0:00
0:00

En las últimas décadas del siglo XX el boxeo captaba una atención que con los años ha ido perdiendo. Muchos estábamos pendientes de ver las peleas “del siglo”. De esas hubo varias. Cabe recordar a George Foreman, Mike Tyson, Mayweather, Alí, Ken Norten, Joe Frasier, Hollyfield, entre muchos; todos ellos contenían para obtener el título de campeón mundial del pugilismo, pero aquí había una trampa que no nos explicaron bien. Es que había también varios “campeones mundiales” de manera simultánea. Es que había varias organizaciones “mundiales”, entre ellas la Asociación Mundial de Boxeo (WBA); del Consejo Mundial de Boxeo (WBC); la Federación Internacional de Boxeo (IBF); entre otras organizaciones (IBO, WBU, WBF, IBA, UBO, WAA y más). Por eso se habla mucho de que un retador quería “unificar” los cinturones de diferentes corporaciones. 

En pocas palabras la unidad a nivel global del boxeo se fraccionó. Algo parecido a lo que se anuncia en el fútbol. Los “dirigentes” se han encargado de aumentar las fisuras. Es que son millones de millones de dólares los que se manejan, aparte del estatus y el poder que detentan los directivos. Por algo Joao Havelange estuvo 24 años como presidente de FIFA (de 1974 a 1998). Fue el segundo presidente con más tiempo después de los 33 años de Jules Rimet. Ambos eran abogados. Pero la larga estadía de Rimet se explica y justifica por cuanto le tocó poner los cimientos de una organización que empezaba desde cero; le tocó manejar lodo, “picar piedra” cuando no había mucho dinero 1921 a 1954. Pero llegó Havelange y la FIFA extendió sus músculos, consciente de su descomunal potencial; todos los países del mundo se registraron. Empezó a llegar el dinero. Havelange se mantuvo como presidente de la FIFA y cabe agregar que también fue miembro del COI por 48 años. El mecanismo para sus continuas reelecciones se imponía por su simpleza: ofrecía proyectos, campeonatos, asistencia técnica, torneos, viajes y viáticos a dirigentes, etc. pero a cambio, claro está, de su voto. Y así se mantuvo hasta que llegó Blatter con las mismas ofertas. El dinero corría hacia las confederaciones y a las federaciones nacionales. Blatter catapultó los torneos con la alianza de grandes marcas comerciales, Coca Cola, Adidas, vehículos, líneas aéreas, etc. para beneficio de ambas partes y para generar ingentes cantidades de dinero. Blatter se tuvo que ir por varios señalamientos y Platini, que estaba en la UEFA, en lista de espera ya no pudo llegar. Ahora está Infantino con iguales deseos de extender su mandato. 

La FIFA se convirtió pues, en un gran botín. Sus directivos se colaban entre la realeza y los millonarios. Eran cortejados por los presidentes y encandilaban a todos con la promesa de un mundial.  

Con tanto dinero  se aceitó el mecanismo de complacencias y pactos entre los jerarcas y los dirigentes regionales y nacionales en un esquema que se replica en cascada: de la organización madre a las confederaciones, de éstas a las federaciones nacionales, y, de nuevo, se replica a lo interno en la mayoría de los países. Por eso tampoco hay renovación a lo interno: los mismos dirigentes, iguales prebendas, mayores granjerías. Y mientras tanto nuestro fútbol muy activo, de fracaso en fracaso. Jugando las eliminatorias en estadios de arrabal, en “un gallinero” según la queja de los jugadores rivales de Panamá.

