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La absurda y criminal guerra iniciada por los Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero contra la República Islámica de Irán probablemente terminará produciendo aquello que los agresores decían pretender evitar, la posesión iraní de armas nucleares y la consiguiente proliferación de países con armamentos de ese tipo. Hay que recordar que, desde el final de la Guerra Fría, el sistema internacional había logrado mantener, con dificultades, pero con relativo éxito, el número de potencias nucleares limitado. Hoy, ese equilibrio parece estar erosionándose rápidamente.

El mensaje que muchos gobiernos están observando es brutalmente simple, los Estados que no poseen armas nucleares son vulnerables, los que sí las poseen, rara vez son atacados directamente. La experiencia reciente de Irak, Libia y ahora Irán refuerza esa percepción estratégica.

Irán constituye un caso particularmente significativo. Durante décadas, Teherán sostuvo oficialmente que su programa nuclear tenía fines civiles y aceptó distintos grados de supervisión internacional. Incluso su líder supremo prohibió mediante una “fatwa” su desarrollo por contravenir las enseñanzas del Corán. Sin embargo, las sanciones, sabotajes, asesinatos de científicos y finalmente los ataques militares conjuntos de Estados Unidos e Israel han fortalecido dentro del régimen iraní a quienes sostienen que únicamente la posesión de una capacidad nuclear militar puede garantizar la supervivencia nacional. Diversos análisis internacionales advierten que los bombardeos recientes de Estados Unidos e Israel no han eliminado el conocimiento técnico ni todos los materiales enriquecidos iraníes, e incluso podrían acelerar la decisión política de desarrollar y emplazar un arma nuclear. 

La historia estratégica moderna parece confirmar esa lógica. Corea del Norte desarrolló armas nucleares y, pese a décadas de tensión con Washington, jamás ha sufrido una invasión directa. Otro caso es el de Ucrania, país que entregó el arsenal nuclear heredado de la Unión Soviética en los años noventa a cambio de garantías internacionales de seguridad, que posteriormente resultaron insuficientes frente a la invasión rusa de 2022. Para numerosos países medianos, la conclusión es cada vez más evidente, la disuasión nuclear continúa siendo el último y más eficaz seguro de vida de un Estado.

Esta percepción realista amenaza con desencadenar un efecto dominó en la región. Si Irán decidiera finalmente cruzar el umbral nuclear, Arabia Saudita probablemente buscaría desarrollar su propia capacidad atómica, algo que dirigentes saudíes ya han insinuado en distintas ocasiones. Turquía y Egipto podrían seguir el mismo camino. En Asia oriental, Corea del Sur y Japón observan con creciente inquietud tanto a Corea del Norte como a China, mientras que en Europa algunos sectores comienzan a cuestionar si la protección nuclear estadounidense seguirá siendo confiable en el largo plazo.

La consecuencia potencial sería el debilitamiento progresivo del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), uno de los pilares fundamentales del orden internacional desde 1970. Expertos en control de armas advierten que el régimen global de no proliferación enfrenta hoy uno de sus momentos más delicados en décadas. El problema no es solamente que más países obtengan armas nucleares, sino que el número creciente de actores incrementa exponencialmente las posibilidades de errores de cálculo, accidentes, transferencias ilícitas o escaladas incontrolables.

Sin duda, la proliferación también transforma la naturaleza de las guerras regionales. En un mundo con diez o quince potencias nucleares adicionales, incluso conflictos limitados podrían escalar rápidamente hacia escenarios catastróficos. La estabilidad nuclear durante la Guerra Fría dependía parcialmente de la existencia de dos superpotencias relativamente racionales y conscientes de las consecuencias de una guerra total. Un sistema multipolar nuclear sería mucho más impredecible.

Además, la guerra contra Irán ha incrementado otros riesgos estratégicos. Diversos organismos especializados han advertido sobre el peligro de ataques accidentales a instalaciones nucleares civiles, posibles fugas radiológicas y la eventual dispersión de materiales sensibles en contextos de caos interno. Incluso si la probabilidad de terrorismo nuclear continúa siendo baja, la fragmentación estatal o el colapso institucional en países con infraestructura nuclear compleja elevaría considerablemente esos riesgos.

Aún más, es evidente que también existe un problema político y moral más profundo, esto es la percepción de un doble estándar internacional. Las grandes potencias nucleares exigen a otros países renunciar a estas armas mientras modernizan simultáneamente sus propios arsenales. Israel, aunque nunca ha reconocido oficialmente poseer armas nucleares, es ampliamente considerado una potencia atómica de facto. India y Pakistán desarrollaron armas fuera del TNP. Corea del Norte abandonó el tratado y construyó su arsenal. En este contexto, resulta cada vez más difícil convencer a otros Estados de que permanezcan permanentemente desarmados.

El resultado sería un mundo considerablemente más peligroso que el de las últimas décadas. La combinación de rivalidades regionales, nacionalismos crecientes, avances tecnológicos y erosión de las normas internacionales podría conducir a una nueva era de terror nuclear, mucho más inestable que la bipolaridad del siglo XX.

Paradójicamente, la irracional estrategia militar de los Estados Unidos e Israel destinada a impedir la “bomba” iraní y la proliferación en la región podría terminar legitimándola. Cada misil que cae sobre Irán fortalece el argumento de quienes creen que la única garantía real de soberanía y supervivencia nacional es poseer la bomba atómica. Y una vez que esa lógica se expande a otros países, detenerla se vuelve extraordinariamente difícil.

 

Roberto Blum

robertoblum@ufm.edu

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