ya que disminuye daños, costos económicos y sociales e incluso se ha olvidado la detección y el diagnóstico temprano de casos en riesgo y con daño, a pesar de que se sabe que eso permite revertir y detener más fácilmente en sus primeras etapas las patologías de ello derivadas y evitar el afianzar una dependencia. En cualquier problema crónico, en que va inmerso un problema de hábitos, la recurrencia y las complicaciones son otros aspectos que solo se pueden solucionar favorablemente con la atención a la vigilancia y en esto, la familia juega papel importante y preponderante.
En resumen: necesitamos reorientar el manejo del problema de alcoholismo y considerarlo una epidemia de altos costos sociales y económicos, necesitamos terminar con el enfoque tradicional que se le ha dado, si no queremos caer en costos innecesarios dentro del sistema de salud.
No es fácil definir el abuso del alcohol, porque las variables son muchas, al igual que subjetivas las respuestas del alcohol en las personas. Una «dosis inocua» puede tener efectos fatales –me concluye diciendo un médico. Vana excusa para que la medicina no abra los ojos de par en par ante este flagelo.







