Al estilo de muchas leyendas ancestrales en la que personajes mitológicos de miedo retornan al mundo de los vivos cada cierto tiempo o cuando sucede un eclipse o se detecta un cometa en el cielo, así parece ser la historia del conquistador de México. Murió el 2 de diciembre de 1547, pero todo indica que no descansa en esa paz que a todo difunto deseamos. Requiescat in pace. Sus restos han sido trasladados 9 veces, incluyendo un traslado por el Atlántico.
Aunque esencial para la historia mexicana también tiene mucho impacto en nuestra estructura. Fue el primer europeo que de alguna manera tuvo control sobre lo que hoy es Guatemala. Cuando hubo dominado al Imperio del centro de México, allá por 1521, Cortés ordenó a su mano derecha, Pedro de Alvarado, que fuera al sur para investigar sobre esos reinos que estaban fuera del dominio azteca. Que bajara a echar un vistazo para extender la conquista. Todos conocemos de la incursión de Tonatihu y la conquista de nuestro país.
Con ocasión de la visita de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, aprovechó para despotricar en contra de Hernán Cortés. Lo calificó como un símbolo de «invasión, discriminación, violencia, esclavismo y exterminio». Recordó doña Claudia que el conquistador ordenó matanzas y esclavizó a los indígenas, hasta con marca de hierro en la frente. Rechazó con toda energía la idea de que “México empezó con la llegada de los españoles”.
Se han vuelto a agitar los huesos de Cortés. Cuando murió el capitán extremeño en 1547, fue enterrado en la iglesia de Sevilla. Pero no se quedó allí. Fue exhumado en varias ocasiones y enterrado nada menos que nueve veces, en distintas iglesias distintas, a uno y otro lado del océano. Tantos movimientos postreros dan pauta del gran simbolismo que representa el difunto así como los cambios políticos y sociales ocurridos en las tierras donde fue sepultado.
El rechazo a Cortés, que parece ser el nuevo discurso “oficial” mexicano, de alto contenido político-social, debe tener como punto de partida la firme creencia en el “Paraíso Mesoamericano”. La afirmación que en Las Américas se vivía en un mundo ideal y que fueron los desalmados conquistadores los que vinieron a arrancar a los indios (lo digo en sentido contextual), de ese Edén que habían logrado edificar. Vivían los aztecas, cholultecas, mayas, totonacas, etc en un mundo idílico, un estado de paz y pureza donde habitaban los “buenos salvajes” de Rosseau. Eran “las Indias” un reflejo del paraíso terrenal que habitaron nuestros primeros padres antes que se contaminaran con la corrupción. Un estado de liberación, paz absoluta y felicidad suprema, una especie de Nirvana o Shangri La.
Pero esa visión es falsa; distorsionada; manipulada con el objeto de acomodarse a las proyecciones de esa tendencia “revisionista”. Es cierto que los estados europeos vivían en constantes pugnas y guerras. También en el Levante, en África, en Mongolia, la India, China, etc. etc. Ese estado de armonía perfecta solo existe en el Cielo y en las fiebres de los utópicos y de los pretendidos “ingenieros sociales”, que han implementado fórmulas con pésimos resultados para las comunidades que pretenden reformar. Es que así, con enfrentamientos, se ha llenado las páginas de los anales de la humanidad. Como dijo Hegel: “Las épocas felices son páginas en blanco en los libros de historia”.
Ciertamente las moiras se alinearon con los europeos invasores. Mucho ayudó en la conquista las armas metálicas y las de fuego, los caballos y un inesperado aliado: la viruela y otras plagas. También ayudó el propio tlatoani, Motecuhzoma Xocoyotzin, quien al enterarse que los ejércitos avanzaban por Veracruz, les mandó oro, grandes cantidades de oro para ver si quedaban satisfechos y tomaban el camino de regreso. El otro error fue preguntar si los hombres blancos eran emisarios de Quetzalcoatl o algún tipo de dioses. “No lo había considerado así pero, ya que ustedes lo dicen, sí lo somos.” Pero el elemento decisivo de una conquista militar tan dispar fue el rechazo a la asfixiante opresión que desde Tenochtitlan ejercían los aztecas sobre sus súbditos de Mesoamérica. Exigían tributos exorbitantes que los subyugados tenían que cubrir aún sobre sus propios alimentos. Eran pueblos exprimidos. Y los aztecas (igual que los macedonios, los romanos, los hunos, los mongoles, los chinos, los árabes, los cruzados, los turcos, los británicos, los rusos, los etc.) sabían ser crueles, ya sea por instinto o como recurso psicológico. Por ejemplo, los aztecas, para asfixiar a los tlaxcaltecas, establecieron un rígido cerco; bloquearon sus rutas comerciales hacia el Golfo de México impidiéndoles adquirir sal blanca, algodón plumas preciosas y cacao. Pero hay más en el dominio azteca: exigían personas para los sacrificios humanos que realizaban como práctica religiosa, política y militar.
