Luis Fernández Molina

En ocasión anterior había compartido pasajes de la saga de Marcos Andrés Antil. Hice referencia al escabroso camino que tuvo que recorrer un niño campesino, mal nutrido, afectado por la guerra interna, en un entorno pobre, poco desarrollado. Resalté el esfuerzo y constancia con que encaminó sus pasos aquel refugiado –mojado– en California que no hablaba inglés –y poco español–. Pero alguien que había fijado sus metas en una cota muy alta y las logró superar hasta convertirse en un empresario de la tecnología digital de punta a nivel mundial con una empresa, Xumak, que tiene presencia en 25 países.

La historia es muy enriquecedora y siempre va a estar allí. Son como las raíces de un robusto roble. Pero quiero ahora vislumbrar a las ramas y flores: al futuro. Del pasado resalto tres momentos que sirvieron de inflexión en la vida de Marcos. En primer lugar las desgarradoras despedidas de los papás y hermanos quienes viajaron separados y en épocas diferentes. Los primeros abrían la brecha y enviaban ayuda para que los siguientes pudieran hacer el viaje en medio de las escaramuzas de nuestra triste guerra. Se propuso entonces hacer algo para mantener a la familia unida. Luego Marcos, manipulando una plancha, ya en California, tuvo una quemadura grave en una mano. Era un adolescente que trabajaba en una fábrica de ropa y rebelde al estudio. Esa dolorosa quemadura fue providencial. Se juró en ese momento que iba a dejar ese trabajo manual y dedicarse al estudio porque se sabía muy competente. El tercer hecho fue que, trabajando en jardinería lo llamó el dueño de casa a su despacho; en el escritorio había un cheque de treinta mil dólares. Marcos abrió la boca. Nunca había visto tanto dinero reunido y a disposición de una persona; abusando un poco le preguntó disculpe y ese cheque de qué es. No lo tomó a mal el dueño, le dijo que era un pago por unos trabajos en consultoría digital. A partir de ese momento Marcos se propuso inscribirse en la Universidad para estudiar ciencias de la computación.

El viernes pasado, 29 de enero, tuve el privilegio de asistir a una ceremonia muy especial. La Universidad Galileo le confería el Doctorado en Tecnología de la Información. Un acto que honra, sin duda alguna, a Marcos y a la propia casa de estudios.

La alta distinción fue conferida por los increíbles logros empresariales y técnicos de Marcos. Cierto es. Pero en el discurso del Rector Suger se supo que se le otorgaba por algo más: por visionario e innovador. Por ser un verdadero agente de cambio en nuestro medio. En palabras de Suger: “por ser un Galileo”, como aquel original hombre de principios de 1600 que tuvo la osadía de desafiar a toda la comunidad científica y, más aún, a la jerarquía religiosa. Pagó alto precio –como todos sabemos– pero nos legó un cambio de rumbo que habría de marcar el nuevo avance de la humanidad. La ceremonia de investidura logró combinar, magistralmente, el rigor académico con el calor humano.

La Fundación Xumak ha distribuido desde cuadernos y lápices hasta computadoras. Ello está bien pero incompleto; son solo bienes materiales. Lo que quiere compartir Marcos con dichas entregas es la mística; que esos lápices, cuadernos y computadoras sirvan a esos niños de comunidades rurales a vislumbrar y forjar un futuro diferente siguiendo el ejemplo de Marcos. No se trata de que cambien “el mundo”, pero sí “su mundo” interior y con ello transformen “el mundo” de su entorno inmediato.

Felicitaciones al doctor Antil y a la Universidad Galileo.

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