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“Eppur si muove” dijo Galileo Galilei, tras verse obligado a retractarse ante la Inquisición en 1633 por defender que la Tierra giraba alrededor del Sol… Y sin embargo, se mueve.

Hoy, 1 de julio de 2026, mientras el Consejo Superior Universitario convoca sesiones virtuales para intentar consumar lo que ya muchos llaman el segundo fraude rectoral, la Universidad de San Carlos de Guatemala vive un momento que trasciende la disputa administrativa o la contienda legal. Se consuma, o se pretende consumar, el secuestro de la Usac.

No es solo que Walter Mazariegos busque asumir un segundo período sin los votos claros en todos los cuerpos electorales, sin finiquito y con amparos pendientes. Es que lo hace –o lo intentan imponer– en medio de la más completa ausencia de pensamiento.

Mariano González, un observador lúcido, en plaza pública lo ha señalado estos días con palabras que duelen porque son ciertas: la ausencia de pensamiento es el fracaso profundo y vergonzoso de esta rectoría. Una universidad que no piensa, que no ejerce el poder de la ciencia y de la reflexión crítica, queda desarmada. Y una universidad desarmada de pensamiento es una universidad fracasada. No ha habido en estos años un proyecto académico serio, un debate público con los críticos, una propuesta de rumbo para formar a las nuevas generaciones frente a la desigualdad, la crisis de la tierra, la calidad del agua o la irrupción de sistemas inteligentes. Solo ha habido maniobras para retener el poder, expedientes disciplinarios, cierres parciales del campus y tácticas que recuerdan más a un alcalde en campaña que a una autoridad universitaria.

Esta degradación de la tarea universitaria no es accidental. Es la consecuencia lógica de una captura largamente preparada. La Usac que surgió o se refundó con carácter popular y autónomo tras la Revolución de 1944 fue pensada como espacio de conciencia crítica al servicio del pueblo, no como instrumento de los dueños de la finca. Hoy, bajo esta rectoría, se ha convertido en el engranaje que silencia la disidencia, que desperdicia recursos públicos y que contribuye –por omisión o por acción– al pacto de corruptos que mantiene la exclusión estructural del país. El “éxito” político de aferrarse al cargo es, en realidad, el más rotundo fracaso institucional.

Lo más doloroso, sin embargo, no es solo lo que hace o deja de hacer la rectoría impuesta. Es el mutismo cómplice de muchos profesores que observan, desde la comodidad del silencio o el cálculo oportunista, cómo se secuestra su propia casa de estudios. Esa indiferencia ensordecedora que he señalado en columnas anteriores es parte de la tragedia. ¿Dónde quedó el ethos del artesano que hace bien el trabajo con manos, corazón y mente? ¿Dónde la práctica reflexiva que nos enseñó Donald Schön como esencia misma de toda profesión digna? ¿Dónde la comprensión de que el conocimiento se reconstruye socialmente, en el diálogo crítico con la realidad, y no se impone desde arriba ni se vende como mercancía?

Porque de eso se trata al final. Una universidad que deja de pensar no forma ingenieros, médicos, abogados o educadores reflexivos y comprometidos. Forma, en el mejor de los casos, técnicos competentes pero acríticos; en el peor, profesionales que reproducen las estructuras de exclusión que el país ya no puede sostener. La Usac se juega hoy, como lo he escrito antes, el futuro mismo de Guatemala: o recuperamos una universidad autónoma, crítica y popular, o consolidamos un modelo autocrático donde la educación superior sirve solo a los intereses de siempre.

Y sin embargo, no todo está perdido. La resistencia sigue viva: estudiantes que no se doblegan, docentes que no callan, comunidades que acompañan, acciones legales que –incluso desde el Ejecutivo– buscan restituir condiciones de legitimidad. Los caminos se hacen al andar. La recuperación de la Usac no vendrá de un solo acto heroico ni de una resolución judicial milagrosa. Vendrá de la reconstrucción paciente de espacios de discusión académica, del apoyo activo a quienes resisten, de la ruptura del silencio cómplice y de la decisión colectiva de no permitir que el secuestro sea definitivo.

En este 1 de julio, el país entero puede ver con claridad lo que esta rectoría representa: no un triunfo, sino la exhibición pública de un fracaso profundo. Quedará en la memoria como un momento de degradación institucional. Pero también puede quedar como el día en que muchos despertamos y decidimos que la universidad que piensa, la universidad que dialoga, la universidad que sirve al pueblo, aún puede ser recuperada. Depende de lo que hagamos a partir de ahora. Salvemos a la universidad pública. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora no será nunca.  

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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