Por muchos años se debatía si dichos sacrificios humanos eran un mito de los europeos para justificar la invasión frente a los repetidos señalamientos de la brutalidad de esos sacrificios. La necesidad de “civilizarlos”. Siempre han habido encendidos defensores de las dos posiciones opuestas. En cada uno de los relatos se cobijan muchas verdades. Sería fantasioso negar las atrocidades de los españoles. ¡Claro que las hubo! La presidenta exhibió un edicto de 1548 emitido por el rey español Carlos I, señalando que este documento ya condenaba las «atrocidades» cometidas por Cortés contra los indígenas. Cabe recordar que su sacra y cesárea majestad, el emperador, no quería a Cortés porque “le hacía sombra” a sus imperiales reflejos y trató por todos los medios de minimizarlos. Nunca lo nombró virrey de México, a lo más que llegó es a “Marqués del valle de Oaxaca”. Son históricas las disputas entre el conquistador y el rey a pesar que, en audiencia privada, Cortés le recordó que “Soy un hombre que os ha ganado más provincias que vuestros abuelos os dejaron ciudades».
Lo que la presidenta habrá tratado de ocultar es que detrás de la Catedral Metropolitana, se descubrió recientemente un Tzompantli que era un monumental andamio de madera y torres circulares hecho con miles de cráneos humanos perforados por las sienes.
Los análisis de ADN del INAH revelan restos de guerreros cautivos, pero también de mujeres y niños, reflejando la diversidad del ritual. Los esqueletos desenterrados en el Templo Mayor muestran cortes específicos en las costillas que coinciden de manera exacta con las descripciones de los códices sobre cómo se abría el pecho para extraer el corazón. Esos reportes han disipado las dudas de los escépticos.
Es fácil señalar a “los culpables”, para desprendernos de nuestras propias responsabilidades. Es un trámite sencillo repetir que estamos jodidos por culpa de tal o cual. Es difícil admitir nuestros propios errores, debilidades y mezquindades. Cabe agregar que en el citado Palacio Nacional se lucen murales del maestro Diego Rivera, en dos de ellos representa a Cortés como un jorobado, sifilítico, enano y llagado. Es una perspectiva totalmente falsa y sesgada. Ningún historiador recogió esas características físicas de Cortes, pero es parte del mismo discurso.
Como dijo el connotado pensador mexicano, Octavio Paz: “El odio a Cortés no es odio a España, es odio a nosotros mismos”. Y es que, como indica el autor Zunzunegui: “el Estado nunca ha sabido integrar a los pueblos indígenas y encontró excusa perfecta en el discurso de la conquista”. Aplica para México, para Guatemala y para casi todos los países de la América Latina. Ese discurso ha girado en cambio radical en apenas una generación. Todavía recuerdo las celebraciones del “Día de la Raza”. Los niños se pintaban y adornaban con plumas y mantas. Se aclamaba al “gran almirante”, descubridor del Nuevo Mundo. ¡Viva Colón! ¡Arriba los reyes católicos! De repente, el “inconsciente colectivo” (si es que tal cosa existe), cambió por completo de bando. El quinto aniversario, lejos de ser un evento para proclamar por todo lo alto pasó a ser un acontecimiento de vergüenza, del que no se podía hablar y, en todo caso, un recuerdo del oprobio, la explotación.
Lamentablemente todo lo arrastran las ideologías y la política. Hasta las crónicas de la historia. Como dijo Nietzsche: “No hay hechos, sólo interpretaciones.” Sheinbaum reclama contra los desmanes que se cometieron hace 500 años, pero acuña los desmanes que hoy día se están cometiendo contra el pueblo cubano, entre muchos otros. Por cierto que Claudia es nacida en México, pero de padres y abuelos sefarditas y asquenazíes, de Lituania y Bulgaria (aplaudo a ese México receptivo e integrador). Bien por esa introspección al pasado, pero no contaminemos el presente para poder ofrecer un futuro más luminoso a las nuevas generaciones.







