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Para cada ciudadano el himno de su país es el más bello del mundo. Obvio. Igual que para cada madre su bebé es el más lindo del universo. Cierto. Pero más allá de esos enfoques claramente subjetivos, hay una especie de consenso respecto al mérito artístico o conceptual de un himno. En este contexto, cualquier persona contestaría que uno de los mejores himnos del mundo es el de Francia: la Marsellesa. 

Todos recordamos la famosa “Toma de la Bastilla”, 1789, que marcó el detonante de la Revolución. Francia se convirtió en un país revolucionario; entró en una espiral de anarquía, descontrol e iconoclastia. Era una especie de bacteria que amenazaba el orden constituido en los restantes países europeos. Todos los reinos de Europa, monárquicos todos, veían con mucho recelo a los agitadores franceses y se declararon varias guerras, entre ellas Austria. Austria, el gran imperio centro europeo, cuna de la reina María Antonieta de Francia, se opuso a los revolucionarios. Por eso Francia le declaró la guerra. 

Un contingente francés avanzaba por Estrasburgo (extremo oriental); el alcalde de esa ciudad le pidió al capitán del ejército Claude Rouget, que se ingeniara una canción o himno para animar el enrolamiento voluntario de ciudadanos y motivar a los soldados. El capitán, en la noche del 25 al 26 de abril de 1792 tuvo un despliegue de extasis; como que alguna musa le hubiera guiado la pluma o “soplado” al oído. Arrebato de los genios. Así, en una sola noche compuso “Un canto de guerra para la Armada del Rin”. Posteriormente el contingente de voluntarios, provenientes de Marsella, la cantaron cuando entraron en París, tres meses después. Los parisinos empezaron a llamarla “el himno de los marselleses”. Allí quedó como La Marsellesa, el nombre actual. 

Curiosamente, Claude Rouget era monárquico, no republicano. Por eso terminó preso durante la época del “Terror”. Pero su canción se volvió, irónicamente, el símbolo de la República. Se declaró himno nacional de la República Francesa en 1795. A Napoleón no le gustaba y prohibió que se cantara; igual la vetaron los subsiguientes reyes y emperador. Regresó, como himno oficial, hasta 1879.  

Los himnos han sido, en esencia, cantos de guerra, por lo mismo son violentos, guerreros y agresivos. Sin embargo, una posterior camada produjo himnos más sosegados, que apelan a la concordia de los ciudadanos y al amor hacia la patria. Nuestro himno guatemalteco habla de no esquivar “la ruda pelea”, de la “espada que salva el honor”, pero también resalta que logramos la independencia “sin choque sangriento”. 

Todos los patriotas, alrededor del mundo, entonamos nuestro himno con el pecho hinchado. Con expresión seria, desafiante; algunos se emocionan tanto que hasta corren lágrimas por sus ojos. Los hijos, los bien nacidos aman a su terruño como aman a sus padres, hijos y familia. Por lo mismo enaltecen lo que les es propio, con expresiones de admiración, agradecimiento y hasta proclamas bélicas. 

“Guatemala, feliz”, “Noble patria tu enérgico acento”, “Mexicanos al grito de guerra”, “Tu bandera, tu bandera”, “Salve a ti Nicaragua”, “Oh, Canadá”, “God save the king”, “The land of the free”. 

La Marsellesa, por su lado es, literalmente, un llamado a las armas. Y muy sangriento. Repite el estribillo: “A las armas ciudadanos/formen sus batallones”. 

Usa lenguaje y figuras muy impetuosas: “Contra nosotros, la tiranía alza su sangriento estandarte”; “oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados/Que vienen hasta vuestros mismos brazos a degollar a vuestros hijos y esposas”. Se refieren, en el contexto primario, a los soldados austríacos. “¿Qué pretende esa horda de esclavos, de traidores, de reyes conjurados?”.  “Todos esos tigres que, sin piedad, desgarran el seno de su madre”. Pero lo más duro epíteto aparece en el estribillo: “Que la sangre impura (de los invasores) inunde nuestros surcos”. ¡Que la sangre impura de los invasores inunde nuestros surcos! Upsss, eso es mucha sangre. Más que los ríos de sangre, se ha cuestionado lo de “sangre impura”. En su versión completa es una composición larga (la FIFA no permite que se cante todo el himno), por eso se acostumbra cantar la primera estrofa y a veces la sexta y la séptima y el estribillo en medio. ¡Vive La France!

PD. Hoy 14 de julio es el Día Nacional de Francia. Un reconocimiento a esa Nación que ha sido grande. Hasta ahora que se ha dejado llevar por los avances progresistas, de vanguardia. Las glorias de Marianne empiezan a palidecer. Se está desdibujando la figura potente de la Francia Imperial. Ustedes me entienden. 

 

Luis Fernandez Molina

luisfer@ufm.edu

Estudios Arquitectura, Universidad de San Carlos. 1971 a 1973. Egresado Universidad Francisco Marroquín, como Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales (1979). Estudios de Maestría de Derecho Constitucional, Universidad Francisco Marroquín. Bufete Profesional Particular 1980 a la fecha. Magistrado Corte Suprema de Justicia 2004 a 2009, presidente de la Cámara de Amparos. Autor de Manual del Pequeño Contribuyente (1994), y Guía Legal del Empresario (2012) y, entre otros. Columnista del Diario La Hora, de 2001 a la fecha.

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