Jonathan Menkos

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Jonathan Menkos Zeissig
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Mi vecino dice que los políticos ofrecen solucionar los problemas que nos aquejan, pero al gobernar parece que se les olvida lo prometido. Me pone de ejemplo al presidente Giammattei, a sus ministros y a la “pandilla de diputados que ha comprado para que le aprueben más endeudamiento y le amplíen los espacios para la corrupción”.

También hay muchos ciudadanos que son faltos de memoria, le replico yo, para animar la charla. Si tomáramos conciencia sobre quiénes son los políticos mentirosos, qué fechorías han hecho con el poder que les ha dado el voto popular y en qué partidos reptan, ya nadie pondría la equis en la papeleta electoral sobre el logo de Valor, Humanistas, Unionistas, FCN-Nación, Viva, Creo, PAN, UCN, Vamos o la UNE, entre otros. Pero no es tan fácil. Cada cuatro años tropezamos con la misma piedra debido al condicionamiento mediático que sobre las personas ejercen quienes tienen el poder económico y político —por medio de constantes mensajes de odio contra sus adversarios ideológicos, la promoción del neoliberalismo o fingiendo compartir valores religiosos—, las preocupaciones económicas y sociales diarias que nos atormentan y al poco interés que culturalmente se da a la administración del poder público y a la participación política.

Imagínese, me dice alarmado mi vecino, que el próximo presidente del país esté entre Zury Ríos, Sandra Torres o el (virtual) candidato oficialista, el diputado Manuel Conde: “si ellos ya andan en campaña y con el síndrome de Giammattei: ofrecen lo que la gente quiere escuchar, pero sabiendo que no van a cumplir, porque buscan el poder para solucionar sus propios problemas económicos y judiciales y los de sus amigos”, concluye sabiamente.

Ahora que he tomado unos días de vacaciones, he tenido tiempo para revisitar la Política General de Gobierno 2020-2024, presentada por el presidente Giammattei, en febrero de 2020. Este documento reitera muchos de los compromisos de campaña del entonces candidato Giammattei. Entre las promesas de campaña y de gobierno, pongo cinco como ejemplo.

Primera promesa: ofreció propiciar el crecimiento económico y reducir el empleo informal en seis puntos. La meta del gobierno es que la economía crezca a penas 2.5% en 2023. Sobre el empleo, cuando asumió, 32 de cada 100 trabajadores laboraban en condiciones de formalidad. En 2023 la relación será de 31 de cada 100, según estimaciones oficiales. Segunda promesa: propiciar condiciones adecuadas para atraer inversión. Imposible, cuando se camina hacia una dictadura.

Tercera promesa: incentivar el turismo interno. No se cumplirá tanto por la infraestructura vial que está en pésimas condiciones, como por el sostenido empobrecimiento de las clases trabajadoras, cuyos ingresos promedio se han visto reducidos en 10.8%, entre 2019 y 2021. Cuarta promesa: elevar la carga tributaria a por lo menos 14% a finales de 2023 y orientar los recursos a programas que beneficien a la población. Sin embargo, el proyecto de presupuesto recién presentado para ese año propone una carga de apenas 11.2%; mientras, se malgasta el dinero público en seguros privados de salud, campañas mediáticas y contratos de infraestructura pública con anomalías. Quinta promesa: para 2023 se han construido 100 mil viviendas sociales. Sin comentarios.

Cuando los gobernantes no cumplen lo prometido, se malgasta dinero público, tiempo valioso e irreemplazable para el desarrollo y la propia legitimidad de los partidos políticos y del proceso democrático de elección. Pensando en 2023 y cómo salvarnos de elegir a alguien con el síndrome de Giammattei, será vital exigir a los partidos políticos su plan de gobierno, hacer una evaluación sobre la posibilidad de que lo prometido se haga realidad y el camino fiscal e institucional para lograrlo. Toca hacer conciencia social con los vecinos, campañas en redes y pasar la voz, para que nadie vote por políticos cínicos.

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