Nos toca sufrir en el país la presencia de personajes altamente cuestionados y descalificados en los puestos de toma de decisión institucional que afectan las políticas y resultados de la administración pública de manera sensible.

Es así como los más altos puestos de elección, desde el Presidente y Vicepresidente, pasando por el Congreso, alcaldías y concejos municipales, para llegar a ministros, directores, jueces y magistrados, la inmensa mayoría termina siendo ejemplo de la mediocridad o eficientes operadores de la corrupción y del secuestro institucional del Estado.

El problema es que, cuando todos sabemos que se tiene que transformar la forma de ejercer el poder, generar fortaleza dentro de los pilares del Estado y ser eficientes en la utilización de todos los recursos y el mismo poder político, esa responsabilidad queda en manos de quienes ya están comprometidos con intereses contrarios a la aspiración de que Guatemala avance para el bienestar de todos.

No tenemos liderazgos suficientes como para generar el movimiento de transformación social que requiere y merece el país. Simplemente, estamos en manos de quienes se han asociado para que la bajeza, el descaro y la desmedida ambición por lo material, sean las características de quienes nos gobiernan a cambio de la pobreza, el abandono, la desigualdad y la violencia con que mantienen de rodillas a la mayoría de la población.

Esa capacidad de agruparse y lograr los pactos oscuros es lo que permite que Jimmy Morales haya «arreglado» con Roberto González y su grupo la partida del pastel en el Congreso; lo que Pérez Molina y Pérez-Maura pactaron para TCQ en Casa Presidencial; lo que AMP logró para condicionar al actual interventor; la UNE con Arzú y Transurbano; los pactos colectivos con los aliados de los presidentes de turno y, no digamos, todos los multimillonarios contratos con los que se hace el círculo viciosos entre políticos y financistas de campaña.

Aquí nunca hay reuniones y los consensos entre aquellos que con cierta buena voluntad pueden aportar ideas para estructurar una política de nación con sentido porque el ritmo de la gestión pública está marcado por los negocios y trinquetes.

Es muy triste ver que Guatemala depende de centros de pensamiento que han sido parte del problema durante décadas y que han aportado a sus «talentos» solamente para ser los aprovechados del momento porque, al fin de cuentas, el juego de la corrupción se ha generalizado de tal manera que es el juego nacional.

Las nuevas generaciones tienen que producir liderazgos honestos y competentes, parecidos a aquellos que nos arrebató la violenta represión del pasado.

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