La educación técnica ha sido, y será, fundamental en las sociedades humanas —las antiguas, las presentes y seguramente las futuras—. No puede funcionar una sociedad sin personas que reparen nuestros artefactos cotidianos. Sin embargo, los técnicos de ahora no son los mismos técnicos de hace cien años en el sentido de su educación, sus credenciales y su práctica cotidiana. Hace cien años, con la emergencia de los vehículos motorizados —carros, camiones, motos—, también emergían los mecánicos automotrices. Pero los mecánicos de hace cien años no se parecen a los mecánicos de hoy. En todo caso: ¿Qué sería de nuestra vida social sin mecánicos automotrices?
La vida cotidiana está llena de ejemplos del papel de los técnicos en todos los niveles. Cuando usted entra a la clínica de una odontóloga y observa la gran cantidad de aparatos, máquinas y herramientas, no tiene más que preguntarse quién los cuida, quién les da mantenimiento, quién hace que funcionen. La respuesta es: son los técnicos. Muchos de ellos no fueron siquiera a la universidad, pero ellos hacen que la odontóloga pueda atender a sus pacientes con máquinas que funcionen.
Ah no, se volvió a tapar el baño o ya no pasa agua en el lavatrastos. ¿A quién acudimos? Acudimos también a otro técnico, a alguien que sepa de tuberías, que pueda destaparlas, desarmarlas, componerlas, limpiarlas. Los fontaneros son los técnicos que se dedican a las tuberías tanto en las casas como en las municipalidades. Sin ellos probablemente usted no recibiría agua en la comodidad de su hogar.
Pero la educación técnica no es una prioridad en Guatemala. Aunque cada cierto tiempo aparece uno que otro gobierno y da el discurso políticamente adecuado de la importancia de la educación técnica, la realidad no es esa. No les importa la educación técnica. De hecho, actualmente los pocos institutos de educación técnica se caen en pedazos porque no hay mantenimiento para los institutos técnicos públicos, no hay formación para el profesor de educación técnica, no hay un currículo específico para educación técnica porque quienes gobiernan no solamente no saben nada de educación técnica pero tampoco están interesados en saber. Esa triste historia se repite una y otra vez en América Latina.
En mis columnas en La Hora he documentado persistentemente este abandono: “La educación técnica en Guatemala ha sido abandonada. Este abandono es real, se observa en las deterioradas instalaciones de los institutos técnicos que una vez florecieron”, y no solo físico, sino conceptual, filosófico y político. Institutos icónicos como el Fischmann en Ciudad Capital, Kerschensteiner de Mazatenango o el Técnico Industrial de Quetzaltenango enfrentan deterioro en infraestructura, equipo obsoleto y falta de dirección clara.
Cuando vienen estas pequeñas crisis existenciales, pasajeras, sobre la educación técnica, el argumento es que la misma favorece a la formación de capital humano, toda vez que la región experimenta nuevos desafíos de productividad. Quien más repite eso son las agencias internacionales como el Banco Mundial o el BID y UNESCO con su Agenda Educación 2030. Ese supuesto interés se basa en una débil base de información, a pesar de que los sistemas educativos de América Latina y principalmente Guatemala no tiene idea de qué es formar en educación técnica.
Uno de los problemas es la falta de importancia dentro de las políticas educativas. La escuela prioriza el conocimiento académico, dejando la educación técnica en segundo plano, reflejando el estigma social: un técnico que arregla tuberías tiene menor estatus que un cirujano general, el que a su vez tiene menor estatus que un neuro cirujano.
Pero la educación técnica no es solamente para formar obreros o trabajadores, también es para formar ciudadanos que deben entender en términos generales, esto es, a nivel de alfabetización, cómo funcionan los artefactos, las tecnologías y su relación con la ciencia. Sin este conocimiento no podrán participar efectivamente en la sociedad. Esta es la función más importante de la educación técnica desde la primaria hasta la universidad. Junto a eso también hay que formar técnicos, trabajadores y personas capaces. Ojalá que las autoridades actuales del Ministerio de Educación despierten de largo sueño del abandono en que heredaron y mantienen a la educación técnica guatemalteca, la que ha sido dejada a su triste suerte.







