El territorio de la actual Quetzaltenango fue centro de civilizaciones que dejaron huella en la Ciudad de Los Altos. Lo fue el Estado de Los Altos, región que buscó independencia económica y política hasta ser el Sexto Estado de la Unión de Centroamérica. Lo ha sido la Cuna de la Cultura: poesía, artes, música, marimba, arquitectura, teatro y universidades. Con esa herencia llega, sin embargo, otra marca menos celebrada: el crecimiento urbano desordenado de un municipio cuyos últimos gobiernos no han tenido brújula.
Ni el actual gobierno municipal, ni el anterior –que es el mismo– ni el de atrás quisieron o pudieron construir un plan de desarrollo digno de ese nombre. Quetzaltenango es un municipio con enorme posibilidad económica, política y cultural. Fue centro económico no solo por el café del siglo XIX, sino por industrias locales que no crecieron en cantidad ni en calidad por falta de infraestructura física, eléctrica y ambiental. Si el municipio se mantiene pujante no es por sus tristes corporaciones municipales. Es por su gente: quienes invierten, generan y emprenden a pesar de no contar con plan alguno y menos con apoyo municipal ni estatal.
Hacia 2050 esa improvisación ya no será pintoresca. Será catástrofe. El BID, cuando nos metió en 2013 al club de las ciudades emergentes y sostenibles, proyectó que el valle podía acercarse al millón de habitantes si el patrón no se corregía. Ciudad emergente, en ese lenguaje, no es elogio: es ciudad intermedia que crece más rápido que el país y todavía puede planificarse.
En materia económica no se visualiza plan. En materia territorial sí se impulsó un Plan de Ordenamiento Territorial cuyas sugerencias fueron controvertidas y conservan la triste dicotomía urbano-rural, con una visión urbana elitista y racista que se nota en cómo se ha ocupado el suelo quetzalteco. Por eso hay que evaluar el POT –si acaso ha tenido implicación real– y replantearlo con las comunidades del municipio, no solo con quienes diseñan el valle desde la zona 3. Quetzaltenango es municipio, no solamente casco urbano y mucho menos Centro Histórico. Ese centro, que debería ser orgullo, ha sido abandonado al extremo de que se reporta sin agua.
En educación el municipio sí creció. Se consolidó la tendencia de Cuna de la Cultura que venía del siglo XVIII y se afirmó en el XIX con la primera universidad pública: la verdadera Universidad de Occidente de 1876, no el monigote posterior armado para tener ficha en la elección de altas cortes. Aquella universidad fue ícono de fin de siglo. La canceló, como canceló el Ferrocarril de Los Altos, el dictador quetzalteco Manuel Estrada Cabrera.
El Clúster de Universidades que el Grupo Gestor promovió en 2005 quedó abandonado y ese es el verdadero potencial de Quetzaltenango. Una docena de campus universitario-desconectados entre sí no hacen sistema. Hacen población flotante, demanda de vivienda, tráfico a las siete de la mañana y un relato de “ciudad-empresa” que no se traduce en política educativa de la escuela preprimaria a la universidad. Así el 2050 llegará con más estudiantes y la misma ausencia de coordinación.
Hasta aquí el inventario de lo que ya sabemos y no gobernamos. Mañana analizaré el agua en Quetzaltenango, la basura, el Concejo que no se deja grabar sus sesiones y las dos ciudades que nos esperan si no planificamos ahora. Hasta mañana queridos lectores.







