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En los últimos años, el increíble desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) ha introducido una transformación decisiva en la manera en que los sistemas complejos y con propósitos generan y utilizan la información. Al aumentar de forma exponencial la capacidad de recopilar, procesar y distribuir datos, la IA actúa como un amplificador de la dimensión informacional de los sistemas sociales, biológicos simulados y tecnológicos. En términos de la Teoría General de Sistemas (TGS), esto significa que los sistemas humanos contemporáneos contamos ahora con nuevas herramientas para mejorar nuestra capacidad de aprendizaje, coordinación y toma de decisiones, acercándonos —al menos potencialmente— a una gestión más eficaz de los fines colectivos que describieron hace unos 50 años autores como Russell Ackoff y Fred Emery.

La naturaleza, la sociedad, los seres humanos y las tecnologías parecen cosas extraordinariamente distintas entre sí. Sin embargo, cuando se observan desde la perspectiva de la teoría general de sistemas (TGS), comparten tres elementos fundamentales. Desde una célula hasta un ecosistema, desde una pequeña empresa hasta un Estado-nación tan grande como China, e incluso desde una lejana estrella hasta una ciudad contemporánea, todo sistema abierto y complejo requiere tres componentes esenciales para existir y funcionar: energía, materiales e información. La ausencia de cualquiera de ellos conduce inevitablemente al deterioro y el colapso del sistema.

Aunque no se puede hablar de verdaderas prioridades en el tiempo, sin embargo, se puede decir que el primero de estos componentes es la energía. Todo sistema necesita una fuente de energía para mantener su organización y realizar algún trabajo. En los organismos vivos, la energía proviene de los alimentos o, en el caso de las plantas, de la luz solar. Gracias a ella, las células pueden crecer, reproducirse y reparar daños, es evidente que, sin una fuente de energía, la vida cesa.

Las sociedades humanas también dependen básicamente de la energía. La agricultura, la industria, el transporte, las telecomunicaciones y los servicios públicos requieren flujos constantes de algún tipo de energía, electricidad, combustibles fósiles o bien trabajo humano. El desarrollo económico de la humanidad puede interpretarse, en gran medida, como la historia de su creciente capacidad para capturar y utilizar fuentes cada vez más abundantes de energía.

El segundo componente son los diversos materiales. Ningún sistema puede existir sin una base física. Los seres vivos están formados por moléculas, tejidos y órganos; las ciudades por edificios, carreteras y personas; las llamadas economías por recursos naturales, infraestructura y bienes de capital. Los materiales constituyen la estructura del sistema, aquello sobre lo que actúan los procesos que lo mantienen vivo o funcional.

Sin embargo, la energía y los materiales por sí solos no bastan para explicar la complejidad. Un montón de ladrillos no constituye una casa, ni una colección de células aisladas forma un organismo. Es necesario un tercer elemento que permita coordinar y organizar los recursos disponibles.

Ese tercer elemento es la información. La información comprende las instrucciones, reglas, señales y conocimientos que permiten ordenar la energía y los materiales para producir resultados específicos. En biología, el ADN contiene la información necesaria para construir y mantener un organismo. En los sistemas animales, millones de señales nerviosas o ambientales transmiten información que coordina las actividades corporales.

En las sociedades humanas, la información adopta formas mucho más complejas: leyes y reglas, tradiciones, conocimientos científicos, tecnologías, precios de mercado, sistemas educativos y normas culturales. Un país puede disponer de abundantes recursos naturales y fuentes de energía, pero sin instituciones capaces de generar y transmitir información útil, esos recursos suelen desperdiciarse o utilizarse de manera ineficiente.

La importancia de la información fue destacada por los pioneros de la Teoría General de Sistemas (TGS) como Ludwig v. Bertalanffy, o bien Russell Ackoff y Fred Emery en su influyente obra On Purposeful Systems. Para estos autores, los seres humanos y las organizaciones constituyen sistemas especiales porque poseen propósitos y son capaces de elegir entre alternativas. A diferencia de una máquina o de muchos sistemas físicos, una persona puede modificar sus objetivos a partir de nueva información. Por ello, la información no sólo permite coordinar recursos, sino también definir fines y adaptar el comportamiento del sistema a las cambiantes circunstancias.

Ackoff y Emery sostenían que los sistemas sociales exitosos son aquellos que logran integrar adecuadamente recursos materiales, energía y procesos de información orientados hacia objetivos compartidos. Una organización puede disponer de abundantes recursos financieros y tecnológicos, pero fracasar sí carece de mecanismos adecuados para aprender, comunicar y tomar decisiones.

La interacción entre energía, materiales e información es lo que hace posible la complejidad. La energía transforma materiales; la información dirige el uso de la energía; y los materiales proporcionan el soporte físico para almacenar y transmitir información. En una célula, la información genética orienta el uso de energía química para convertir nutrientes en tejidos. En una economía, las leyes, los contratos y los precios guían el uso de recursos materiales y energéticos para producir bienes y servicios.

La ausencia de cualquiera de estos tres elementos provoca el colapso del sistema. Sin energía, no hay actividad. Sin materiales, no existe una estructura organizada. Sin información, la energía y los materiales se dispersan sin generar órdenes complejas. 

Los grandes desafíos contemporáneos pueden interpretarse desde esta perspectiva. La transición hacia fuentes sostenibles de energía busca asegurar la continuidad de la actividad económica. La conservación de recursos naturales procura garantizar la disponibilidad de materiales esenciales. Y la educación, la ciencia y las instituciones tienen como misión producir y transmitir la información necesaria para coordinar eficazmente a sociedades cada vez más complejas.

En última instancia, ya sea que observemos una célula, una empresa, una nación o un ecosistema, encontraremos la misma realidad fundamental: la complejidad surge cuando energía, materiales e información interactúan de manera organizada. Como señalaron Ackoff y Emery, en los sistemas humanos esta organización está orientada por propósitos, lo que convierte a la información no sólo en un mecanismo de coordinación, sino también en el elemento que permite a las personas y las sociedades imaginar futuros posibles y actuar eficazmente para alcanzarlos.

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