Martín Banús
marbanlahora@gmail.com

«Cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de burla, todo está perdido». Demócrates.

Sí; y nosotros también estamos más perdidos de lo que creemos.

Entre todo lo que se refiere a la situación política, social y económica de nuestra querida patria, Guatemala, lo que quizás resulta ser más inaceptable, es la forma exponencial en la que crece el número de asesinos y criminales en todo el país. La sobrepoblación en los centros de detención es todo un indicador…

Nos referimos específicamente a los asesinos. Esta clase de gentuza que ha llevado el luto y la desgracia a decenas de miles de familias guatemaltecas, honradas y ajenas al crimen, ya no deberían estar vivos. Se trata sólo de lacras humanas que se atreven a amenazar, incluso a jueces, a policías y a los mismos carceleros; se atreven a entrar armados a los tribunales y a cooptar barrios enteros, sin que haya una respuesta adecuada y verdaderamente ejemplar, por parte de la autoridades, que cada día pierden más y más el respeto de la ciudadanía.

En este sentido pareciera que nada ni nadie puede detener a estos criminales. Se trata de bestias que ya no tienen remedio y corrompen a otros jóvenes, alimentando el crimen de formas cada vez más perversas y ante la pasividad, repetimos, de las autoridades, que más parecen ser los padres de tales alimañas, que administradores de justicia.

Desde nuestra fundada perspectiva, estos criminales desalmados deberían estar muertos y además cremados, para que ya no ocupen lugar en ningún lado, «…y sus cenizas enviadas a los cuatro puntos cardinales de la tierra» como predica el Popol Vuh.

Aunque hemos llegado a un punto en el que el crimen es ya prácticamente una forma de vida, la más odiosa y execrable de todos los crímenes, es la del asesinato… Arrebatar la vida de un guatemalteco(a), peor si se trata de niños y niñas, simplemente por dinero o por un miserable teléfono celular, el 98% de las veces, ha quedado impune, y así, de la misma forma, la extorsión, el asalto, la violación, etc.

Estimados lectores, el asesinato y otros crímenes, se pueden erradicar, claro que sí, si se toman las medidas necesarias y correspondientes, pero se requiere de funcionarios auténticamente comprometidos en trascender esa palidez jurídica y penal, para que sean desterradas para siempre todas esas formas de crimen. Lo que ya no es posible hacer es seguir impasibles ante, -óigase bien-, la criminal irresponsabilidad e inoperancia, de quienes llegan a los puestos desde los que, supuestamente, se deben combatir dichos flagelos… Se trata de una situación que, nosotros, el pueblo de Guatemala, hemos permitido que llegue hasta donde ha llegado, tan sólo porque creemos que a nosotros nunca nos va a pasar o porque exigirlo, implica abandonar nuestra zona de confort… ¡No nos equivoquemos! ¡Puede ser sólo cuestión de más, o menos tiempo!

Como ya todos lo sabemos, tanto el sistema de justicia como el penitenciario, son, además de una verdadera vergüenza para el país, también una parte más del crimen organizado.

Si el crimen ha venido triunfando, es señal inequívoca, como diría Demócrito, de que los malos han servido de ejemplo, y los buenos de burla…

¿Cómo es posible que sigamos tolerando a funcionarios pagados por períodos de cuatro años, y que no sean capaces de hacer los cambios y tomar las medidas necesarias para que las cosas cambien? La forma en la que consideramos que las cosas en estos ámbitos pueden corregirse ¡es sólo haciendo públicas, penas y condenas ejemplares! Por eso es que urge una reforma judicial y penal: la meta debe ser ¡terminar con la mayoría de los crímenes! Y, ¡sí se puede!

No más impunidad criminal, que terminen la apatía judicial, los hacinamientos en las cárceles, las maras, las mafias en las «granjas de rehabilitación», que resultan rasgos inequívocos de países orgullosamente tercermundistas…

La pena de muerte a la que ya nos hemos referido anteriormente, ¡ya es impostergable! ¿Qué esperan?

Para los abolicionistas de la pena capital, -perdonen que sea tan crudo y directo-, hay que recordarles que provocan más muertes oponiéndose a ella, que aplicándola… Es decir, abogamos por la pena de muerte para asesinos debidamente juzgados y en aras de salvar la vida de inocentes en riesgo y desprotegidos(as).

¿Cómo pudo ser que cayéramos en semejante limbo penal, pero además, que permanezcamos en él tanto tiempo, estando además las cosas tan mal en términos de seguridad ciudadana? ¿Cómo puede ser que existiendo en teoría la pena de muerte, no se pueda aplicar? ¿Quiénes habrán sido los listos profesionales del «derecho» que dejaron semejante aberración jurídica y penal? ¿Quiénes? ¿Quiénes fueron?

Para terminar, quienes pudiéndolo hacer, evitaron incorporar la pena de muerte, son en gran medida responsables directos de todos aquellos asesinatos y crímenes que se hubieran podido evitar, por el miedo a ser condenados a muerte, en caso de ser capturados.

¡Incomprensiblemente los abolicionistas de la pena de muerte, «aseguran» que dicha pena no es un disuasivo! ¡Qué idiotez más grande! ¡Claro que lo sí es y siempre lo ha sido! Imaginen lo que sucedería si se eliminara la pena de muerte en los EE. UU…. ¡Sería el caos total!

Si no fuera un disuasivo, tampoco lo sería la maravillosa y oportuna nalgada a los niños, cuando se pasan de insolentes o desobedientes… Utilísimas, formativas, aclaradoras como necesarias, ¡ambas! Pena de muerte y nalgada…

Por ello, no duden en dar una buena y merecida nalgada cuando aún son niños, para evitar igualmente, una buena y merecida pena de muerte a aquellos «hijitos» que cuando crecen, ¡asesinan!

¡Lo preocupante no es que haya idiotas que nieguen lo innegable, sino gente que los oiga, los siga y además repita lo que dijeron!

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