Después de un proceso de selección lleno de controversias y sesgos, en donde las Comisiones de Postulación volvieron a mostrar sus falencias, pero principalmente, se pudo constatar el pensamiento conservador prevaleciente en las mismas –y en este caso fue mayormente decepcionante cuando la mayoría de decanos de facultades de Derecho (una auténtica galería de sinvergüenzas)-, pues a pesar que la actual fiscal general con todos los factores negativos en su contra –tanto a nivel nacional como internacional-, todavía intentaron que dicha cuestionada funcionaria, pasara en el listado final de seis aspirantes.
El proceso se ennegreció aún más cuando la Corte de Constitucionalidad –ahora con su trinca parcializada, con escasas luces de legalidad y llena de contradicciones conservadoras–, decidió, en última hora, quitar a una de las candidatas que potencialmente habrían podido llegar a ser la nueva fiscal general, con la intención de dejar a los últimos seis aspirantes como una camisa de fuerza para que el presidente Arévalo, tuviera poca capacidad de maniobra, pero al final, ya se decidió sobre el nuevo fiscal de quien se espera mucho, otro momento de expectativas positivas, de oportunidades abiertas que podrían significar un cambio de rumbo en el actual tortuoso camino de la justicia en Guatemala.
¿Por qué puede ser un punto de quiebre en la justicia penal en Guatemala? Varios argumentos se pueden plantear al respecto. Primero, todo lo que ocurrió en los últimos años no fue ni más ni menos de convertir la justicia penal en una auténtica “espada de Damocles[1]”, contra todas aquellas personas que se opusieron a los actos de corrupción e impunidad durante los últimos doce años que representaron el mayor nivel de deterioro en el ejercicio de Gobierno, en donde la intermediación entre el Estado –sus tres poderes-, quedaron alineados para favorecer la impunidad y la corrupción, pero también las instituciones de contrapeso cayeron en esa actitud displicente, sesgada y actitud vergonzante como la Procuraduría General de la Nación, la Contraloría General de Cuentas, la Procuraduría de los Derechos Humanos y la mencionada Corte de Constitucionalidad.
Segundo, el ejercicio de la justicia penal se convirtió en un proceso paulatino de arrinconar más a la justicia, pues ésta se “enjauló” dramáticamente para convertir al MP y la Corte Suprema de Justicia, en un entente que se articuló para dañar a personas, sometiéndolas a procesos espurios, alargando o suspendiendo maliciosamente las audiencias, para que dentro de un “litigio malicioso”, las personas siguieran ligadas a procesos amañados y sesgados, a los cuales se unieron fiscales que actuando dentro de la ley, pero no se prestaron a procesos turbios, pararon también en la cárcel, así como todavía hoy se encuentran detenidos injustamente dos prominentes miembros de los 48 cantones.
Tercero, acá aparece otro fenómeno que muestra aún más la cara visible de esta gestión del MP que está a punto de concluir. La infamia. Efectivamente, ya no sólo se trataba de involucrar a personas decentes en procesos espurios, de mantenerlos en la cárcel, sino además de pretender “golpearlos y dañarlos física y emocionalmente con condiciones dentro de la cárcel que mostró esa cara de la infamia que no debe ocurrir en un primer cuarto de siglo de esta era. Contrariamente, en muchos países que han avanzado, se reconoce la necesidad de una verdadera justicia –pronta y cumplida, certera y real, de litigios llenos de justicia-, no como ha ocurrido hasta hoy que caer a la cárcel conducido prácticamente por un tribunal de inquisición.
Y así dolorosamente llegamos hasta hoy, en donde se observa, nuevamente otra expresión de la “crisis civilizatoria”, que ahora nos tiene buscando las mínimas oportunidades para avanzar hacia una sociedad distinta, pero también hoy se puede observar cómo los grupos conservadores son muchos y se mueven en función de sus intereses aunque sus propósitos sean distintos, pero buscan hacer prevalecer sus privilegios aún a costa de la cárcel de personas decentes, y, peor aún, haciendo mutis, cuando ven salir de la cárcel y devolviéndoles todos los activos que hicieron mañosamente, a los auténticos delincuentes de este país.
Así que hoy se rompe, con el cambio en el MP, uno de los eslabones más terribles de la injusticia y donde se esperan nuevas formas de ejercer la verdadera justicia, la oportunidad está prácticamente abierta, ojalá las nuevas autoridades hagan su papel de forma digna y decente. La ciudadanía también debe estar expectante, se necesita de una participación ciudadana que se interese por la política y la justicia con mayor sentido de ciudadano activo. Buena suerte a las nuevas autoridades que asumirán el MP en pocas horas.
[1] Según la mitología griega, Dionisio era el tirano de Siracusa, quien vivía desconfiando de todas las personas pues creía que todos lo querían matar. Uno de los pocos cortesanos que lo visitaban era Damocles, un adulador profesional y a quien Dionisio que no gustaba de adulación, lo sentó en una magnífica silla rodeado de viandas para degustar, pero sobre la silla estaba colgada de un pelo de caballo una afilada espada que apuntaba a su cabeza y de ahí nace el uso recurrente de la famosa espada de Damocles que se relaciona con el poder.







