Mario Alberto Carrera

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Premio Nacional de Literatura 1999. Quetzal de Oro. Subdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Profesor jubilado de la Facultad de Humanidades USAC y ex director de su Departamento de Letras. Ex director de la Casa de la Cultura de la USAC. Condecorado con la Orden de Isabel La Católica. Ex columnista de La Nación, El Gráfico, Siglo XXI y Crónica de la que fue miembro de su consejo editorial, primera época. Ex director del suplemento cultural de La Hora y de La Nación. Ex embajador de Guatemala en Italia, Grecia y Colombia. Ha publicado más de 25 libros en México, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

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Mario Alberto Carrera

El crítico literario de hoy y el maestro universitario de Letras o Filología cometen un gran error si descuidan conocer el psicoanálisis, pero casi realizan una infamia si por esta misma ignorancia (o quizá temor o resistencia a conocerse a sí mismos) devalúan, rebajan, desestiman ¡e incluso hasta ridiculizan!, la importancia del psicoanálisis tanto para el procedimiento y proceso de la escritura, como para la cala y penetración de la obra literaria.

Muy pocos son los grandes novelistas de los siglos XX y XXI ¡y los poetas también!, que no hayan reconocido –al menos en Europa y las Américas- los beneficios que el psicoanálisis ha producido en sus creaciones. Los pintores de aquel continente (y varios de éste) han recibido su sello o marca, comenzando por Dalí. Quienes más abiertamente confesaron desde 1924 (dos años después de la publicación de “Ulises” de Joyce) el influjo recibido de Freud, Adler y Jung, fueron los poetas surrealistas a cuya cabeza se situó pontificalmente André Breton. Leemos lo siguiente en el primer manifiesto del surrealismo de 1924, que redactó Breton:

“En aquel entonces estaba muy interesado en Freud y conocía sus métodos de examen que había tenido ocasión de practicar yo mismo, con enfermos durante la guerra, por lo que decidí obtener de mí lo que se procura obtener de los pacientes neuróticos: es decir, un monólogo lo más rápido posible sobre el que el espíritu crítico no formule juicio alguno, que quede libre de toda reticencia y que sea en lo posible equivalente a pensar en voz alta”

¿No es algo similar a lo que yo he bautizado (a falta de mejor nomenclatura) “monólogo directo del inconsciente y que debe fluir del id o ello del personaje narrativo? Cuando Joyce lo practica en “Ulises” la clave que da para que entendamos que no es un simple monólogo interior de la conciencia, es que, en tal caso, elimina la puntuación, como ocurre al final de la novela a cargo de Molly Bloom.

Pero si no estamos convencidos, añadiré lo siguiente tomado del prólogo de la mejor traducción de “Ulises al español –publicada por Santiago Rueda, editor, de Buenos Aires- en donde nos dice quien escribe la introducción:

“Es fácil aproximar el nombre de Freud al de Joyce y hablar de psicoanálisis a propósito de ‘Ulises’. Lo que Freud practica en el plano médico, lo practica Joyce en el plano estético. Se sirve de los datos del psicoanálisis como se serviría de cualquier otra ciencia y por el empleo que hace de estos datos en su arte, les da una nueva dimensión.”

La obra de Joyce siguiente al “Ulises”, y última en la narrativa del genio irlandés que cambió los derroteros de la narrativa del siglo XX (del “Quijote” al “Ulises”) mediante -sobre todo el “monólogo interior directo del inconsciente”- es “Finegans Wake” -cuyo título es casi intraducible- que deja un testimonio más claro y fidedigno aún de la admiración e influencia de Freud en Joyce. “Finegans Wake” (¿el velatorio de Wake? ¿Las huellas dejadas por Finegans o su despertar?) es un torrente de palabras (a veces en caos, en bloque o sin puntuación) integrado por un monólogo directo del inconsciente, casi de principio a fin, dividido en cuatro partes, que no capítulos.

Es decir, toda la novela es un solo, largo, distorsionado incoherente y casi impenetrable relato de 286 páginas (en la edición que yo tengo, Editorial Lumen, Barcelona) que asume -por largos trechos- la forma y la estructura de un sueño en el que interpone o interpola (deformados e incompletos) largos fragmentos de “La interpretación de los sueños” y de “Psicología de la vida cotidiana”, dos de los más importantes libros de Sigmund Freud.

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