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Los ciudadanos repetimos que queremos caras nuevas en la política, mejores diputados y un Congreso diferente. Pero llega el día de las elecciones y muchas veces terminamos votando sin saber quiénes integran las listas, quién ocupa la segunda o tercera casilla o quién puede resultar electo gracias a los votos que obtiene un partido. Y allí empieza parte del problema.

EL PROBLEMA: Como ya lo he mencionado antes, los constituyentes buscamos ampliar la participación ciudadana en un país en el que durante muchos años participar en política no solo había sido difícil, sino incluso peligroso. También quisimos facilitar la representación de las minorías. De allí surgió un sistema de distritos electorales y representación proporcional que, mediante el método D’Hondt, permite distribuir los escaños de acuerdo con los votos obtenidos por cada organización política.

A eso se suman otras características de nuestro sistema. Para ser postulado no necesariamente hay que estar afiliado al partido que presenta la candidatura. Tampoco existe una relación directa entre el elector y cada uno de los candidatos que integran una lista. Al final, el ciudadano marca el símbolo de un partido y con ese voto puede contribuir a elegir a personas cuyos nombres y trayectoria desconoce.

Y ese es el punto sobre el que quiero insistir: muchas veces sabemos por qué partido votamos, pero no necesariamente a quiénes estamos eligiendo.

Con los años, además, la política cambió. El contenido ideológico de los partidos fue perdiendo peso, mientras crecieron la imagen, las redes sociales, las campañas personales y las estrategias electorales. Entender cómo funciona el sistema se ha vuelto fundamental para comprender también cómo algunos logran llegar y permanecer en el Congreso.

¿QUÉ PASÓ? Quienes buscan llegar al Congreso, y especialmente quienes pretenden reelegirse, conocen perfectamente esas reglas. Algunos han construido una relación muy fuerte con su distrito; otros se apoyan en alcaldes, liderazgos locales y estructuras partidarias; y también cuenta, por supuesto, la posición que logren ocupar dentro de las listas.

Aquí aparece una confusión que hemos permitido durante demasiado tiempo. Un diputado puede ser muy popular en su departamento porque gestiona, acompaña a los alcaldes o mantiene presencia permanente en las comunidades. El elector puede interpretar todo eso como un buen desempeño, aunque la función esencial de un diputado sea legislar, fiscalizar y representar.

En distintos espacios me han preguntado cómo algunos diputados cuestionados públicamente consiguen reelegirse una y otra vez. La respuesta no siempre está en su popularidad nacional. Muchas veces está en el conocimiento del territorio, en la estructura que han construido y en pertenecer a un partido capaz de obtener los votos necesarios para conseguir uno o varios escaños.

También hay diputados que mantienen una relación permanente con su distrito, han construido una representación política durante años y reciben nuevamente la confianza de sus electores. Si la población los conoce, evalúa su trabajo y decide reelegirlos, esa también es democracia.

El problema no es que alguien se reelija. El problema es que el ciudadano no sepa a quién está ayudando a reelegir.

NO SE VALE que sigamos diciendo que queremos un Congreso diferente mientras llegamos a las elecciones sin conocer quiénes integran las listas por las que votaremos.

Durante las campañas hablamos muchísimo de los candidatos presidenciales. Los entrevistamos, conocemos sus propuestas, sus errores y hasta sus ocurrencias. Pero ¿cuánto sabemos de quienes aspiran a ocupar los 160 escaños del Congreso? ¿Quiénes encabezan las listas? ¿Quiénes buscan reelegirse? ¿Qué hicieron durante los últimos cuatro años? ¿Cómo votaron? ¿Cuántas veces cambiaron de partido? ¿Cuál fue realmente su trabajo legislativo?

Allí tenemos una responsabilidad quienes, de una u otra manera, informamos, entrevistamos, analizamos o generamos opinión.

En el capítulo de ROBERTO ALEJOS PODCAST de esta semana hablo precisamente de este tema y de una preocupación que he venido planteando desde hace algún tiempo: el debate político con contenido está siendo desplazado por ataques personales y descalificaciones. Mientras discutimos el último pleito entre políticos, podemos estar dejando de explicar aquello que realmente le servirá al ciudadano cuando llegue el momento de decidir su voto.

YA ES HORA de hablar en serio del voto consciente. Siempre cuento una historia que lo demuestra. Una persona preparada y perfectamente informada sobre otros temas no sabía que, al votar por su candidato a alcalde, también estaba votando por una planilla para integrar el concejo municipal y que, aunque su candidato perdiera la alcaldía, integrantes de esa planilla podían obtener representación.

Ese sencillo ejemplo demuestra cuánto nos falta por conocer sobre la forma en que elegimos a nuestras autoridades.

QUE NOS DUELA pedir un Congreso diferente y descubrir, después de las elecciones, que contribuimos a elegir a quienes decíamos que no queríamos. Que ese dolor nos mueva a informarnos, involucrarnos y asumir nuestra responsabilidad en la construcción del país que queremos. Caminemos, participemos… o no avanzamos.

José Roberto Alejos Cámbara

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