Claramente la celebración del Día del Padre no se acerca a la intensidad de la celebración del Día de la Madre. En Guatemala se celebra el 17 de junio de cada año. En Estados Unidos será este domingo 21 de junio. En ese país se celebra el tercer domingo de junio. Yo tengo una hija en Guatemala y tengo otra hija en Estados Unidos, en el Estado de Michigan. Con ambas he sido padre, padre dentro de los cambios de la modernidad, pero padre al fin.
Ser padre el siglo pasado no es lo mismo que ser padre en el Siglo XXI. Venimos de relaciones estructuradas, con roles claramente establecidos donde mis abuelos y mis padres tenían funciones específicas, no se confundían. El padre era un proveedor que en general se involucraba poco en la formación, educación y disciplina de los hijos. Las familias del siglo pasado crecían alrededor de la figura materna, claramente establecida y donde la mujer se encargaba de la familia, su educación, alimentación, vestimenta y todo lo del hogar. El hombre proveía materialmente.
Mi padre, Horacio Cajas Cantoral, era un tanto diferente. No era un hombre de la modernidad. Era, como eran los padres del Siglo XX, especialmente de mediados del Siglo XX, una persona muy trabajadora y disciplinada, que inculcó amor y respeto al trabajo, así como disciplina. No solamente era trabajador, era muy trabajador. Sus jornadas no estaban limitadas a 8 horas diarias, sino que su día de trabajo empezaba en la madrugada cuando un papelito y un lapicero eran los testigos del listado de actividades y objetivos del día. Me decía: «no puedo creer cómo la gente va por el mundo sin una lista de sus actividades del día».
Era mecánico, inventor de tornos, de maquinaria, de grúas mecánicas de todo tipo, inventaba porque no le gustaba traerla solamente del extranjero. Era un creyente en la invención local de maquinaria adaptada a nuestras necesidades. Aprendió la mecánica automotriz muy temprano en su vida, de unos 16 a 18 años en un taller local de Quetzaltenango que se llamaba Talleres Weissemberg, a inicios de los años 50 del siglo pasado. Estos eran los distribuidores de la marca Ford, que entonces llenaban el mercado automotriz, de buses y camiones de la ciudad de Quetzaltenango.
Muy joven trabajó en una empresa norteamericana que hacía la carretera de Mazatenango a Retalhuleu, cruzando el río Samalá, a través de un puente que al final se le llamó Castillo Armas. Ya luego se casó con mamá. Lydia Dominguez Amaya, una maestra de educación primaria urbana. Aunque mamá era madre hogareña, también trabajaba con el Ministerio de Educación y debía viajar todos los días a su trabajo a unos 40 kilómetros de Quetzaltenango. Eran tiempos recios porque había que cuidar a cuatro hijos, trabajar de maestra y además atender el hogar.
Papá gustaba de su trabajo, el que iniciaba desde las 7 de la mañana, luego de irnos a dejar a cada uno de nosotros a las diferentes escuelas de primaria. Nunca entendí cómo le daba tiempo a estas y otras actividades del hogar. Ciertamente en el trabajo era un educador, un docente, un didacta que hizo escuela. A su muerte le lloraban sus trabajadores, antiguos y nuevos. Antiguos, trabajadores con talleres, con negocios consolidados en Quetzaltenango. Nuevos, jóvenes que lo miraban como padre, como modelo, como yo siempre lo vi y como yo siempre lo veo.
A papá le gustaba su trabajo, sus inventos, sus comercios, sus construcciones, sus diarios planes. Nunca tuvo una cuenta de ahorros porque decía que el dinero era para invertirlo. Pero nunca lo miraba tan feliz como cuando iba de compras, con mamá o solo, al mercado local. Era un hombre feliz, pero en el mercado era aún más feliz. Le encantaba ir de compras, conocía a la gente del mercado por su nombre. Debe ser que de pequeño, al negrito, lo enviaban al mercado y en el mercado encontraba el amor maternal que había perdido a la temprana muerte de su madre, Carmen Cantoral, cuando tenía 4 años.
Era raro, pero a veces estaba triste sin que para mí tuviera un motivo. Pero creo que era cuando extrañaba a su madre de la que tenía solamente recuerdos muy vagos. Siempre hizo hogar con mamá. Jamás nos abandonó ni económica ni emocionalmente y menos espiritualmente. No era perfecto. Tenía defectos. Pero sí hay algo bueno en mí, fue porque él me lo inculcó.
A inicios de los años 60 del Siglo pasado debió viajar a Nuevo Orleans, donde mejoró sus capacidades mecánicas. Sin embargo, regresó meses después porque dijo que nos extrañaba mucho. No hay día en que no lo extrañe. Hubo separaciones fuertes de años cuando emprendí mis viajes al Sur y luego al Norte, pero cada vez que salía yo ya soñaba en volver para volverlo a ver, a abrazar y a besar.
Tendría yo 9 años y recién me contó que había pagado una hipoteca. Creo que yo sonreí, o vi y canté aquella canción de Piero: «Es un buen tipo mi viejo…»
Hoy sesenta años después. Vuelvo a cantar, mirando al cielo, desde donde sé que me ves papá:
«Es un buen tipo, mi viejo
Que anda solo y esperando
Tiene la tristeza larga
De tanto venir andando
Yo lo miro desde lejos
Pero somos tan distintos
Es que creció con el siglo
Con tranvía y vino tinto
Viejo, mi querido viejo
Ahora ya camina lerdo
Cómo perdonando el viento
Yo soy tu sangre, mi viejo
Soy tu silencio y tu tiempo…»







