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Doy gracias a Dios por la infancia y padres que tuve. Un padre para quien no alcanzarían todos los reconocimientos. ¡Gracias Papá! Por eso me extiendo a esa otra imagen más próxima de paternidad que es la del abuelo, por lo general del abuelo materno. Tal es mi caso ya que, lamentablemente, mi abuelo paterno quien falleció tres años antes de mi nacimiento. Por eso, en este 17 de junio (Día del Padre en Guatemala) dedico estas letras a mi abuelo materno quien se llamaba Carlos, don Carlos, pero todos sus nietos (¿cuántos fuimos?), lo conocimos como “Papito”. 

Siempre vi en mi abuelo a un hombre viejo. Como alguien que nunca hubiera sido niño y menos un infante. ¡Qué ingratud la mía! Tengo permanentemente la imagen del adulto circunspecto, con arrugas y hablar pausado, que siempre fue así. Nunca me lo hubiera imaginado de pantalones cortos como tampoco corriendo por las calles ni subiéndose a los árboles. Difícil evocarlo de joven o, más atrás aún, de niño o hasta un infante de pecho. Era un hombre que daba la impresión de serio, ceremonioso; idea que se desvanecía con las primeras palabras, aunque, para ser nicaragüense, no era de mucho hablar ni de bromas sonoras. Nunca le oí levantar la voz –salvo en muy excepcionales casos de enojo– y jamás le oí proferir una palabra soez. En eso tampoco parecía el nicaragüense típico, alegre, “jodedor” casi vulgar.  Eso sí, era algo “faldorum” en sus tiempos mozos, aunque de baja intensidad, sin alardes. En eso sí parecía nica.

Lo vislumbro vestido con su infaltable pantalón y camisa caqui y sombrero blanco con franja gris. Era como un uniforme que usaba todos los días salvo cuando estaba en la ciudad y se acicalaba para ir al Club Managua que, a 7 cuadras de la casa, caminaba con paso pausado aunque sin bastón (que nunca usó).

Mi abuelo no creció con el siglo, ni “tranvía y vino tinto”. Cuando asomaban las primeras luces del siglo XX encontraron a mi abuelo al pie de una vaca, amarrando al ternero y ordeñando. Y los primeros reflejos de luna habrán descubierto al joven de 15 años enamorando alguna bella chontaleña. Tampoco creció con vino tinto porque no tomaba, jamás lo vi con un trago ni había botellas en la casa (salvo unas recetas de nances en solución de alcohol). No soportaba a los borrachos como tampoco a los militares. Tranvía no había en Managua, menos en su natal Juigalpa. Todos los viajes los hacía en “bestia”, a lomo de su caballo. Travesías a veces de varios días por las verdes ondulaciones de su natal y bello Chontales.  Desde sus primeros años cargó la responsabilidad de sus hermanos menores para quienes fue el sustituto del padre que tempranamente habían perdido. Fue muy generoso con ellos. Amigo de contar anécdotas como el día que llegó el primer carro a Juigalpa o cuando se atrevieron a tocar un bloque de hielo por vez primera.

Don Carlos fue un migrante, pero hacia el sur, hacia Panamá que ofrecía puestos de trabajo en la construcción del famoso canal. Poco antes había sido maestro de primaria y mecanógrafo profesional (tecnología de punta). Al regresar, con el ahorro de sus sueldos, adquirió una propiedad cerca de la población de Tipitapa, a 21 km de Managua que llamó “El Panamá”. Con el tiempo adquirió otras fincas ganaderas en Chontales, así como unas salinas que le fueron arrebatadas por Somoza. Los sandinistas tampoco se las devolvieron. La agricultura nunca le llamó la atención.

El segundero giraba con diferente ritmo allá por los años 60 del siglo pasado. No había tanta invención como hoy día. Pero suficiente teníamos con la luz eléctrica, la refrigeradora, la radio y los automotores de gasolina y diésel. Ni siquiera faltaron las estufas eléctricas porque la sazón de la leña no se podía sustituir. Por eso en los patios de la cocina siempre se respiraba humo y el rescoldo de los fogones. Las losas coloridas de los luminosos corredores brillaban por la trapeada de creolina y pinesol. Los grandes armarios, con espejos, desprendían el olor de naftalina. Las sillas mecedoras, de metal y de madera, servían de “plataforma” social para sostener inagotables conversaciones, en directo y mirando en vivo a los ojos. La lectura del periódico vespertino constituía un ritual, incluyendo el crucigrama, que nos conectaba con el mundo. También la radio, recuerdo que todas las mañanas mi abuelo escuchaba un programa “Canta claro” en el que se criticaba mucho a Somoza (al igual que el diario La Prensa).  

