Leer no es natural. Es un acto artificial, arduamente aprendido, que exige instrucción, disciplina y una buena dosis de valentía. Leer es verbo; lectura, el sustantivo que nombra esa práctica social compleja, orientada a fines, que nos permite apropiarnos del conocimiento y reproducirlo en el tiempo.
Desde la invención de la escritura hace unos diez mil años, los seres humanos construimos una nueva forma de relacionarnos con el mundo y entre nosotros. La imprenta del siglo XV democratizó esa relación: hizo posible el libro como artefacto versátil, barato y dinámico que transporta verdades, amores, desencuentros y memorias. Pero el libro solo cobra vida cuando existe una comunidad de lectores que domina sus normas. El texto es, en esencia, un diálogo pospuesto: el escritor habla y espera que un lector, en otro tiempo y lugar, construya sus propios mundos posibles a partir de esas palabras.
En mi reciente libro La Naturaleza Social del Ciclo del Agua, Editorial Piedrasanta, 2026, en el capítulo titulado El lago de Atitlán, constructor de identidades, en la página 114 escribo: «Es tan profunda la capacidad del lago, del agua y sus pueblos, que su cultura, su identidad, va más lejos que la vida y que la muerte».
Un lector puede interpretar la frase como una referencia al vínculo profundo entre identidad y territorio emocional. El lago funciona como un “objeto psíquico colectivo”, un espacio que habita dentro de las personas incluso cuando ellas ya no están físicamente en él. Otro lector podría interpretar que la muerte biológica no destruye completamente al individuo porque la cultura y la memoria colectiva sobreviven en los paisajes, en las costumbres, en las narraciones y en las prácticas comunitarias ligadas al agua. Habrá tantas interpretaciones como lectores críticos lean esta frase o este libro.
Leer no emerge biológicamente como el habla. Requiere maestros, currículo y esfuerzo sostenido. Por eso, leer es un acto de valentía: quien no lee libros no entiende del todo; quien no escribe, corre el riesgo de mentir con interpretaciones superficiales. Sin lectura profunda y sin escritura rigurosa no existirían la ciencia, la tecnología ni la educación moderna tal como las conocemos.
Es precisamente por esta razón que la Feria del Libro al Viento Suroccidente 2026 adquiere una importancia fundamental. Del 27 al 30 de mayo, en Casa Fátima de Retalhuleu, se materializa una estrategia real de descentralización cultural. Lejos de la concentración capitalina, o la misma concentración de las urbes cercanas como de la ciudad de Quetzaltenango, esta iniciativa de la Asociación Gremial de Editores de Guatemala (AGEG) junto al Ministerio de Cultura y Deportes lleva libros, autores y mediadores a territorios con menor acceso editorial.
Esta cuarta edición, dedicada a la maestra y escritora Leonor Alicia Friely Taracena —referente educativa y cultural del suroccidente—, no es solo una feria más. Es un espacio de encuentro entre comunidades de lectores y escritores, editoriales y libreros, con más de 50 actividades gratuitas: presentaciones, conversatorios, talleres y cuentacuentos especialmente diseñados para niñez y juventud. Horario: de 9:00 a 19:00 horas. La entrada y la salida es libre.
La literatura aquí cumple un doble rol poderoso: actúa como espejo que valida nuestra identidad local, nuestras geografías y realidades (luchando contra estereotipos), y como ventana al mundo que amplía horizontes sin necesidad de viajar, aunque siempre hay que viajar. En un país donde los índices de comprensión lectora siguen siendo alarmantemente bajos, estas ferias itinerantes se convierten en laboratorios vivos de esa práctica social que tanto necesitamos.
Guatemala necesita miles de estas comunidades de lectores. Cada libro leído es un paso hacia una ciudadanía más empática, crítica y capaz de construir un mejor país. Por eso invito a familias, maestros, estudiantes y a todos los que estén de paso por Retalhuleu: asistan a Libro al Viento Suroccidente. Lleven a sus hijos, nietos, sobrinos, amigos, amigas, novio o novia, discutan lo leído, anótenlo, conversen. Nos vemos en Retalhuleu, capital del mundo.







