Oscar Clemente Marroquín

ocmarroq@lahora.gt

28 de diciembre de 1949. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, Periodista y columnista de opinión con más de cincuenta años de ejercicio habiéndome iniciado en La Hora Dominical. Enemigo por herencia de toda forma de dictadura y ahora comprometido para luchar contra la dictadura de la corrupción que empobrece y lastima a los guatemaltecos más necesitados, con el deseo de heredar un país distinto a mis 15 nietos.

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Ayer había sido un día esplendoroso para Alejandro Giammattei porque su Corte de Constitucionalidad, esa que articuló con tanto empeño y cuidado para que fuera el instrumento ideal para asegurar impunidad, hizo su papel estirando una interpretación de la Constitución Política que obligaba a los diputados a aprobar el Estado de Calamidad dispuesto por el gobierno para dos cosas en concreto: un Toque de Queda de diez de la noche a cuatro de la mañana, que no le hacía ni roncha al virus, y la facilidad para realizar compras de emergencia sin llenar los requisitos establecidos en la ley. Ninguna otra medida para atajar la calamidad del crecimiento de los contagios, pero garantizada la facilidad para esas peculiares compras y, de paso, una limitación bajo amenaza a la libre emisión del pensamiento.

Pero todo empezó a desmoronarse cuando en el Congreso las cosas iban tan mal que Allan Rodríguez olvidó apagar el micrófono cuando dijo: “Tengo que levantar esa mierda”, refiriéndose a la sesión de la que había perdido el control. Finalmente el Estado de Calamidad fue rechazado por el Congreso de la República, aunque usted no lo crea, produciéndose así la primera fractura en la poderosa Alianza Oficialista que Giammattei logró armar con el diligente y eficiente concurso de Gustavo Alejos, quien dispuso contarlo todo a la odiada FECI y por ello ahora lo quieren enviar de nuevo rápidamente a una cárcel donde quede a merced de los denunciados.

Y eso hubiera sido suficiente para que Giammattei se sintiera en verdadero Estado de Calamidad, pero al abrir los ojos hoy le deben haber presentado un resumen de lo que fue publicado en el muy prestigioso y poderoso diario de Estados Unidos, el New York Times, sobre el testimonio que había recibido la Fiscalía Especial Contra la Impunidad de una persona que participó en la entrega de una alfombra decorada como regalo, con moña y todo, en la que se envolvieron los paquetes de billetes que generosamente fueron proporcionados por los rusos que quieren repetir el experimento que los españoles habían hecho con TCQ y que finalmente quedó a favor, intacto pese a su espurio origen, de los holandeses.

El diario neoyorkino tuvo acceso a la demoledora declaración de un testigo cuya identidad se mantiene en reserva por comprensibles razones de seguridad, pero que fue debidamente identificado previo a escuchar su testimonio. Y en lo que él declaró se detalla no sólo la forma en que fue entregado el montón de dinero de los rusos, sino que además detalles precisos de cómo fue que esos “inversionistas” se movieron y disfrutaron de las atenciones que les brindaron en Guatemala, incluyendo un extraordinario aparato de seguridad.

Y entiende uno por qué la prisa para ver cómo metían preso a Sandoval a fin de ver si en la cárcel se producía algún “ajuste de cuentas” con alguno de los muchos reclusos que están allí por el trabajo de la FECI. El caso es que Juan Francisco Sandoval logró salir del país y ha sido recibido por altos funcionarios de Estados Unidos que, sin duda, saben ya más que el mismo New York Times de lo que habían descubierto.

En resumen, ahora si hay alguien en verdadero estado de calamidad.

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