Por lo mismo se respiraba placidez, satisfacción, gusto por la vida. Las pocas afecciones de salud se cubrían con una farmacopea simple: para el estómago bicarbonato y aceite de oliva y para mayores complicaciones “alkaserser”, leche de magnesia y para mayores trances, el aceite de castor (ricino). Los catarros se trataban con té de hojas de limón, una frotada de “vic-vaporub”. Los dolores con aspirinas y las heridas con tintura de yodo o agua oxigenada; luego una gasa y esparadrapo. Para mantenerse vigoroso se recetaba “siete mares” o emulsiones de aceite de hígado de bacalao (¡ajjjj!). No se conocían los calmantes ni las “pastillas para dormir” (a pesar del calor pegajoso). 

La televisión ya cobraba el vasallaje de sus adictos allá por los años 80, pero a él nunca se aficionó. Realmente no lo recuerdo nunca frente a la pantalla. En sus últimos días escuchaba a diario la radio y acariciaba el tiempo al compás de una mecedora, marcando un compás cuyo ritmo solamente él podía entender. Marcaba las horas con su reloj rectangular que siempre me llamó la atención. Supo aceptar que su tiempo había pasado.

Recuerdo con especial nostalgia las noches que pasamos en la finca “Cococina”. Servían una cena como no la hay en ningún Michelín, como ningún “bocato di cardinale”. Con gestos casi sacramentales y a la luz de unos quinqués de llama crecida (o una “Coleman”) circulados por zumbidos de palomillas, mi abuelo tomaba una tortilla (que en Nicaragua son del doble de tamaño), la partía y la sumergía en el tazón de crema recién hecha. Le rociaba mucha sal. Igual hacíamos sus acólitos. Tras la cena nos llevaba a ver la pantalla más espectacular que puede concebirse: en directo nos abrazaba el cielo estrellado, la Vía Láctea, viajábamos a la par de las estrellas fugaces, al infinito y más allá. Con una imaginación que superaba la velocidad de la luz recorríamos las constelaciones que el abuelo nos iba mostrando: Orión, Tauro, las Siete Cabritas, Casiopea. Una ceremonia que se acunaba en el dulce aislamiento del campo y amenizada por los aullidos de los coyotes de la vecina Loma Blanca o el “muuu” de una vaca en celo en el corral de piedra. Y, con suerte, en noches muy oscuras, se podía escuhar el lamento de La Llorona desde el arroyo cercano. Tengo grabadas sus manos, que parecían de piedra tallada por los años, venas resaltadas y yemas arrugadas, curtidas por la pátina del tiempo que yo de niño comparaba con la lozanía de las mías, de adolescente. Hoy que veo mis manos creo ver las suyas… y mejor no me veo en el espejo… 

No tuve oportunidad de verlo en sus últimos 4 años, pero de seguro que, si le hubiera felicitado: “¡Que viva otros 100 años!” me hubiera contestado, agitando con firmeza el índice de su mano derecha: “Noooo hombreee, ya viví suficiente y abundante, ahora les toca a ustedes”. Ese mismo mensaje transmito a mis nietos. 

 

Luis Fernandez Molina

luisfer@ufm.edu

Estudios Arquitectura, Universidad de San Carlos. 1971 a 1973. Egresado Universidad Francisco Marroquín, como Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales (1979). Estudios de Maestría de Derecho Constitucional, Universidad Francisco Marroquín. Bufete Profesional Particular 1980 a la fecha. Magistrado Corte Suprema de Justicia 2004 a 2009, presidente de la Cámara de Amparos. Autor de Manual del Pequeño Contribuyente (1994), y Guía Legal del Empresario (2012) y, entre otros. Columnista del Diario La Hora, de 2001 a la fecha.

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