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El agua no es solo un recurso. Es el tejido vivo que une comunidades, ecosistemas y el destino colectivo de una nación. Este tejido es alimentado por un ciclo, un ciclo de naturaleza social. El ciclo social del agua es como el flujo de sangre en el cuerpo humano, analógicamente hablando. En Guatemala, sin embargo, ese tejido se desgarra día a día por la contaminación sistemática, la ausencia de tratamiento y una gobernanza que sigue siendo más declarativa que efectiva.

Hace casi dos décadas, un equipo de investigadores del International Water Management Institute –M. Dinesh Kumar, Zankhana Shah, Sacchidananda Mukherjee y Arun Mudgerikar– publicó un trabajo que sigue siendo profundamente relevante: Water, Human Development and Economic Growth: Some International Perspectives (2008). Con datos de 145 países, construyeron un Índice de Uso Sostenible del Agua (SWUI) a partir del Water Poverty Index y demostraron algo que Guatemala aún no ha asimilado: la seguridad hídrica no es un resultado del crecimiento económico, sino uno de sus motores principales.

Repito: la seguridad hídrica no es un resultado del crecimiento económico, sino uno de sus motores principales.

Eso quiere decir que mejorar el acceso real al agua, el uso sostenible, el entorno hídrico y las capacidades institucionales elevan de manera robusta el Índice de Desarrollo Humano (explica cerca del 80 % de su variación) y, a través de esa vía –mejor salud, menos malnutrición, menor mortalidad infantil–, impulsa el crecimiento económico. La causalidad va de la seguridad hídrica al desarrollo humano y de ahí al crecimiento, no al revés. Los países pobres no pueden esperar a ser ricos para resolver sus problemas de agua; deben invertir primero en infraestructura, instituciones y reformas de política para desencadenar el círculo virtuoso.

Guatemala ilustra con crudeza lo que ocurre cuando se ignora esa evidencia. La Encuesta Nacional de Desarrollo en Salud (Endesa) 2025 del Instituto Nacional de Estadística muestra que el 70 % de la población reporta haber contado con agua suficiente en el último mes y el 66 % utiliza fuentes mejoradas disponibles. Sin embargo, el 52 % consume agua de fuentes contaminadas con E. coli. En el área rural la contaminación fecal alcanza el 71 %, frente al 37 % en el área urbana. En Huehuetenango supera el 80 %; en el departamento de Guatemala es “solo” del 23 %. Alta Verapaz apenas llega al 47 % de disponibilidad de fuentes mejoradas. Estos no son números abstractos: son niños que absorben materia fecal junto con el agua, desnutrición crónica que se enquista y generaciones cuya productividad se erosiona en silencio.

El Informe Ambiental del Estado de Guatemala del MARN (período 2024), obligación legal derivada del Decreto 114-97, confirma el deterioro con su propio lenguaje cauteloso. Utilizando el Índice Simplificado de Calidad de Agua (ISQA) de Insivumeh en unos 82-85 puntos de muestreo, solo 36 resultan “buenos” … y aún esos requieren tratamiento para consumo humano según la norma NTG 29001. El resto es intermedio, malo o peligroso. El informe reconoce vertidos sin tratamiento, desechos mal dispuestos y contaminación agrícola difusa, pero lo hace con el tono diplomático propio de un documento dirigido a la maquinaria estatal: registra el problema sin incomodar demasiado, clasifica como “buena” un agua que aún no es potable y evita cuestionar de raíz la ausencia de una ley de aguas y el paupérrimo 10 % de tratamiento de residuales a nivel nacional.

¿Cuándo vamos a entender que el principal problema de agua en Guatemala es su calidad? Simplemente no hay tratamiento y nadie hace nada, nada de nada. Lo peor es que la misma Corte de Constitucionalidad les ha dado luz verde a los alcaldes organizados de la ANAM para no hacer tratamiento. 

¿Qué se puede hacer en un Estado hídrico fallido como el guatemalteco? La evidencia de Kumar y sus colegas ofrece una hoja de ruta clara y urgente.

Primero, dejar de tratar el agua como un asunto sectorial o residual del presupuesto y convertirla en eje prioritario de la política de desarrollo. La inversión en infraestructura hídrica –tratamiento real de aguas residuales, protección de fuentes, sistemas de distribución confiables y almacenamiento en zonas de alta variabilidad climática– no es un gasto social: es una inversión productiva que genera retornos a través de la salud, la educación y la fuerza laboral.

Segundo, construir instituciones que funcionen. Guatemala necesita una ley de aguas que ordene el recurso, asigne derechos claros, establezca prioridades de uso, sancione la contaminación con fuerza real y cree mecanismos de coordinación efectiva entre el MARN, el Ministerio de Salud, el de Agricultura y las municipalidades. Mientras las competencias se solapen y la fiscalización sea débil, el deterioro continuará.

Tercero, priorizar la calidad microbiológica con la misma intensidad con que se habla de cobertura. Fuentes “mejoradas” que entregan E. coli no son un avance: son una trampa. El monitoreo debe ser sistemático, transparente y vinculado a acciones correctivas inmediatas, especialmente en las zonas rurales e indígenas donde la brecha es más profunda.

Cuarto, se deben focalizar las inversiones donde el retorno en desarrollo humano es mayor: departamentos como Huehuetenango, Alta Verapaz, San Marcos y Jalapa, y las comunidades indígenas y pobres donde la contaminación fecal y la desnutrición se refuerzan mutuamente.

Finalmente, abandonar la ilusión de que el crecimiento económico resolverá por sí solo el problema del agua. Los datos internacionales demuestran lo contrario. Un Estado hídrico fallido no se corrige esperando a ser más rico; se corrige invirtiendo deliberadamente en seguridad hídrica para generar desarrollo humano y, desde ahí, crecimiento sostenible. Para eso se requiere un gobierno con rumbo. 

Ante la ausencia de tratamiento y de calidad de agua, el tejido social guatemalteco se desgarra. Pero aún puede repararse. La evidencia existe desde 2008. Los datos nacionales de 2025 lo confirman. Lo que falta es la decisión política de tratar el agua no como un problema ambiental más, sino como la condición material del desarrollo de Guatemala. Hagámoslo, pero hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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