Mientras observo la luna llena, la luna de Xelajú, no hay forma de no preguntarle, preguntarme de dónde vine.
En mi libro La naturaleza social del ciclo del Agua, de Editorial Piedrasanta, Guatemala 2026, ahora en Sophos, escribí un pequeño capítulo sobre un posible origen de este bello satélite, ahora fotografiado y conocido muchísimo mejor por la misión Artemis II. Por supuesto, la teoría que describo es una especie de consenso científico que se ha construido durante las últimas décadas.
Hace 4,500 millones de años, como si fuera ayer, una nebulosa se formó por aquí por donde ahora vivimos, esta parte del Universo. Esa fría masa de gas y polvo en forma de disco, con su estrella central, dio origen al Sistema Solar. Este planeta nuestro y los otros tenían actividad volcánica temprana, pero aún no había atmósfera sino luego de choques con cometas y asteroides que tenían agua helada, cuyo ciclo aún no empezaba. Todo era hielo. Hubo dos golpes, impactos, al menos de masa a la naciente Tierra solamente gobernada por la gravitación. Un planeta llamado Tea golpeó la Tierra y formó la Luna, sí, la Luna. Quién iba a pensar que Tea sería la madre de las futuras mareas de un océano que aún no emergía.hIP
Ese impacto fue titánico. Imagínenlo: un cuerpo del tamaño aproximado de Marte chocando lateralmente con la proto-Tierra. No fue un golpe suave. Fue una colisión que fundió rocas, vaporizó océanos que apenas empezaban a formarse y lanzó al espacio una nube inmensa de material derretido, mezcla de los mantos de ambos planetas. Parte de ese material se quedó orbitando nuestra Tierra y, con el tiempo y la gravedad, se fue aglutinando hasta formar la luna que hoy observo en esta noche tibia de abril en Quetzaltenango, la Luna de Xelajú.
El consenso científico llama a esto la hipótesis del impacto gigante. Explica varias cosas que antes no cuadraban: por qué la Luna es tan grande en relación con la Tierra (casi un cuarto de su diámetro), por qué su composición se parece tanto a la del manto terrestre y por qué tiene tan poco hierro en su núcleo comparado con nuestro planeta. La Luna no es un “hermano” capturado del espacio, ni un pedazo arrancado de la Tierra por rotación rápida, como se pensó antes. Es hija de un cataclismo cósmico y está hecha de material terrestre.
Y aquí viene lo que más me fascina y que relaciono directamente con el ciclo del agua que estudio: ese mismo impacto ayudó a redistribuir el agua que ya había llegado a la Tierra primitiva en forma de asteroides ricos en hielo. El calor extremo vaporizó parte de esa agua, pero luego, al enfriarse el sistema, se condensó y cayó de nuevo. La Luna, recién formada, estabilizó la inclinación de la Tierra y permitió que las mareas fueran regulares. Sin esas mareas constantes, quizá la vida en los océanos no habría tenido el “vaivén” necesario para mezclar nutrientes y oxígeno en las costas. Las mareas que hoy vemos en el Pacífico, en el Atlántico o en nuestras costas guatemaltecas del Caribe y el Pacífico son, en buena medida, herencia de aquel abrazo violento entre Tea y la Tierra.
Existen otras teorías del origen de la Luna, algunas más antiguas y poéticas. Por ejemplo, en su clásico libro The Sea Around Us (1951), la bióloga marina Rachel Carson describe una hipótesis fascinante: la Luna se habría formado por un enorme aumento del oleaje marino en lo que ahora es el océano Pacífico. Según esta idea, en una etapa temprana de la Tierra aún viscosa y en proceso de solidificación, las fuerzas de resonancia entre las mareas solares y la oscilación natural del planeta habrían generado olas de altura inimaginable. Después de cientos de años de estas mareas monstruosas, una gran ola de material terrestre se habría desprendido y lanzado al espacio, formando la Luna. Como resultado, quedaría una enorme cicatriz en la superficie de la Tierra: la cuenca del océano Pacífico. Carson lo narra con esa belleza poética que la caracteriza, recordándonos que al mirar las mareas bajo la luna, estamos viendo el eco de ese posible nacimiento dramático.







