Eduardo Villatoro
Tal como ocurrió con las confesiones del privado de libertad (para decirle con cierta dosis de elegancia) Salvador Estuardo González, considerado una de las figuras principales de la cadena de supuestos delincuentes denominada La Línea, la comparecencia en el Juzgado de Mayor Riesgo B de Juan Carlos Monzón Rojas, secretario privado que fuera de la mujer más influyente del defenestrado gobierno del Partido Patriota (q.e.p.d.) y sus revelaciones en torno a su participación en ese grupo presuntamente criminal integrado por notorios personajes de la vida política del país, levantó una ola de las más variadas interpretaciones, sobre todo porque con aparente disimulo mal disfrazado coincidió con otras versiones atinentes a que los cabecillas de esa casi desmantelada banda de delincuentes eran o son el inexpresivo expresidente Pérez Molina y su tierna compañera de fórmula Roxana Baldetti.
Como probablemente le habrá ocurrido a otros guatemaltecos que ni son analistas ni expertos en Derecho Penal o Administrativo, me quedé embobado por el contenido de la breve, pero contundente exposición de quien permaneció prófugo u oculto desde hace un poco más de dos meses, porque se expresó con pasmosa serenidad, cual conferencista que expone documentado tema frente a selecto y cautivo auditorio, incluyendo, por supuesto, al habilidoso y didáctico juez Miguel Ángel Gálvez, devenido en involuntario y paradigmático epónimo de la administración de justicia guatemalteca, y frente a los atónitos fiscales del Ministerio Público y de la CICIG, del no menos estupefacto abogado defensor (casualmente el mismo letrado que con otro colega suyo asesora al señor Pérez) y el invisible asombro cargado de ingredientes de incredulidad de incontables televidentes, entre los cuales diputados y funcionarios expectantes ante la no remota posibilidad de que sean identificados en este entramado proceso y casos conexos a la extendida corrupción.
Ustedes están enterados de lo ocurrido en el citado órgano jurisdiccional, pero a mí me llama especialmente la atención un resumido párrafo que dijo Mozón, en el que dio a entender que no comprendía el aspaviento surgido a raíz de haberse descubierto la cadena de hechos ilícitos en la SAT, si se toma en consideración (parafraseándole al implicado) que la defraudación de Q128.5 millones, es una gota en el proceloso océano de Q15 mil que anualmente deja de percibir el Estado a causa de la evasión fiscal que se atribuye a deshonestos y respetables empresarios, cuyos nombres permanecen el anonimato, sin despertar la mínima curiosidad de los medios informativos, tan celosos de investigar –con explicable razón– el origen y paradero de los recursos escamoteados por la estructura La Línea.
Adicionalmente, el tranquilo exsecretario privado de la señora Baldetti, aludió al contrabando a gran escala que ocurre desde hace décadas, de manera que son miles los exfuncionarios públicos, desde gobernantes hasta vistas de aduanas, que se han enriquecido ilegalmente, y ahí andan felices y campantes.
(La mujer del aduanero Romualdo Tishudo le dice a su suegra: -Vea, señora, no me diga cómo criar con principios y valores a mis hijos; porque yo tengo el suyo a mi lado y ¡vaya si no es una joyita!).







