0:00
0:00

Hay lectores que se molestan con algunos de mis argumentos porque creen que mis críticas al presidente y vicepresidente han sido injustas y hasta exageradas. Voy a explicar mis argumentos de por qué creo que el gobierno de Bernardo Arévalo y Karin Herrera ha sido no solamente un desencanto, ha sido una farsa. Lo hago porque me concibo como una persona demócrata, verdaderamente democrática, que respeto y que vengo del mundo de las teorías y la evidencia. No acepto teoría, bla, bla, bla sin evidencia y no acepto evidencia sin teoría. No hago defensa oficiosa de político alguno y si respondo es porque veo en los comentarios de los lectores una genuina preocupación.

Me cuesta entender la forma en que Bernardo Arévalo decidió tener una presidencia que no huele ni hiede, una especie de parásito político que se aprovechó de la ilusión de los guatemaltecos que, sabiéndolo hijo de un revolucionario como Juan José Arévalo Bermejo, decidimos extrapolar las capacidades del presidente revolucionario a este timorato, incapaz, inútil pseudo líder político que se esconde en el perfil de su señor padre.

Por doloroso que sea, debemos aceptar que cometimos un error y que ese personaje disfrazado de demócrata, una vicepresidenta disfrazada de científica y unos ministros que no tuvieron que disfrazarse, todos han sido inútiles.

¿Existirá evidencia de estas percepciones? Sí, hay evidencia. Empecemos con el artículo de Emilio Matta.

En su columna “Han desperdiciado su oportunidad”, publicada el 6 de mayo de 2026 en La Hora, Emilio Matta desnuda con precisión quirúrgica lo que muchos preferimos no mirar de frente. El gobierno de Arévalo, lejos de ser la excepción histórica que prometió, ha reproducido –casi al pie de la letra– el guion de los Morales y los Giammattei. Negoció en el Legislativo a través de su entonces delfín Samuel Pérez los presupuestos abultados utilizando los fondos de los Codedes y el situado constitucional del 10 % de las municipalidades como moneda de cambio. Miles de millones de quetzales terminaron en bolsillos de constructoras allegadas a diputados, alcaldes y funcionarios, algunos vinculados al crimen organizado, sin traducirse en desarrollo real para las comunidades.

La ejecución presupuestaria de Covial apenas alcanzó el 12 % cuando debería rondar el 40 %, con el invierno ya encima. Las justificaciones oficiales —que aumentaron la asignación de recursos— no ocultan la verdad: quejas y excusas, nunca ejecución. En materia económica, el gobierno atribuye el crecimiento a sus presupuestos desfinanciados, cuando las remesas explican al menos el 50 % de ese crecimiento y son la verdadera red de contención ante shocks externos. Y, para completar el cuadro, la intolerancia a la crítica y el uso de redes sociales para descalificar voces disidentes. Matta concluye, con razón, que este es el último año efectivo de gobierno y que han desperdiciado su oportunidad.

Esa oportunidad no se desperdició por falta de margen político ni por un “sistema adverso”. Se desperdició porque Bernardo Arévalo simplemente no quiso enfrentar a Consuelo Porras cuando ella dirigía el Ministerio Público. Tuvo el capital político, el respaldo internacional, nacional y popular inicial y el discurso de “lucha contra la corrupción” para hacerlo. Prefirió no hacerlo. Prefirió la negociación tibia, la coexistencia silenciosa y la parálisis institucional. Esa decisión –o más bien esa ausencia de decisión– define todo su mandato.

Arévalo es un presidente sin rumbo. Una persona sin rumbo que escogió a una vicepresidenta sin rumbo, a ministros sin rumbo y que sigue, hasta hoy, sin rumbo. 

La construcción social de su ineficiencia, incapacidad e inutilidad no es un accidente: es el resultado lógico de un liderazgo que nunca se atrevió a gobernar de verdad. Se contentó con administrar la ilusión y, cuando la ilusión se agotó, solo quedó la farsa.

Hay tanta evidencia del desastre de este gobierno. Pero lo que para mí realmente fue la gota que rebalsó el vaso fue el caso de la Universidad de San Carlos. Déjeme explicar, dar teoría y presentar evidencia de lo que creo que sucede en esa triste historia. Aquí fue cuando observé con claridad que Arévalo no tiene nada de líder, nada de presidente, nada de democrático, nada de nada. Su actitud encaja con precisión en los patrones que el psiquiatra y psicólogo español Iñaki Piñuel describe como el “psicótico inverso”.

En sus libros titulados: Mi jefe es un psicópata y Amor Zero, Piñuel caracteriza al psicópata organizacional de “guante blanco” como un depredador sutil que conquista el poder mediante manipulación, simulación de empatía y destrucción sistemática de la institución, transformándola en un feudo personal donde la lealtad ciega reemplaza la excelencia. Eso fue Alejandro Giammattei y eso es Walter Mazariegos.

Walter Mazariegos encarna con claridad este perfil. En contraste, Bernardo Arévalo representa la figura complementaria: el facilitador pasivo o “psicótico inverso”. Un líder cuya evitación patológica del conflicto, miedo a la confrontación y posible narcisismo vulnerable terminan legitimando y consolidando al psicópata activo. Lejos de confrontarlo, habilita la captura mediante inacción, silencio cómplice y, en ocasiones, uso selectivo de la fuerza pública contra quienes sí resisten.

Esta dinámica dual –psicópata activo y psicótico inverso– no es solo un diagnóstico individual. Genera climas de miedo, división y ausencia de pensamiento crítico que destruyen desde dentro las organizaciones y, por extensión, las instituciones democráticas. El daño en la Usac es el más profundo y simbólico: mientras defensores del cambio enfrentan judicialización, exilio o prisión, la indiferencia de Arévalo y Herrera han facilitado la consolidación de Mazariegos. Incluso permitió el atrevimiento de fundar una universidad privada con el nombre del padre del presidente, Juan José Arévalo, acusada de utilizar fondos estatales, una universidad patito, de cartón, de esas que dan carreras de derecho de mentira y solo existen para jugar el combo de la corrupción en las comisiones de postulación. El silencio ante ese ultraje a la memoria paterna es el colmo de la parálisis.

Por aparte, frente a las acusaciones de que existió una negociación o pacto entre el presidente Bernardo Arévalo y Walter Mazariegos para consolidar la rectoría de la Usac, Helmer Velásquez ha sostenido de manera enfática que se trata de una fake news, una narrativa perversa y efímera orquestada por sectores del Pacto de Corruptos y la derecha. Esa opción junto con otras serán analizadas en esta serie de artículos de construcción social de la ineficiencia, incapacidad e inutilidad. 

En mi siguiente entrada sobre esta serie analizaré si realmente Arévalo disponía de las herramientas legales, económicas, políticas y culturales para realizar una presidencia efectiva. También analizaré el papel de la vicepresidenta Herrera y su aporte a la presidencia de Bernardo Arévalo y a la mejora sustantiva del país. Lo haré en el problema más grave que tenemos: Desnutrición infantil. 

Artículo anteriorDe 18 a 63 palabras por minuto: ¿Cómo está recuperando el Mineduc el nivel de lectura en las aulas tras la pandemia?
Artículo siguienteFinalización de financiamiento de defensa legal de menores inmigrantes en EE. UU.