La FIFA ha sabido capitalizar los sentimientos de la afición mundial. Se los ha apropiado; ha sabido monopolizar, más bien ha “capturado” los impulsos naturales del ser humano hacia la unidad, hacia el deporte como ejercicio, el deporte como entretención y todo ello lo ha empaquetado como un negocio. En primer lugar está esa vocación humana hacia la armonía universal, hacia la Ecumene de Alejandro Magno; todos nos identificamos como seres humanos, más allá de las diferencias de cultura, idioma, etnia, religión, etc. En el subconsciente humano está esa identidad común de individuos abandonados en una roca esférica que gira en el espacio infinito y procuramos unirnos. La FIFA también ha encauzado la inclinación natural hacia la competencia. Desde los juegos olímpicos de la Grecia Antigua. Desde el juego de pelota maya. También controló nuestro afán de esparcimiento, de diversión, de “domingos de fútbol”. 

Este último Mundial dejó muchos sensaciones encontradas. Unas agradables, otras desconcertantes. Sería injusto negar todo el esfuerzo y coordinación que exige un evento de este tipo. Cierto. Pero dejó mal sabor la prioridad que se le dio al elemento monetario. El costo de las entradas era absurdo; claro, aprovechaban el interés de muchos de “asistir a un juego” del Mundial. El afán de otros de ver a Messi, Haland, Rafinha, Rodri,  Kane, etc.  Pero se  aprovecharon sabiendo que gente interesada siempre iba a haber, dispuesta a pagar “lo que sea”. Pero lo más grave fue la propuesta de convertir a la FIFA en una especie de sociedad anónima. La brújula de los directivos estaba descalibrada, parecía que leían los hechos con anteojos equivocados. 

Pero la organización mundial se vio afectada por muchos señalamientos. Se quedó corta para corregir los desbordes de expresiones negativas. A pesar de los rígidos controles televisivos vimos los reclamos argentinos por las Malvinas, en otras escenas banderas de Palestina o del Irán de los shás. Al entrenador de Egipto haciendo ofensivo gesto de racismo. También contemplamos las faltas arteras de muchos jugadores en contra de competidores. Luego las expresiones religiosas; los jugadores católicos, desde hace décadas acostumbran persignarse al entrar al campo o anotar un gol (véase a Messi). Nunca lo hicieron como gesto provocativo. Pero otros sectores utilizan esas expresiones con doble intención, casi como un reto. En pocas palabras, los grupos de interés están aprovechando la gran vitrina mundial para apuntar puntos a su causa en clara afectación de la neutralidad del deporte. 

El fútbol es un deporte. Una ejercicio para los jóvenes, hombres y mujeres. Una entretención para los que ya no lo jugamos. Una conexión entre países que lleva inmersa la propia competencia. El fútbol es acaso uno de los valores colectivos para preciados por todo el mundo. No es un negocio. Bien que se haga negocio con las bebidas, los uniformes, los calzados, la publicidad en general, pero en su esencia, no puede haber “accionistas” de la FIFA. 

Por lo mismo, la FIFA debe dar un golpe de timón para reencontrar las motivaciones que destacó Jules Rimet: el deportivismo y el concierto armónico de las naciones. Ya la UEFA se pronunció en contra de esos planes lucrativos, lo mismo la Concacaf, pero la Conmebol la apoya igual que la confederación africana. Pero la federación mexicana apoya la iniciativa. En otras palabras: caos, división. ¡Qué pena! Si no se corrige estaremos contemplando el surgimiento de la Organización Mundial de Fútbol y de la Asociación Internacional de Futbol Asociación. 

Luis Fernandez Molina

luisfer@ufm.edu

Estudios Arquitectura, Universidad de San Carlos. 1971 a 1973. Egresado Universidad Francisco Marroquín, como Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales (1979). Estudios de Maestría de Derecho Constitucional, Universidad Francisco Marroquín. Bufete Profesional Particular 1980 a la fecha. Magistrado Corte Suprema de Justicia 2004 a 2009, presidente de la Cámara de Amparos. Autor de Manual del Pequeño Contribuyente (1994), y Guía Legal del Empresario (2012) y, entre otros. Columnista del Diario La Hora, de 2001 a la fecha.

post author
Artículo anterior«Normalizar» las irregularidades en la Usac
Artículo siguienteAccidentes en Aguilar Batres y Villa Nueva complican el tránsito con dirección a la capital