Si les preguntara a mis alumnos para qué vienen a la universidad, seguro me dirían: para conseguir un mejor trabajo. Creo que esa sería la respuesta más frecuente. Pero hay muchas posibles respuestas. Aunque esta visión utilitarista es la que domina, algunos dirán que la universidad es divertida: hay muchas clases interesantes para elegir, muchas más que en la escuela secundaria. La universidad también ofrece la oportunidad de conocer personas de distintos lugares, con orígenes y experiencias diferentes. Es valioso conectarse, debatir y aprender de los demás, tanto en clase como en los eventos sociales.
Otra visión de por qué estudiar en la universidad podría ser ampliar la perspectiva. La universidad ayuda a expandir el conocimiento de varias formas y mejora la comprensión del mundo. Las oportunidades de estudiar en el extranjero expanden horizontes y permiten hacer amigos de otras latitudes. De nuevo regresamos a una de las razones más repetidas: los graduados universitarios, por lo general, ganan más que las personas con menos educación formal. Un salario más alto permite comprar cosas, ahorrar para el futuro y ayudar a personas o causas que tengan necesidad.
Esas tres respuestas —el empleo, el encuentro con otros, el horizonte más ancho— no son falsas. Son incompletas. Y cuando se quedan solas, convierten a la universidad en un catálogo de promesas, muchas veces, promesas falsas.
Ayer viernes, Michael S. Roth escribe en The New York Times un ensayo que parece hablarle a esos alumnos. Tres vítores (hurras) dice, para quienes empiezan pese a todo: pese a la duda de si vale la pena, pese a Silicon Valley, que asegura que la inteligencia artificial ya les dará toda la información —y toda la desinformación— que quieran, pese al costo. Las universidades, como casi todas las instituciones, han perdido confianza. Pese a la captura de un usurpador de la rectoría. Aun así, las familias reúnen dinero, los padres se emocionan y los estudiantes van a las universidades.
Roth separa lo que el Estado quiere de lo que el estudiante busca. El gobierno de Trump, por ejemplo, que suele increpar a las universidades, pidió a los rectores “avanzar los intereses de seguridad de Estados Unidos, entregar programas que atiendan necesidades urgentes de la fuerza laboral y contribuir de modo material a la prosperidad nacional”. Metas loables. Nada de lo que uno deba ser neutral. Pero no son las metas de los estudiantes.
El gobierno de Arévalo abandona totalmente a los estudiantes de la San Carlos al permitir que sea usurpada por un criminal: Walter Mazariegos. Mientras tanto, Arévalo pide que su programa de Becas para el Futuro se convierta en política de Estado. Algo realmente ridículo, si no estúpido, a menos que quiera pagar solo a las universidades privadas porque la San Carlos está cooptada. En otras palabras, ¿por qué no defender a la San Carlos y solo echarla a los leones? ¿Por qué? ¿Qué arreglos hizo Arévalo para no decir ni pío por la San Carlos a diferencia de cuando vociferaba como candidato dentro del campus, gritando que Mazariegos era un usurpador?
En Estados Unidos, una parte de los estudiantes opta por carreras cortas en los llamados «community college», buscando una especie de técnicos de educación superior de carreras cortas. Optan por alternativas de trabajo: enfermería, tecnologías de la información, oficios eléctricos, educación. Otra parte —y es la más numerosa en áreas de estudio— elige las artes liberales, no por capricho, sino porque permiten ser flexibles cuando el mercado se mueve. Y se moverá porque la inteligencia artificial está reescribiendo las tareas. Por eso el estudiante no solo debe aprender a usar modelos de lenguaje: debe desarrollar discernimiento, saber cuándo y cómo usar esa potencia; esto es lo que mi colega Luis Fernando Plaza de Colombia llama Pensamiento Crítico. Oficios, sí. Pero también se requiere valor humano en un mercado embelesado con la automatización.
