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La inteligencia artificial dejó de ser una curiosidad tecnológica. Hoy constituye un asunto económico, político, ético y estratégico. Las advertencias formuladas por los propios líderes de esta industria no deben provocar pánico, pero tampoco pueden ser ignoradas.

La humanidad ya ha enfrentado transformaciones semejantes. Cuando Johannes Gutenberg perfeccionó la imprenta de tipos móviles en el siglo XV, no inventó el conocimiento, pero cambió para siempre la manera de producirlo, conservarlo y difundirlo. Los libros dejaron de ser privilegio de unos pocos; las ideas viajaron con mayor rapidez y la autoridad comenzó a ser cuestionada.

La imprenta impulsó la educación, la ciencia y la libertad de pensamiento. También permitió difundir propaganda, fanatismos y mentiras. La tecnología no era moral ni inmoral: todo dependía de quién la utilizara, con qué propósito y bajo qué reglas.

La inteligencia artificial representa una transformación todavía más profunda. La imprenta reproducía las ideas creadas por los seres humanos; la inteligencia artificial puede organizarlas, interpretarlas, combinarlas y presentarlas como si fueran nuevas. Incluso puede persuadir, recomendar y participar en decisiones que afectan nuestra vida. Por eso la pregunta sigue siendo válida: ¿quién controla a quién?

El debate parece dividirse entre quienes quieren frenar su desarrollo por temor a consecuencias catastróficas y quienes rechazan cualquier regulación porque podría favorecer a China. Sin embargo, no debemos escoger entre innovación y seguridad. Podemos avanzar sin entregarles a las máquinas, las empresas o los gobiernos un poder que después resulte imposible controlar.

Como intelectual y defensor de la libertad, el comercio y la iniciativa privada, considero que la innovación no debe quedar atrapada en una burocracia incapaz de comprenderla. Pero el capitalismo también necesita reglas, transparencia y responsabilidad. Regular no significa detener el progreso, sino orientarlo y establecer límites razonables.

En odontología y medicina he defendido durante años una regla sencilla: ningún tratamiento debe iniciarse sin un diagnóstico integral, actualizado y documentado. Esto es necesario incluso antes de realizar lo que comúnmente llamamos una limpieza dental, porque primero debemos conocer las condiciones de cada paciente y definir la estrategia adecuada para realizarla de manera segura y efectiva. Con la inteligencia artificial debería ocurrir lo mismo.

Antes de utilizar un sistema capaz de decidir, persuadir o actuar por cuenta propia, debemos conocer qué puede hacer, cuáles son sus límites, quién lo supervisa y quién responderá cuando se equivoque. Primero se diagnostica, después se define una estrategia, se interviene y, finalmente, se vigilan los resultados.

La prevención no es enemiga de la innovación. Esperar una catástrofe para establecer controles sería como esperar a que una persona pierda todos sus dientes para comenzar a hablarle de salud oral. La mejor odontología es la que previene; la mejor política tecnológica será aquella que se adelante a los problemas.

En nuestro caso, estamos dispuestos a comprar un automóvil eléctrico, sea chino, estadounidense o alemán.

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