Juan Jacobo Muñoz
Después del accidente de nacer y de tener que atravesar la vida, lo que me quedó fue vivirla,
y atenerme a su inconstancia. Tengo 62 años y una historia que dura eso, aunque debe ser más, si incluyo al universo infinito.
Mi historia es bastante boba en muchos pasajes. Malbaratada muchas veces, y con algunas partes conmovedoras y amorosas que han hecho que valga la pena. Ha habido ensoñaciones, ilusiones, frustraciones y abundantes equivocaciones. Una historia normal.
He dado una vuelta muy grande para regresar a mi naturaleza original. Impulsivo y caprichoso, me quise incorporar y parecerme a todo; y me aferré al comportamiento de muchos. Empecé con mis padres y muy pronto me sentí impelido a rebelarme, y en consecuencia, me adherí a muchas cosas.
No culpo a nadie, las malas costumbres suelen venir de lo profundo. Tenía, como me dijo graciosamente alguien, una baja autoestima muy alta. La culpa empezó en mi niñez, cuando no pude cambiar a las personas. Tuve que perdonarme por eso; no pude porque no se podía. Me detuve en eso, no estaba entrenado en cortar por lo sano tempranamente. Pero no quiero regodearme en la culpa que es muy engreída, narcisista y hasta paranoide, y quiere anunciar poderes.
Me constituí como víctima muchas veces, pero resultó que eso era más bien una opción; algo que me costó entender. Suelo llegar tarde a muchas cosas de mi vida.
Aprendí que sin importar si se trata de alguna persona, animal, cosa o situación, tengo que diferenciarme de todo. Si me fusiono con algo, dejo de ser y me pierdo. En el proceso de diferenciación he tenido que aceptar que soy diferente a todo, principalmente a lo que otros esperaban de mí. Todos tenemos diferentes ideas, sentimientos e intereses. Parece fácil decirlo ahora, pero en la práctica he tenido una batalla.
La identidad y visión significativa de mí mismo, parece el camino para diferenciarme de todo lo que está alrededor, y es la única vía para involucrarme sin perderme. Procuro madurar para no seguir siendo un niño grandioso que se atribuye poderes absolutos y que aspira a cosas enormes. Vivir en la realidad es menos épico y requiere de más humildad. Recuerdo bien como idealicé tantas cosas, y cuanto sufrimiento me trajo volver sobre mis pasos, aborrecer lo que parecía fantástico y avergonzarme de mi mismo.
Parece que todo tiene que ver con diferenciar la fantasía de la realidad, y con la búsqueda de la individualidad, sin caer en el individualismo, claro está. Está bien tener sueños, pero querer vivir en ellos es un error; y la equivocación se traduce en acciones míticas pero esperpénticas y autodestructivas, si no se cae en cuenta. Conozco de esas cosas, soy uno de los que cayó al fondo de la grandiosidad y la desproporción.
Conocer lo que bulle dentro de mí es esencial y toma toda la vida. Nunca sabré tanto de lo que hay en mi interior, pero con el tiempo y la experiencia me voy acomodando mejor a la tarea de vivir. Al final la experiencia no es saber de muchas cosas, sino simplemente saber más de uno mismo.
Aunque no quiera, tengo sombra; y hay mucho que ver en ella, más de lo que puedo ver en cualquier espejo. En ella veo lo contradictorio, mis verdaderas contradicciones quiero decir, y me da la ocasión de arreglar un poco el tiradero que llevo dentro. A veces soy gallo y a veces gallina; pero igual necesito saberme para no padecer más que lo inevitable. Ya sufrí lo que me tocó en mi juventud, y en algún momento creí era que mucho; pero he visto sufrir a tantos, que me avergüenza saber cómo me sentía entonces. Sea como sea sufrí, y trato de forjar una vida adulta más serena.
Intento atreverme a lo desconocido del propio interior. Es cierto que hay cosas terribles y vergonzosas, pero también están allí todas las potencias dormidas que merecen salir. Saber más de lo bueno y de lo malo que hay dentro de mí, me ayuda a ser más íntegro, quiero decir menos fragmentado. Además, todo lo que no conozco y la vida que no se expresa, igualmente sale, pero como síntoma; en un pensamiento, una emoción, un comportamiento o una molestia física.
Crecer es como volar y echar raíces en el destino. Conocerme, diferenciarme y ser creativo me ayuda en la experiencia de vivir. Solo siendo yo puedo entrar sinceramente en la vida comunitaria, y llegar a la muerte tranquilo, sin tanta carga; como globo tirando lastre. ¿Quién dice que el espacio es inseguro, o que las aguas profundas deben evitarse?
Creo que la vida no se planea, que solo va sucediendo; y si pongo atención, me veo en ella, aprendo quien soy y me atrevo a modificar.
Ahora voy tras lo bueno, lo bello y lo verdadero; algo así como lo poco, lo pequeño y lo invisible.