Roth lleva el argumento más lejos, y ahí se pone interesante para Guatemala. En su curso de humanidades este otoño empieza con Confucio, Aristóteles, Tomás de Aquino y otros filósofos. Casi ninguno de sus alumnos se especializará en filosofía. Casi todos, espera, se acercarán con curiosidad. ¿Por qué? Porque están descubriendo quiénes son como lectores, como interlocutores, como personas. Están averiguando qué trabajo les resulta fecundo, qué aman hacer. Y todo eso también es válido para Guatemala.
Acá, de este lado del mundo, los estudiantes van a la universidad por muchas razones. Un diagnóstico nuestro en ingeniería de la USAC refleja que el interés es mejorar su vida. Pero las universidades realmente no ofrecen lo que ellos buscan. En Guatemala, las universidades han abandonado al país y, en particular, la Universidad Nacional no va a ningún lado sino a los intereses mezquinos del usurpador de la rectoría. Aquí, los estudiantes de la universidad pública han sido abandonados a su suerte, con un Consejo Superior Universitario totalmente capturado que no prioriza a los estudiantes y menos a la investigación.
Por eso, cuando Bernardo Arévalo sale a decir que desea convertir su programa de becas en política de Estado, no solo es una estupidez, es una ironía. ¿Para qué van a financiar becas si estamos perdiendo a la misma Universidad Nacional? Y las privadas, muchas, no todas, son farsas. No digamos las últimas: la Regional y la Juan José Arévalo de Mazariegos, hija putativa de la indiferencia de Bernardo Arévalo.
Roth, enseguida, corta el romanticismo que tanto nos gusta: descubrir la pasión no basta. Hay que practicar con vigor, trabajar más duro y mejor, ir más lejos de lo que uno creía posible. Si usan la inteligencia artificial para no esforzarse, aprenderán poco. La inflación de notas es perniciosa: le señala al joven que ya dominó una tarea cuando apenas empieza a entenderla. El profesor debe dejar de temer exigir. El estudiante debe aprender sin dependencia excesiva de la máquina. Para esto hay investigación científica sobre el aprendizaje. Esa investigación debe ser conocida por los profesores para mejorar su docencia.
Roth también defiende lo que mis alumnos llaman “divertido”: las amistades que nacen en un laboratorio, en un equipo, en una discusión que sigue en la cafetería o en el campo de juego. Cada año, dice, se encuentra con egresados que siguen siendo amigos —o cónyuges— de alguien conocido en las primeras semanas. Hay algo, sostiene, en abrirse a lo nuevo a esa edad que deja cimiento duradero. De aquí vienen mis amistades más profundas, más duraderas: Mi amigo Migue Pagliara Valz, también ingeniero químico de la USAC, y Marta Centeno Orantes, la primera ingeniera en electrónica de la USAC. Abrazo al cielo, Marta, que sigues siendo mi amiga.
El cierre de Roth es filosófico y político a la vez. La universidad es menos asequible de lo que debería. Falta diversidad intelectual. Es fácil burlarse del alboroto juvenil. Desde Jefferson hasta Nixon y Trump, dice Roth, se ha quejado de los estudiantes. Igual aquí en Guatemala. Al fin y al cabo, esos estudiantes están aprendiendo a practicar la libertad: lo contrario de calcular cómo encajar en el mundo que les dejan. Están tratando de averiguar qué significa ser humanos decentes en un mundo cada vez más hostil y, a veces, más desalmado. Hay que alentarlos.
Hasta ahí, Roth y yo podemos sentarnos en la misma mesa. El desacuerdo empieza cuando esa libertad se predica como si el campus ya estuviera dado, financiado y abierto. En Guatemala, la pregunta no puede quedarse en el primer semestre de exploración ni en el asombro ante un programa universitario que incluye a Platón, a Maquiavelo y a Karl Marx. Aquí hay que preguntar para qué vamos a la universidad cuando la universidad no va al país.
En la próxima entrega estudiaré la función económica y la función política de la universidad. El salario que se promete, los años que se cobran y la universidad capturada que no forma ciudadanos. Hasta entonces, queridos lectores.







