Mientras anoche en la soledad de un hotel me ahogaba con mi propia saliva, pensé en el perrito aquel que agonizaba en la hidroeléctrica de Santa María de Jesús, Zunil, Quetzaltenango, este fin de semana. Su sufrimiento era mayor. Su soledad era mayor. Yo tenía a mi mano la ayuda, la voz que amo, la salida, él no.
Sus aullidos se clavaron en mi tímpano, en mi cerebro, en mi memoria y en la memoria colectiva de todos los que estábamos ahí. Ninguno aguantaba más ese dolor profundo. El perrito yacía en su lecho de muerte —una cuneta para el agua de lluvia— y gemía. Las moscas ya ocupaban mucho de su cuerpo semimuerto y las aves de rapiña volaban en círculos bajos para devorar a su inminente presa.
Pero también nos tocaba algo más hondo: compartíamos el mismo planeta y, en ese instante, la misma calle. El mismo planeta que por nuestro egoísmo hemos contaminado. El paisaje era hermoso, árboles por todos lados, flores, las casitas del pueblo y los cultivos, pero la represa de agua tenía todos los desechos de río arriba: Zunil, Cantel, Quetzaltenango, La Esperanza, San Mateo, Olintepeque, Salcajá, San Cristóbal, San Francisco El Alto, Chiquilaja y todos los pueblos y caseríos que usamos el río Samalá como drenaje. Era el mismo escenario y paisaje para el bello, agonizante, perrito café con matices de labrador.
Nuestros pasos le daban esperanza. Cuanto más nos acercábamos, más intensos eran sus aullidos. El perrito no sabía nada del efecto Doppler, pero lo usaba con precisión animal. El efecto Doppler es el cambio en la frecuencia aparente de una onda por el movimiento relativo entre emisor y receptor. Nuestros pasos generaban ondas sonoras que, al acercarnos, se comprimían y subían de tono; al alejarnos, se expandían y bajaban. El perro lo percibía intuitivamente: esperanza cuando nos aproximábamos, abandono cuando nos íbamos.
Todos sabíamos que eran sus últimos momentos. En ese instante dejamos de ser solo humanos racionales y nos convertimos en mamíferos consecuentes, empáticos, parte del mismo reino animal. Sentimos el verdadero amor: el que duele y obliga a actuar. Todos colaboramos para terminar lo más pronto y humanamente posible su intenso sufrimiento.
Esa decisión no fue crueldad. Fue eutanasia.
Como explica el veterinario César Augusto Cabrejo Saavedra en su artículo “La eutanasia en medicina veterinaria de pequeños animales” (REDVET, 2016), la eutanasia es una “buena muerte”: un procedimiento humanitario, indoloro, rápido y confiable que busca acabar con el sufrimiento de un ser vivo cuando enfrenta una enfermedad incurable, un trauma grave o una calidad de vida irreversiblemente destruida. No se trata de matar por comodidad, sino de evitar el dolor inútil.
En nuestro caso, no había veterinario a la mano. Actuamos con la solidaridad cruda de quien comparte el mismo mundo. Pero esa improvisación duele. Revela la fragilidad de nuestros sistemas: en zonas rurales y urbanas de Guatemala donde muchos animales sufren largas agonías porque falta acceso oportuno a cuidados profesionales, esterilización masiva y tenencia responsable. Esto es, que los «dueños» cuiden realmente a sus perros, a sus mascotas, y no que extraigan de ellos todo, desde la atención hasta el amor que no les dan de regreso. Eso simplemente es egoísmo.
Aquel perrito café nos unió. Nos recordó que la relación hombre-perro trasciende lo racional: es mamífera, visceral y solidaria en ambas vías. El verdadero amor no es solo acariciar cuando todo va bien; o recibir caricias cuando todo es perfecto, es tener el coraje de terminar el dolor cuando ya no hay esperanza.
Por eso, más allá de la acción inmediata, necesitamos construir solidaridad real: más clínicas veterinarias accesibles, campañas de esterilización, educación y políticas que reduzcan el abandono y el sufrimiento. Nuestras calles están llenas de perritos, muchos que tienen «dueño», pero un dueño que los usa les extrae la atención, la compañía y el «amor» cuando el supuesto dueño lo necesita para luego ser abandonados a su mala suerte.
Quienes escuchamos el profundo dolor de los aullidos del perrito café y que luego hicimos algo para que su dolor terminara de la forma menos dolorosa posible no olvidaremos nuestro breve encuentro con la vida y con la muerte, dos caras de la misma moneda ni olvidaremos el verdadero amor y el desamor a los animales. Ahora que pasó el ahogo nocturno con saliva, puedo tomar agua, puedo escuchar la voz que me calma de la persona amada a través del teléfono, el perrito no, porque los perros en Guatemala forman parte del paisaje del abandono que hemos normalizado. Eso debe cambiar. Tener una mascota es una responsabilidad y esa es una responsabilidad social.







