ChatGPT fue lanzado en noviembre de 2022, dando inicio a la era de la inteligencia artificial generativa (IA). Una tecnología que, en esencia, funciona de forma análoga al “autocomplete” de los celulares (prediciendo la siguiente palabra) cambió el mundo en menos de cuatro años. La adopción masiva de la IA ha sacado a luz nuevos retos y problemáticas asociadas con su uso (p.ej., el impacto ambiental, los despidos masivos y el aumento de la desinformación). También han surgido discusiones sobre la pérdida de material cultural (debido a reportajes de que empresas de IA están destruyendo libros únicos para entrenar sus modelos), el impacto en la educación, y la “descapacitación” que ocurre como consecuencia de delegar la mayoría de tu trabajo a una máquina.
Sin negar la urgencia de tener estas discusiones, hay otro tema de igual importancia al que, a mi parecer, no se le ha prestado suficiente atención: cómo la IA nos hace perder “lo humano”.
Dos elementos fundamentales de “lo humano” son el reconocimiento de la existencia propia y la individualidad: la capacidad de entenderse a uno mismo como distinto a los demás. Somos humanos porque percibimos los millones de estímulos del mundo (el tiempo, el espacio, las sensaciones, los sonidos, las experiencias), razonamos sobre ellos y reaccionamos con sentimientos y pensamientos únicos, inherentes a nuestro ser. Somos forjados por nuestras experiencias e historias, las cuales son inigualables a las de cualquier otro, porque nadie ha vivido lo mismo y, aunque lo hubiera hecho, nadie habría razonado, sentido y reaccionado igual.
Una de las formas fundamentales, quizá la principal, en que se manifiesta nuestra individualidad es mediante la comunicación. Sólo con texto, sin tener un nombre, podemos identificar a una persona por su forma de escribir—no sólo en autores y autoras famosas, sino también en la gente que queremos o con quien nos comunicamos todos los días.
El valor de una carta, de un libro, de un mensaje, no reside sólo en su contenido, sino también en el esfuerzo puesto en ella: el saber que una persona usó lo más valioso que tiene, su tiempo, para transmitirnos una idea. Valoramos la fricción. Valoramos que una persona haya decidido voluntariamente pasar por algo tan incómodo como lo es escribir para comunicarnos algo. Valoramos el esfuerzo, especialmente ahora al saber que tuvo la alternativa, mucho más sencilla, de pedirle a la IA que generara un mensaje y decidió no hacerlo.
Al escribir, no sólo nos damos a conocer por nuestras ideas, sino también por la forma en que las transmitimos. Nuestra forma de escribir, las palabras y ejemplos que usamos, la información que brindamos y omitimos, hasta la estructura de nuestros párrafos, son una extensión de nuestra experiencia vivida. En nuestras palabras está el lenguaje de nuestros padres, las palabras de nuestros profesores, las ideas de nuestros mentores, los recuerdos de nuestros amigos.
Incluso decisiones triviales, como agregar un emoji o un signo de exclamación a un “hola” para que no se lea tan “tosco”; el escoger las palabras que nos parezcan más “formales”, el ignorar o atender a los errores ortográficos, son pequeñas decisiones que nos caracterizan, influenciadas por nuestras ideas de qué significa respeto, de qué significa ser “formal”, de qué significa ser amistoso, y de quién debe ser tratado así.
Al delegarle a la IA este proceso, perdemos mucho. Al darle “el fondo” y pedirle que nos devuelva “la forma”, dejamos de construir nuestra identidad, nuestra voz; dejamos de conocernos a nosotros mismos y privamos a otros de conocernos más allá de lo que creemos que queremos decir. Le faltamos el respeto al lector, al esperar que se esfuerce en leer algo que nosotros no nos esforzamos en crear. Le restamos importancia a nuestro propio mensaje: ¿por qué alguien habría de valorar algo que el autor no valoró lo suficiente como para tomarse el tiempo en crear?
La IA nos ofrece la oportunidad de eliminar la fricción al escribir y de “pulir” nuestros textos y “filtrar” nuestros errores. Pero con la fricción demostramos interés, y con los errores demostramos humanidad. Al dejar que la IA escriba por nosotros, perdemos ambas cosas; el mundo se vuelve un poquito menos humano.







