Carlos Figueroa

carlosfigueroaibarra@gmail.com

Doctor en Sociología. Investigador Nacional Nivel II del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. Profesor Investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Profesor Emérito de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede Guatemala. Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos. Autor de varios libros y artículos especializados en materia de sociología política, sociología de la violencia y procesos políticos latinoamericanos.

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Carlos Figueroa Ibarra

Hace setenta y un años, el brillante sociólogo estadounidense C. Wright Mills publicó su libro White Collar. Las clases medias estadounidenses, en el cual habló de Estados Unidos de América como una “sociedad de masas”. Por tal, Mills entendía una sociedad en la cual la opinión pública ya no estaba constituida por un pluralismo de círculos de opinión que de manera autónoma formaban su concepción acerca de los distintos temas de interés público. Lo que sucedía en esa “sociedad de masas” es que la opinión pública se construía desde los grandes medios de comunicación.

Acontecía que a través de la radio, la televisión, los grandes rotativos y en general medios impresos masivos, la población se enteraba de lo que sucedía, cómo sucedía y cuáles eran las causas de lo que sucedía. Esa población había perdido contacto directo con los hechos acontecidos, no tenía una percepción directa de los mismos, sino que los veía a través de lo que le presentaban estos masivos medios de comunicación.

Mucho ha sucedido en el mundo desde 1951 cuando el libro de Mills vio la luz pública. Desde entonces la comunicación masiva ha tenido un crecimiento vertiginoso con la comunicación satelital, la globalización de la televisión y desde hace unos treinta años con la aparición del internet que hizo surgir el correo electrónico, después aplicaciones como el Facebook, Twitter, WhatsApp, Instagram y sobre todo el teléfono celular inteligente que ha hecho ubicua la difusión de contenidos. El consumidor de la infoesfera ya no tiene que estar en la sala de su casa frente a la radio o la televisión, o frente a una computadora, para que le llegue toda clase de novedades en textos, imágenes o videos. Ahora puede consumirlos desde esos lugares o desde cualquier punto en que se encuentre o hacia donde se dirija.

Vivimos hoy el reino de las Fakenews o de la posverdad. Y esto se ha podido ver con motivo de la invasión rusa a Ucrania. El dominio del capitalismo occidental de los medios masivos de comunicación y de las redes sociales ha impuesto una versión de la tragedia que se vive ahora en Ucrania.  La versión de la dictadura mediática es que esta tragedia fue provocada por un autócrata ruso, sediento de poder y afanes imperiales, un resentido que quiere volver a Rusia al pasado soviético. La dictadura mediática impone esta narrativa del conflicto armado en Ucrania y omite todo lo que EUA ha venido haciendo desde 1991, año del derrumbe soviético, para provocar el enfrentamiento que puede convertirse en el apocalipsis que ponga fin a la humanidad: el despliegue nuclear de la OTAN para cercar a Rusia desde Europa occidental y oriental y el cierre de ese cerco con el avance desde el Océano Pacífico con Japón, Corea del Sur y aun Australia.

Vivimos también hoy una confrontación de carácter imperialista que enfrenta al imperio estadounidense y sus aliados europeos como potencias imperiales de segundo orden contra Rusia y China como potencias también en busca de expansión. Hoy Rusia está reaccionando defensivamente contra la ofensiva estadounidense y su instrumento en la OTAN. En vez de ello la dictadura mediática difunde la idea de que en realidad se trata de la agresión de un país poderoso (Rusia) contra un país pequeño (Ucrania). Y ese país pequeño de acuerdo a esa falsa narrativa, se defiende con fiero heroísmo. La falsedad de esta versión no radica en que esto último no sea cierto, sino en que lo que en realidad está sucediendo es un enfrentamiento entre Estados Unidos y sus aliados (que utilizan y dotan de armamento a Ucrania) y Rusia.

La imposición de esa falsa narrativa implica  también noticias falsas: un aguerrido piloto aviador ucraniano es casi Superman porque en un día derriba a cinco aviones y un helicóptero ruso, las imágenes son en realidad sacadas de un videojuego de guerra; vemos bombardeos terribles que en realidad son explosiones accidentales de polvorines en China y México; el masivo descenso de paracaidistas rusos sobre Ucrania, son imágenes de ejercicios militares del ejército ruso  tomadas desde hace varios años; un tanque ruso de manera brutal aplasta a un auto pasándole encima y  destrozando a un anciano que lo conducía, hecho que  no sucedió en Ucrania; imágenes atroces de civiles muertos y heridos y edificios destrozados por bombardeos que en realidad ocurrieron en Irak, Siria y Yemen; la destrucción por bombardeo de una mezquita en Mariupol resultó una falsedad. Y todavía no sabemos a ciencia cierta si la aviación rusa bombardeó inmisericordemente a un hospital de maternidad en alguna ciudad de Ucrania o se trató de un montaje hecho por Ucrania.

Es indudable verdad que el pueblo de Ucrania está viviendo una tragedia como consecuencia de la invasión rusa. Que los bombardeos rusos no solamente  han estado centrados en objetivos militares. Que han muerto civiles inocentes en el contexto de esta invasión. Que no podemos observar impasibles esas desgarradoras imágenes de sufrimiento humano.  Pero la dictadura mediática resalta con hipocresía la tragedia del pueblo ucraniano mientras ha silenciado el millón de muertos ocasionados por EUA y sus aliados en Irak, Siria y Libia. También pasó de noche el asesinato en 2014 por parte del Estado de Israel de casi 500 palestinos y el que 3,000 más resultaran heridos en los bombardeos a la franja de Gaza.

Los lamentos humanitarios que esa dictadura mediática difunde, también olvidan que la franja de Gaza es el campo de concentración más grande del mundo, porque aun cuando formalmente es parte del Estado Palestino (reconocido en 1988), las condiciones de asedio, cercamiento, hostilización y matanza colectiva son tan execrables que más que un país, el lugar se asemeja a un campo de exterminio. Muchos más actos de genocidio están ocurriendo hoy en el mundo, pero con sus falsedades, medias verdades y omisiones, la dictadura mediática global impone en el mundo una enorme mentira.

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