Autor: Jorge Beteta
Instagram: @jor_bet01
Editorial: youngfortransparency@gmail.com


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Esta columna no pretende ser más que, como su nombre lo indica, una columna de opinión. No pretendo arrogarme las calidades suficientes para realizar un estudio sociológico, menos aún presentar mi opinión como hecho y panacea a lo que mi bella Guatemala está atravesando. Sin embargo, creo firmemente que son precisamente estos espacios los que permiten que cada uno pueda contribuir con su granito de arena, esperando que estas palabras logren resonar en el corazón de alguno que otro chapín, y que cual bola de nieve, quizás algún día, podamos visualizar el cambio que tanto esperamos en nuestro amado país. 

En ese orden de ideas, le propongo, estimado lector, que me acompañe en una serie de preguntas y escenarios para poder responder la pregunta clave: ¿Aún puede salvarse Guatemala? Primero lo primero, ¿Por qué una pregunta tan derrotista para iniciar esto? Precisamente por el hastío que tantos guatemaltecos (incluido su humilde servidor) proferimos diariamente; “¡Qué tráfico hay siempre! ¡Ese de Emetra solo sirve para dos cosas! ¡Casi no le doy a ese cráter en la calle!”. Como chapines creo que tenemos una gran virtud que se quedó en potencial, simple y sencillamente porque únicamente nos quedamos en el primer caso: El chapín resulta ser muy observador (si no shute) y siempre logra detallar las cosas que están mal: La calle está hecha pedazos; no tenemos infraestructura suficiente para mover a todos los habitantes, no del país, de esta ciudad; tenemos la misma cultura vial que la de un niño jugando en su consola algún videojuego de carreras y demás observaciones.

Ahora bien, después de ser observadores, ¿Qué cambio impulsamos? Ojo, el verbo que acompaña la pregunta es impulsar, no proponer. ¿Cambiamos acaso nuestra forma de manejar? ¿Damos vía cuando el tráfico está impasable, a alguien que se está incorporando a nuestro carril? ¿Respetamos las intersecciones para no tapar? La verdad, lastimosamente, en muchos casos es que no. Y antes de rasgarse las vestiduras leyendo esto, piensen primero: ¿Qué problema critico, pero no impulso una solución? Y al identificarlo, empiece a trabajar en lograr un cambio, aunque sea desde su individualidad. 

Habiendo identificado entonces qué critico y que solución debo impulsar, pensemos: ¿Por qué no lo hago? Seguramente no es la primera vez que piensa en ello. ¿Es el cansancio? ¿Pensar que no es mi problema? O tal vez es la sensación de impotencia al decir “Solo yo no puedo cambiar mi país”. Creo que, si no todos ustedes estimados lectores, sinceramente, casi todos concurren en una respuesta: la impotencia de pensar que solo nosotros no podemos cambiar a Guatemala. En ese agujero, en el que todos hemos caído alguna vez, déjeme decirle: Ningún cambio se ha alcanzado, si no es por la voluntad de un individuo, contagiada a su sociedad. 

¡Qué fácil es decir: “por estos diputados Guate no avanza”! O tal vez, incluso, señalar a presidentes y expresidentes; cortes y juzgados. Es cierto, tiene razón al señalarlos, porque ninguno de los que pensamos están libres de culpa, pero no es sino por culpa nuestra, ciudadanos del día a día, que por impotencia decidimos seguir en una Guatemala que no cambia. 

Para concluir, creo que Guatemala aún se puede salvar, pero solo será cuando entendamos que no es echando culpas a nuestros gobernantes (aunque tengamos razón al hacerlo), sino que el cambio solo lo alcanzaremos cuando asumamos nuestra responsabilidad individual y pongamos a Guatemala antes que nosotros.   

Jóvenes por la Transparencia

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