Eduardo Blandón

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Fecha de nacimiento: 21 de mayo 1968. Profesor de Filosofía, amante de la literatura, fanático de la tecnología y enamorado del periodismo. Sueño con un país en el que la convivencia sea posible y el desarrollo una realidad que favorezca la felicidad de todos. Tengo la convicción de que este país es hermoso y que los que vivimos en él, con todo, somos afortunados.

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Los intereses de las personas son variados y, dependiendo de la inclinación, pueden ser incluso raros.  Pienso, por ejemplo, en el gusto de algunos por los animales exóticos, serpientes o arácnidos (para mencionar lo más pedestre de las atracciones) o el ánimo en otros por temas profesionales como la alergología en la medicina.  Sin duda los paladares humanos son heterogéneos.

Yo, concretamente, soy aficionado a los nombres, aunque no me sienta particularmente especial.  Esa voluntad de saber, si hacemos arqueología, ya la había cultivado en el siglo I Dionisio Areopagita, que con su «De Divinis Nominibus» (Sobre los nombres divinos) le dio por explorar los nombres atribuibles a Dios: Ser, Vida y Sabiduría, entre otros.

Los nombres nos identifican y llegamos a asumirlos como una especie de sustantivación que nos fija en el tiempo.  Petrifican, forjando la ilusión de que quizá no somos lo mismo, pero sí el mismo.  Exactamente como el Dios judío autoproclamado «El que soy», (Ego sum qui sum).  Y vaya que tiene su valor esa certidumbre fantástica. 

En la experiencia cotidiana disfruto las historias de los padres cuando relatan el nombre de sus hijos. Frecuentemente lo hacen por razones narcisistas («Que me repongan», dicen), para venerar antepasados («Lleva el nombre de mi mamá») o por capricho, esnobismo o respetando el santoral.  Cuántas personas han sufrido por esa decisión espiritual.

En la cristiandad medieval los fieles se ahorraban el problema, unas veces llamando a sus vástagos según el santo del día, otras conforme a significados.  El ejemplo de San Agustín es ilustrativo porque llamó a su hijo «Adeodato», o sea «Dado por Dios».  La costumbre era extendida como lo atestiguan los «Teófilos» (Amigos de Dios), los «Pánfilos» (Amigo de todos), los «Eulogios» (Bienaventurados) y los «Cristóbal» (Los que llevan a Cristo), entre la más diferente colección nominal.

Puede que esa tradición religiosa haya variado bajo la influencia de la literatura, registrada ya en la antesala del Renacimiento.  Refirámonos por ejemplo a «Francesca da Rimini», «Laura» y «Fiammetta», todos nombres entresacados de las obras de Dante, Petrarca y Bocaccio.  Claramente dichas designaciones apelan a otra esfera, más profana por supuesto.

Ni qué decir de otros designativos tomados de la literatura latinoamericana y universal.  Cómo olvidar, en particular, a «Aureliano Buendía», Gabriel García Márquez; a «Florencio», Juan Rulfo; a «Tita de la Garza», Laura Esquivel; o a Meursault, Albert Camus.  Esa liberalidad, en perspectiva, designa un acto creador asumido principalmente por los artistas.

Los latinos decían que «De gustibus et coloribus non est disputandum» y algo de razón tenían cuando sugieren evitar discusiones inútiles.  Que cada uno prefiera lo que le agrade y viva conforme al imperativo del amor.  Lo demás anula, pervierte y violenta.  Hagamos lo que buenamente nos inspira las diversas ocupaciones de la vida. Seamos felices.

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