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Mientras realizaba yo mi doctorado en la Universidad Estatal de Michigan en los años 90 del siglo pasado sobre didáctica de la ciencia, emergían las nociones de alfabetización científica entendida como la capacidad de usar ciencia, matemática y tecnología en la vida cotidiana. Acabábamos de salir de una discusión de la concepción de Alfabetización Científica en el seno de la AAAS, Asociación Americana del Avance de la Ciencia, donde trabajé como investigador asociado a inicios de este siglo. Entonces también refinábamos las concepciones de Alfabetización Matemática de la NCTM, la National Council of Teachers of Mathematics y los varios estándares en lectura. Eso dio pie al inicio de pruebas estandarizadas como TIMSS (Estudio Internacional de Tendencias en Matemáticas y Ciencias (del inglés Trends in International Mathematics and Science Study, TIMSS) y PISA (Programme for International Student Assessment).

TIMSS es una evaluación internacional de conocimientos de matemáticas y ciencias de los estudiantes inscritos en los grados cuarto y octavo de todo el mundo. Guatemala no ha participado en TIMSS. Recuerdo haber trabajado en el desarrollo de TIMSS. Luego vino PISA. TIMSS se enfocaba en estudiantes, mientras que PISA lo hace en el sistema educativo. Ambos sistemas no hubieran nacido sin el desarrollo en didáctica de la ciencia, la matemática, la lectura junto con la emergencia de estándares. Lo importante es saber que PISA no evalúa solamente al alumno, sino al sistema. 

Ya sabemos que quedamos mal en las materias escolares que evalúa PISA: matemáticas, ciencia y lectura. Su objetivo es proporcionar datos comparables que posibiliten a los países mejorar sus políticas de educación y sus resultados, ya que en este análisis no se evalúa solamente al alumno, sino al sistema en el que está siendo educado. Vuelvo y repito, como dicen en Panamá, el objetivo de PISA es proporcionar datos comparables que posibiliten a los países mejorar sus políticas de educación y sus resultados. Así que cuando se dice: somos los últimos de América Latina, no es al alumno, es al sistema educativo. Es a la escuela que construimos. Es al Ministerio de Educación que dirige al sistema. 

Repito los resultados que informé aquí en La Hora y que ya son ampliamente conocidos por varias notas de prensa y pocas de opinión informada: El 8 por ciento alcanza el mínimo en matemática (92% pierden); el 17 en lectura (83% no entienden lo que leen) el 21 en ciencias (79% no usan ciencia en la vida cotidiana). Son resultados bajísimos, pero no solamente no aprenden nuestros estudiantes sino a la vez son acosados en la escuela. 

Y el mismo informe que Prensa Libre recogió esta semana, dice lo otro: uno de cada cuatro estudiantes guatemaltecos sufre acoso escolar al menos dos veces al mes. El 25 por ciento es acosado. El 4 por ciento, además, sufre acoso en línea, con exposición de datos personales. El aumento desde 2022 no es solamente un problema «nuestro”: subió en casi todo el mundo. Aquí, sin embargo, se suma al último lugar regional en ciencia, lectura y matemática. Somos últimos donde hay que saber. Arriba del mundo donde hay que humillar.

No es un dato de “clima escolar” para un taller de valores. Es la misma aula. El que no entiende un párrafo y no suma fracciones es, con alta probabilidad, el que llega con miedo, el que falta, el que se esconde. El 43 por ciento faltó al menos un día en las dos semanas previas a la prueba; en la OCDE, el 22. El 35 por ciento se saltó al menos una clase. Una de cada tres escuelas reporta ausencia de maestros. Una de cada dos, escasez de libros, computadoras o material. La mitad de las escuelas guatemaltecas reporta ausencia de material didáctico. El 53 por ciento de los estudiantes asiste a centros donde la falta de recursos dificulta enseñar. El acompañamiento familiar –que alguien pregunte cada semana qué hicieron en la escuela– bajó del 69 al 55 por ciento. No solamente el Mineduc ha abandonado a los estudiantes, los padres también. 

Así no se aprende. El aprendizaje es social. No es repetir el pizarrón. Es participar en una comunidad que describe, explica, predice y justifica y donde hay seguridad física, emocional y nutricional. Nada de eso damos en las escuelas guatemaltecas (públicas y privadas). Una comunidad que acosa no es una comunidad de aprendizaje. Es un territorio. El niño que es dejado de lado, amenazado, golpeado o expuesto en una red no está “distraído”. Está sobreviviendo. Y quien sobrevive no modela un fenómeno científico ni interpreta un gráfico.

Eso no empezó a los 15 años. Empezó antes. La ENDESA 2025 midió 42 por ciento de menores de cinco años con retraso de talla. En el área rural, 48. Totonicapán, cerca del 70, si, 70% de desnutrición crónica infantil. Huehuetenango, cerca del 60. Quiché, 56. La desnutrición crónica no es el niño flaquito con el estómago grande. Es el bajito que come, anda y parece “normal”, pero cuyo cerebro se construyó en déficit. Ese niño no aprenderá fácil. Si encima lo acosan dos veces al mes, la escuela termina lo que el hambre empezó.

Un país que entrega a sus niños desnutridos y acosados es un país que no tiene futuro, ni cosechas de qué hablar.

Tampoco es solo pobreza. Es mala pedagogía y captura. Son currículos formales, rígidos que solamente obligan a la repetición porque están atiborrados de información y contenidos interminables en un ambiente de formación docente si no improvisada, sí deficiente. Estamos llenos de universidades que no investigan cómo se aprende y, aun así, titulan maestros. El pacto colectivo de 2008 le entregó al STEG, con Joviel Acevedo, veto sobre capacitación, supervisión y evaluación. De los ministros de la UNE de Álvaro Colom a los de Alejandro Giammattei, el ministerio se administró como botín. Aunque la ministra Anabella Giracca remoza institutos y recupera el control del Mineduc, eso es muy poco. Remozar la pared no enseña a leer ni detiene al que humilla en el recreo. El problema central no es la infraestructura. Es el aprendizaje. Y el aprendizaje no ocurre donde hay miedo ni donde hay profesores mediocremente formados.

PISA, el aprendizaje real, no pide otro discurso diplomático ni otro protocolo que nadie cumple. Pide proteína en los mil días. Pide un aula donde el maestro esté y sepa enseñar. Pide pocas ideas, bien enseñadas. Pide que la escuela deje de ser el lugar donde uno de cada cuatro es agredido dos veces al mes y donde dejan tareas inútiles tan largas como la Cuaresma. Pide una universidad pública que investigue el aprendizaje y deje de ser botín de rectores acientíficos, que de aprendizaje no saben nada y de educación menos. 

Los números ya no se esconden. Somos los últimos en matemática, lectura y ciencias y los primeros en acoso. 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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