Autora: Mercedes López

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Editorial: youngfortransparency@gmail.com


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En Guatemala, hay personas que no tienen agua en sus casas. Pero lo más grave es que tampoco tienen control sobre su tiempo. Y eso no es pobreza: es diseño.

En estos días, miles de capitalinos van —o quisieran ir— a la Feria de Jocotenango. Para algunos, es una tradición: comer, caminar, descansar. Para otros, es un lujo que no existe. No porque no quieran, sino porque no pueden. El descanso de algunas personas  depende del trabajo de otras.

Porque mientras unos tienen tiempo libre, otros lo están gastando resolviendo lo básico.

Según datos expuestos en la Comisión de Ambiente del Congreso, diariamente ingresan alrededor de 300 camiones al vertedero de AMSA, transportando más de 2,700 toneladas de residuos. A nivel nacional, existen más de 2,370 basureros clandestinos. Mientras tanto, en comunidades con acceso irregular al agua, esta puede llegar apenas dos veces al mes durante un par de horas.

El costo no es solo ambiental. Es humano y es medible.

De acuerdo con ONU Mujeres, acarrear agua puede consumir hasta 45 minutos diarios y cerca de 900 calorías. En paralelo, las mujeres en Guatemala destinan más de 46 horas semanales al trabajo no remunerado, lo que limita directamente su participación económica.

Esto no ocurre por falta de conocimiento. Ocurre por estructura.

El tiempo, como explica Eviatar Zerubavel, es una construcción social. Pero en Guatemala esa construcción está atravesada por la desigualdad. Mientras algunos organizan su fin de semana, otros lo pierden esperando servicios que no llegan.

Y ahí está el punto incómodo.

Ir a la feria, descansar un domingo o simplemente no hacer nada no debería ser un privilegio. Pero lo es.

Porque cuando el agua no llega, alguien pierde tiempo.Cuando los residuos no se gestionan, alguien asume el costo.

Cuando el Estado no decide, alguien paga.

Siempre son los mismos.

Comunidades rurales. Mujeres. Pueblos indígenas. Jóvenes. 

No es una falla del sistema. Es el resultado de cómo el sistema está operando.

En Guatemala, el verdadero privilegio ya no es solo el ingreso.

Es poder decidir sobre el propio tiempo.

Decidir ir a la feria.
Decidir descansar.
Decidir vivir.

Y mientras ese derecho siga distribuido de forma desigual, no estamos frente a una crisis ambiental.

Estamos frente a una forma silenciosa de desigualdad que organiza quién puede disfrutar el país… y quién solo puede sostenerlo.

Pero eso también es una decisión política.

 

Jóvenes por la Transparencia

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